La distensión del conflicto minero, a partir de las explicaciones dadas por Lucía Corpacci al resto del país, pero especialmente a los catamarqueños, no puede quedar en eso. Sería cometer un grosero error. Como dejar brasas ardientes después de apagar un incendio. Es posible, en tal caso, que las llamas reaparezcan. Con los focos de rebelión pasa lo mismo: hay que buscar, por todos los medios, puentes de diálogo en esos pueblos del interior que, como la provincia entera, sufren la postergación que supiera denunciar en los 70 don Vicente Saadi, en lo que fue el preludio de la promoción industrial que conquistó Catamarca y de la que, de paso cañazo, se colgaron La Rioja y San Luis.
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Se equivocan quienes, con buena o mala fe, dejan sin responsabilidades materiales a la Justicia y le atribuyen el 100% de ellas a la política. El gobierno, como tal, es un conjunto, por lo que nadie puede escapar por la tangente. La “Señora de los ojos vendados”, como lo explicamos estos días, tiene demasiadas abstracciones en un tema que involucra a todos, hasta los presupuestos del mismo Poder Judicial. Pero queda claro que la política debe hacer los mayores esfuerzos y llegar, in situ, hasta donde los gobernantes se resisten a hacerlo. El último mandatario, sus ministros y los jefes legislativos, por más de dos años, temieron pisar Andalgalá por miedo a represalias. Y como había “cola de paja”…
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Corpacci ha dicho que no va a rifar la salud del pueblo y los controles a las mineras serán estrictos. Repitió que el juego económico tendrá como eje a Catamarca. Y, lo más importante, que las ganancias se emplearán como corresponde y deben cambiar la vida de los pueblos mineros. ¿Qué más que eso se puede pretender de la actividad? Nada, o muy poco. Pero lo que sea hay que llevarlo a Andalgalá, Tinogasta, Belén o Santa María y materializar la mesa del diálogo a la que, por la fuerza de los acontecimientos, no la podrán eludir ni los fundamentalistas de la anti minería.