La minería ocupa hoy un lugar excluyente dentro de la agenda política del gobierno y, también, de la oposición. Pero, como dice el tango, “el mundo sigue andando”. Apenas regresó de Buenos Aires, el miércoles pasado, la gobernadora anunció junto a su ministro de Servicios Públicos, Julio Molina, obras de energía, agua y gas. Se trata de emprendimientos que, en los oídos de los catamarqueños, suenan como música celestial, ya que hacía largos años que no se prestaba atención a los servicios esenciales. Primero por la privatización de los años 90 de la energía y el agua, dos desastres históricos, y segundo porque en forma equivocada se entendió que “las obras que no se ven” no aportan votos. Más claro: brindar agua y luz, en realidad, no debería ofrecer réditos, por tratarse de obligaciones del Estado. Pero si se llega al punto de no garantizar su suministro, como ocurrió, la cosa cambia y la gente valora lo que se haga.
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La incorporación de cuatro centrales –tres en el Valle Central y una en Tinogasta- para enfrentar el verano, con un aporte al sistema de más de 20 megavatios, ya había sido un gran golpe político. Sin ese hecho, los meses de diciembre, enero y febrero, en el mismo arranque del gobierno kirchnerista, hubiesen resultado una tortura. Es cierto que hubo cortes por temperaturas inusuales, como las de este febrero, pero el fenómeno afectó no solamente a Catamarca, sino a gran parte del país donde los servicios no pudieron resistir un cambio climático que, definitivamente, pone en duda demasiados presupuestos.
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Obras de agua potable en la Capital, Santa Rosa o Santa María, o la electrificación de conglomerados ciudadanos, lo repetimos, son hechos que ratifican una promesa inicial: la de convertir a los servicios en política de Estado. Y ni que hablar del arranque en materia de gas, al planificar el gasoducto Chumbicha-Catamarca. ¡Hace más de un lustro que no se construye una sola casa con habilitación de gas natural! ¿Qué tal?