Si hay un pueblo donde se vive la política durante los 365 días del año, ése es Andalgalá. No de ahora, desde siempre. Desde mucho antes que llegara la empresa Alumbrera S.A. a hacer realidad el sueño minero que, más que sueño, se está convirtiendo en pesadilla. Sin embargo, salvo en el verano 2010, no se produjeron conflictos entre vecinos, como sí ocurrieron, en distintas épocas, en Belén, Chumbicha, Valle Viejo o Bañado de Ovanta. Desde el sábado, conforme lo venimos anunciando a través de nuestros enviados especiales, la tensión ha regresado y la minería vuelve a dividir a un pueblo tranquilo por antonomasia. Aparte de las posiciones encontradas, están los miedos que plantea una prensa que no conoce la idiosincrasia local y, más que eso, ignora las circunstancias políticas que rodean al fenómeno minero de Catamarca. A ello se suma la presencia de activistas y militantes de Quebracho, una organización que no es precisamente garantía de pacificación.
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Mientras sigue alta la tensión, suceden otros hechos que no pasan desapercibidos. Por caso, el Concejo Deliberante de Andalgalá, como informamos aparte, quiere hacerse cargo de la administración de las regalías. Basa su pretensión en el hecho que el intendente Paez, siendo un confeso anti minero, debería guardar coherencia y no manejar dineros que provienen del producido que él rechaza. Se trata de una cuestión opinable y, vista desde otro ángulo, hasta contradictoria, porque los concejales no deben avasallar funciones. En fin, el nivel de locura puede llevar a planteos muy curiosos.
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Otros apuntes del turbulento presente. Algunos negocios que pueden llegar a proveer a la minera, después de la molotov del domingo, están reforzando la seguridad para defender las instalaciones de eventuales ataques. Y en el hospital “José Chaín Herrera”, por la noche, se atienden solamente casos de emergencia, y con puertas cerradas. Son medidas de prevención que, después de la llegada de Quebracho, se han intensificado.