JORGE PAOLANTONIO nació en Catamarca en 1947 y hace treinta que vive en Buenos Aires.
Formado en las universidades de Córdoba y del Salvador, ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza de idiomas y a su literatura. Multipremiado, su creatividad en el terreno de la escritura lo apunta como lúcido poeta, dramaturgo y novelista.
El diario Los Andes lo definió como “escritor notable que violenta los límites de la etiqueta Literatura Regional”; el crítico mexicano Mauricio Flores lo incluye entre los autores relevantes de la nueva literatura latinoamericana.
-Sos un destacado escritor catamarqueño, que recibió muchos premios y protagonizó grandes acontecimientos de la literatura. ¿Cómo se dio esta vocación en vos?
-La vocación es un camino a recorrer sin renunciamientos. Casi siempre sinuoso. Hay barreras a franquear. Precipicios. Opciones de salto. Puentes colgantes. Saltos al vacío, sin red ni paracaídas. Pero hay que hacerlo. Con constancia. Con cierta disciplina. Mi escritura, como la de tantos otros pares, nace de aquellas composiciones que partían de frases como “Rumor de Hojas” o “Sol Achicharrante”. Lo que para algunos era una tortura, para mí resultaba un desafío. Hay una llamita interna que te impulsa a escribir. Y hay estímulos externos. Recuerdo a una maestra, Elba Caldelari, y una profesora, Alba Tolosa de Gallo: fueron mis primeras lectoras entusiastas. Yo tenía entre 12 y 14 y era -con mucho orgullo- alumno de esa escuela que los chicos hoy llaman “La Fray”. También vengo de un hogar de docentes. Mi padre amaba la vida y no hizo otra cosa que vivirla con una sonrisa y acciones concretas. Creía, como creo yo, en “obrar para la mayor felicidad del mayor número”. Mi madre era bióloga: se deleitaba celebrando, con mucha fe, el milagro de la vida natural. Ambos fogonearon mi vocación. Además, vinieron a Catamarca transitoriamente y eligieron quedarse. Así, me transmitieron su amor por el lugar donde pudieron ser felices siendo ellos mismos.
Soy un enamorado de mi lugar natal. Y afuera, me siento cónsul honorario. Hay un filón inagotable en sus historias y arquetipos. De allí mi preferencia por dar testimonio. Podría decirse que he desarrollado mi oído para captar modismos e inflexiones, expresiones y decires dialectales. Y me resisto a que se pierdan en ese río revuelto de la globalización. De allí que las ´fije’ o ‘recupere’ a partir del habla de algunas de mis creaturas. Deliberadamente he creado un personaje, la Pitacho, que aparece –y seguirá apareciendo- en todas mis novelas. No importa dónde sucedan, ella surca tiempo y espacio y se integra a la historia sin perder su condición de mujer rústica ni su acento ni su espíritu catamarcano. Es una defensa del género, afirman algunos. Es una forma de resistencia, dicen otros. Lo que yo puedo decir es que todo parte de un germen dinámico: una familia vitalista, una biblioteca variada, una casa con patio y una idea austera de la felicidad.
-Quienes te conocen desde hace muchos años, recuerdan que desde muy chico ya tenías reconocimientos importantes...
-Mi primer poema apareció publicado en La Unión antes de que terminase mi secundario. Con Hilda Angélica García hicimos una dupla –que hoy es hermandad- y ambos colaborábamos con nuestros textos. Desde entonces, ya nunca paré. Federico Pais escribió unas palabras para introducir mi primer libro; las tituló Pórtico de Alegría. Con el aliento de una personalidad así, imposible detenerse. Recuerdo una ocasión especial: cuando el Instituto Di Tella vivía la avanzada en artes combinadas, Catamarca tuvo una muestra palpable de ello. Aldo Mario Paéz, ese espléndido artista que acaba de dejarnos, tomó textos de Hilda (García) y míos y los convirtió en “poemas ilustrados con cajas lumínicas y objetos no convencionales”. Recuerdo la sorpresa y el revuelo que causamos. Hasta cortaron la calle a la hora de la inauguración. Otra sorpresa la tuve yo pero con el estreno de Rosas de Sal. Fue Manuel Chiesa quien vio el potencial del espectáculo y Blanca Gaete le dio carnadura. Lo que empezó como un show para amigos terminó siendo un espectáculo que tuvo más de mil representaciones y duró casi veinte años en cartel. He tenido bendiciones, digamos. Muchos amigos. Prefiero no hablar de suerte. Hemos pasado por épocas de oscurantismo y de amenaza real o velada donde lo peor era la autocensura. Y como todo lugar, tuvimos partidas voluntarias y exilios forzosos. Y desaparecidos. Afortunadamente, lo digo siempre, estamos aquí para contarlo y luchar para que el miedo jamás se repita.
- Sabemos que tu producción literaria es incesante. ¿Qué estás haciendo o planificando actualmente?
-Desde la primera publicación hasta la más reciente, el poemario “Del Orden y la Dicha” -publicado en diciembre de 2011-, han transcurrido más de cuarenta años. Cuento con una veintena de libros publicados entre poesía, dramaturgia y novela. Trabajo en Aguasanta, un texto que no termina de definir su género. Tengo una obra que quisiera estrenar en Catamarca: La Tristura. Es un recorte entre anecdótico e histórico de un momento en la historia sociocultural del llamado ‘interior del país’: la muerte de los radioteatros a manos de la televisión. Y junto a ello, la presencia de un personaje mítico: Eva Perón. Por otra parte, aprovechando tiempos muertos de este país a media máquina por las vacaciones, con el director Daniel Fernando Martínez estamos dando los toques finales al guión de ‘Margarita de los Valles’. Un abordaje de la historia personal de la popular Margarita Palacios. Queremos tomarla sin caer en pintoresquismo burdo. Es decir, examinar su relevancia desde lo auténtico, desde lo que realmente perdura.
- En nuestro diario publicamos a principio de este mes que recibiste un premio en Jujuy. En esa oportunidad dialogamos brevemente con vos y hablaste con entusiasmo acerca de nuestra realidad cultural.
- San Fernando del Valle de Catamarca vive, en mi óptica, un florecimiento en lo que hace a la cuestión artística en general. La puesta en marcha de la Manzana de las Artes, en el ‘reciclado’ San Juan Bautista, los terciarios artísticos, las muestras de cine, plástica y literatura, la influencia innegable de la universidad: todo suma para bien. Hay que aunar criterios y es una tarea de todos. Los emprendimientos culturales no oficiales y las cooperativas ya hacen un aporte invalorable. Si, por otro lado, se concreta la habilitación de una Casa de la Cultura, se potencia al máximo el uso de las salas provinciales y municipales y se adopta una política coherente en la creación de sedes definitivas para los distintos museos [arqueología, bellas artes, artesanías, folclore, etc] seremos testigos y partícipes de una realidad no sólo esperanzada sino palpable. Esta acción debe, además, proyectarse a cada rincón de la provincia. Embajadas y festivales estacionales no bastan para cimentar esa cultura que a la postre trae progreso y el orgullo de pertenecer. Insisto, es una tarea colectiva.