La vocación divina

Por @pablocaruso1

Por estos días, ha llegado a Buenos Aires un gran médico psiquiatra, el Dr. Enrique Rojas, querido amigo, autor de cantidad de bestsellers, entre ellos el famoso "Hombre light”. Vino a presentar su nuevo libro y a dar una serie de conferencias, siempre multitudinarias. Me llamó para ir a almorzar, hacía muchos años que no lo hacíamos y teníamos muchas cosas de las que hablar cuando de repente, con gracejo castizo y elegante, me dijo: "Pablo, me ha pasado algo muy ‘gordo’ en estos años que no nos vimos”. "Mi hija Almudena, la más pequeña de las tres, se hizo carmelita descalza”. ¿Monja de clausura?, exclamé. "Sí, claro, todas las carmelitas descalzas son de clausura”, me dijo, con inocultable alegría. Le pedí que me lo dejara contar.
Los planes que Almudena había hecho para sí misma eran muchos, menos ser monja: tenía intenciones de meterse en política, había viajado por 65 países, había sentido las necesidades de la gente. Estudiante sobresaliente, de una familia acomodada, sus aspiraciones se dieron de bruces con una persistente llamada de Dios, a la que al principio se resistía. Pero al fin se rindió. Ya han pasado tres años, tenía 23 años cuando hizo los votos temporales y ahora está a punto de hacer los votos perpetuos. En ese momento tomó el nombre de Almudena María de la Esperanza.  
A la única nota que dio para la televisión, antes de entrar al convento, accedió por pedido de la Madre Superiora: "La Iglesia es un rosal precioso y las raíces de este rosal son las carmelitas, que con su oración dan vida al rosal. Si la raíz sale de debajo de la tierra, el rosal se seca. Pero las semillas que están por plantar, hasta que no se hunden en tierra, se pueden poner en cualquier sitio: en el suelo, encima de la mesa o delante de una cámara”.

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