A los 93 años la cantante Chavela Vargas echa a andar nuevos proyectos: para febrero próximo está anunciada la salida de su CD "La luna grande", trabajo discográfico basado en poemas del granadino Federico García Lorca. Ahora, cuando su voz desgarrada se apresta a respirar dentro de los versos de García Lorca, esta entrevista con "la Vargas" en su tierra "tica" de San Joaquín de Flores.
Se describe a sí mísma
"Nací para partir. Rompí parámetros y me aventé a la vida. Yo no soy conformista, soy muy rebelde". La frase sirve como carta de presentación de una mujer que pasó de la Costa Rica aldeana de fines de los ‘30 al tumultuoso México, de la popularidad al "retiro", y del olvido de nuevo a la cumbre. Aplaudida en el Olimpia de París, homenajeada en Argentina (fue distinguida en 1999 como Visitante Ilustre de la ciudad de Buenos Aires), entre sus muchos galardones fue también reconocida por la Universidad de Alcalá de Henares: "Se me nombró excelentísima señora e ilustrísima; nunca me habían dado un título como ser humano".
Una calle con su nombre...
Por si fuese poco, un pueblo de Burgos tiene una calle con su nombre. En medio del diálogo Chavela arma una escena en la que un caminante desorientado le pregunta a un vendedor de diarios por la carretera: "Tome por allí, por la calle Chavela Vargas y no se pierde. Pasando la placita encontrará usted la carretera". Y concluye con tono burlón: "Ahí quedé yo, ¿ve?, quedé en la calle".
Sus padres, su infancia
Nacida en la provincia de Heredia, la hija de Herminia Lizano y Francisco Vargas eligió muy pronto ir detrás de una estrella con música de marimba. "Mi madre era de una familia muy buena de España y mi padre un ranchero que murió joven. Mi infancia era soñar. Nunca jugué con muñecas, me levantaba de noche a buscar serenatas o a mirar el río. En ese tiempo había muchos prejuicios, miedo al qué dirán".
A la niña de mirar profundo las cosas le fueron quedando lejos: "De niña estuve ciega. Cuando iban a ponerme nitrato de plata en los ojos para secarlos, me curó un indio con hierbas. Lo indios son lo único puro que queda, tienen una gran sabiduría".
Cuando la calle se hizo estrecha, la niña que caminaba por la selva de Guanacaste con la luna en la mano viaja a México; allí desempeña muchos oficios hasta convertirse en "la Vargas": "Llegué a los 17 años buscando porvenir y fue una lucha desesperada, no conocía a nadie. Un día raro en la vida se te aparece el destino y cambia todo, empiezas a tener un nombre y a descubrirte como una artista diferente. Así llegué, no pareciéndome a nadie".
Su estilo
Ariana cabal -nacida un 17 abril- Chavela amasa un estilo propio en el modo, según escribió el escritor mexicano Carlos Monsiváis, en que "matiza las canciones y les extrae fervores y rencores". Una forma despojada que ella explica así: "Conozco mi estilo pero no lo puedo decir. Empecé a cantar y a actuar sin necesidad de brillantes, al contrario, me fui desvistiendo de cosas. Lo mío es muy de adentro, es inventar un decir para expresar el dolor".
Lo diferente, siempre paga derecho de piso: "Cuando empecé a cantar con jorongo (poncho) me dijeron horrores, que me ponía esa cosa de indio; pero en España lo consideran un rito. Cuando me lo pongo entro en otra dimensión; voy a celebrar, son dos horas de sacrificio en el escenario".
Lorca y ella
Cuando en su calle de recuerdos cruza la figura de García Lorca, se demora en elogios y habla de lo yermo en uno de sus poetas preferidos: "Esa es la soledad; la soledad más sola del mundo, la de Federico García Lorca". Chavela habla de Lorca y no es forzado pensar que Lorca hablaba de ella; mejor dicho, de alguien como ella. En su "Teoría del Duende" Lorca ejemplificaba el acto creador con una mujer que bebía un gran vaso de aguardiente como fuego y se sentaba a cantar sin aliento, con la garganta abrasada sobre el andamiaje de la canción "para dejar paso al duende furioso".
México y una nueva vida
El tema de México se impone siempre en sus charlas, ya que sería en tierra azteca donde llegó a triunfar de la mano de "Macorina", canción que es un himno de rebeldía del siglo XVII que ella interpreta con arreglos propios. Con memorables interpretaciones de "La Llorona" o "Luz de luna", se adueñó de escenarios prestigiosos como El Patio, La Taberna del Greco, El Otro Refugio: "En el año 53 hice una temporada muy hermosa; actué en Acapulco, en el Champagne Room de La Perla donde iba todo Hollywood; canté en la boda de Elizabeth Taylor con Mike Todd -productor que murió en un accidente de avión-; luego me contrataron para ir a Nueva York".
¡Qué amistades!
Por las calles de Chavela hay amistades de lujo: el narrador Juan Rulfo, la poeta Pita Amor, el bolerista Álvaro Carrillo y los pintores Frida Kahlo y Diego Rivera sobre quienes vuelca este recuerdo: "Viví unos años en su casa de Coyoacán. Yo cantaba mientras ellos pintaban. Siempre estaban de juerga. Diego le tomaba el pelo al mundo, era una vida encantadora, uno iba formándose un criterio de las cosas con mucho amor hacia el arte".
Vida de contrastes
Pero si encontró luz, también se topó con puertas con doble llave. Fue un tiempo en que la cantante tropezaba dos veces con el mismo vaso y todas sus calles daban a un pozo. Lo dice sin autocompasión, de frente: "Esa parte de mi vida en México fue desastrosa. Estrenaba un coche el viernes y el lunes ya no tenía nada. Me emborrachaba y me iba a cantar por las calles. Llegaba tarde al show. El tequila conversadito con limoncito y sal me hacía bien a la garganta. Y todo se me perdonaba. Hubo una época en que decían que México era mío. Fui católica pero cambié por la religión hindú; me curaron del alcohol y me enseñaron cosas maravillosas".
El regreso
Pasaron años y años, y un día regresó a los escenarios y a fuerza de talento y personalidad recobró su lugar. Un sitio potenciado por todo lo que significa el renacer. La vuelta fue en los ‘90 en la sala El Hábito, de Coyoacán, uno de los barrios coloniales más bellos del Distrito Federal mexicano. Chavela no solo canta, sino que aparece en varias películas, entre ellas "La soldadera" del mexicano Salvador Bolaños, y "La flor de mi secreto" y "Carne trémula" de Almodóvar.
El tango
Respecto a Argentina, además de la admiración por Yupanqui, el placer que le causa andar por las calles de Buenos Aires y su amistad con Susana Rinaldi. Cuando deslizo la idea de que su voz aguardentosa se presta para el tango, dice haberlos cantado y se explaya: "Es difícil, lo hice estilo ranchera. Al tango me gusta escucharlo y verlo bailar".
Con la serenidad de un volcán, la niña que a los 12 años montaba a caballo en pelo, ya se caminó el mundo y lo ha visto todo. Quizá de allí su escepticismo exacerbado que a ratos expresa con furia, indignada sobre todo por la mentira y la hipocresía.
Al despedirnos dice una frase que suena a máxima: "Hay que bajar a los infiernos para ser feliz" y agrega, por si hubiera quedado algo en el tintero: "Yo vivo muy feliz; no me arrepiento de nada". (Jorge Boccanera-Télam).
Algunos datos
Costarricense, pero transterrada por años a México, no cesa el impulso de "la Vargas", vuelta a los escenarios en los años ‘90 de la mano de la artista mexicana Jesusa Rodríguez y el director de cine español Pedro Almodóvar tras décadas de automarginación. En los últimos años aparecieron dos libros sobre su vida: "Y si quieres saber de mi pasado" y "Las verdades de Chavela". Su último álbum de canciones "Por mi culpa", acompañada por sus amigos cantantes Joaquín Sabina, Eugenia León y Lila Downs, data de 2010.
Masticar las palabras
El arrastre de palabras mordidas en cada uno de los temas que interpreta, surge de una combinatoria de sentimientos deshilachados entre lo murmurado y lo vociferante. Pero también de los silencios: "Usted sabe, me enloquece esa cosa de cantar con el silencio, de masticar las palabras, de tragárselas en lugar de echarlas para afuera".