Detrás de la desocupación que, cómodamente, ocupa el liderazgo de las preocupaciones ciudadanas, el funcionamiento de los servicios y la inseguridad también son, conforme lo marca cualquier encuesta, problemas que afectan a la gente. La puesta en marcha de un nuevo ministerio y la estatización de la energía, además de que la gobernadora catalogó como “política de Estado” a los servicios públicos, son hechos que establecen, claramente, que hay un plan para cambiar un tema que tenía características de caos. No se puede decir lo mismo de la inseguridad que, por estos tiempos, ha recrudecido y amenaza con crecer al ritmo de la eventual ausencia de prevenciones.
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Si bien es cierto que la violencia, por suerte, no tiene la crudeza de los grandes centros urbanos, no es menos cierto que las embestidas delictivas a mano armada, asaltos, robos y raterías se repiten con asiduidad pocas veces vista. Aún sabiendo que en el verano hay un aumento casi automático de estos hechos, no hay sensación de respuesta efectiva por parte de la Policía. Sin ir más lejos, en la madrugada de ayer, por cuarta vez en lo que va de 2012, los amigos de lo ajeno ingresaron en instalaciones del club Sarmiento y se llevaron elementos que, para una institución deportiva, tienen un valor apreciable. Obviamente, comprendemos la impotencia y desazón de las autoridades “decanas”.
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Las más altas jerarquías de la provincia, en su momento, repararon en que la cantidad de empleados puede ser impresionante en la administración central, pero entre los efectivos policiales escasea. El plan de trasladar personal hacia la fuerza, al parecer, ha fracasado, por lo que se impone redoblar la creación de ideas y los esfuerzos para reforzar la seguridad de personas e instituciones. Las escuelas de suboficiales de toda especie, estatales o privadas, deberían servir para buscar antecedentes y reclutar efectivos. Más claro. Si existe el diagnóstico, se impone suministrar ya los mejores remedios.