La oscura ciénaga de El Jumeal le arrebató la vida a José María Galván de 22 años, y con ello Catamarca ha perdido un hijo, nuevamente, en esas desalmadas profundidades que desde hace años vienen confirmando su luctuosa sentencia contra los incautos bañistas.
Pero si vamos a encogernos de hombros, con la prolija y oportuna justificación de que había un enorme cartel que en correcto castellano advertía del peligro, y prohibía el ingreso a las aguas, significa entonces que el problema al que damos importancia es al de las responsabilidades formales y no a la vida de nuestros niños y jóvenes, mejor dicho a su muerte. Porque bastará por ejemplo observar el tránsito vehicular en nuestra ciudad, para resignarse a la constatación de que obedecer las normas no es todavía una costumbre arraigada, para no pedirle tan decorosa observancia de un letrero prohibitivo a los grupos de pequeños bañistas, a veces de humildes orígenes, que se filtran hacían las fauces del dique, o por parte de adolescentes que son imprudentes en un grado que de ningún modo nos puede sorprender.
Si el embalse se ha consagrado como un asesino serial, no es de comprender por qué nunca se implementó una guardia permanente, donde aunque sea un solo ser humano capacitado ponga en acto una seguridad que hoy es sólo de utilería; que pretende sustentarse casi irónicamente en la insignificancia de un cartel más. Injusto sería pensar que las muertes acaecidas, acopiadas en una negra lista de niños, jóvenes y adultos, y hasta del hallazgo de cuerpos producto del crimen o del suicidio, no hagan meritorio el establecimiento de una custodia idónea y estable, más allá de los picos mediáticos de atención, que nos asegure a los catamarqueños que hoy lloramos por José María, que por fin se ha detenido al verdugo.
Soledad Villegas Corpacci
Fundación PRODINCA
Derechos Infanto Juveniles