Correo y Opinión

La carta de Rogelio

Martes, 21 de Febrero de 2012

Tuve la fortuna de conocer al querido Rogelio, recientemente fallecido, y a Micaela, su compañera de toda la vida. Años de compartir cenas, reuniones, aniversarios de la República, de levantar banderas antifranquistas, antipopulistas, antidogmáticas. Años de celebrar con alegría las voces de poetas españoles y poetas argentinos, de brindar, de emocionarnos. Esta carta me la envió su hija Mari. La leemos juntos. Un abrazo.

Carlos Penelas

Buenos Aires, octubre de 2008

Excelentísimo Sr. Juez
Baltasar Garzón
Magistrado titular del Juzgado Central de Instrucción 5 Audiencia Nacional de España

Es un honor para este anciano de noventa años el poder manifestar su admiración y agradecimiento a la persona que más trabaja y ha trabajado para el esclarecimiento y verdad de los horrores sufridos por el pueblo español, a partir del 18 de julio de 1936.
El motivo de dirigirme en nombre de mi familia y el mío, por lo que le pido de antemano que me perdone, no es otro que el desahogo natural de un viejo que nunca tuvo, ni le dieron ocasión de expresar sus sentimientos. Ni por parte de los gobiernos de la dictadura o democracia, sean civiles, militares, autoridades eclesiásticas, políticas o judiciales. Nunca recibí notificación, aclaración, justificación o pésame por el alevoso y criminal trato a que fue sometida la familia Mataran.
Este crimen fue cometido en Granada, en su Granada, como decía Rafael Alberti sobre Federico García Lorca.
Mi padre, Ángel Mataran Muñoz, maestro nacional del pueblo de Alhendin, provincia de Granada, de 48 años de edad, casado con Justa de Vicente Montabes, maestra nacional del mismo pueblo, padres de nueve hijos. Cabe destacar que se inspiró en su historia la película “La lengua de las mariposas”, según consta en el libro “Los paseados con Lorca. El maestro cojo y los 2 banderilleros”, de Francisco Vigueras Roldán.
Mi padre pertenecía al PSOE y era secretario de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza, adherida a la UGT. Mi hermano, Alfonso Mataran de Vicente, de 19 años, estaba haciendo los cursillos para cubrir las plazas de 19000 maestros que había convocado el gobierno de la Republica Española para erradicar el analfabetismo del pueblo.
Nunca mi padre y mi hermano cometieron delito alguno que pudiera ser juzgado. Su única ambición, el amor y servicio para y por la democracia y la República Española.
El día 13 de agosto de 1936 llamó a la puerta de nuestra casa una pareja de la Guardia Civil con la orden de llevarlos a prestar unas declaraciones, y la promesa de que pronto regresarían a nuestro hogar, situado en la calle Rejas de la Virgen (Granada). En el momento en que se los llevaron quedamos en casa mis ocho hermanos y mi abuelo. Yo era el mayor con 18 años. Nos quedamos paralizados por el terror.
Sin perder tiempo yo me refugié en casa de unos parientes y salimos a buscar recomendaciones para lograr su libertad o indulto, encontrando sólo indiferencia o justificación a los crímenes que se venían cometiendo. Por trascendidos hemos sabido, después, que junto a otros detenidos fueron llevados el mismo día 13 de agosto al cementerio de Niguelas, pueblo anejo a Durcal, a unos doce kilómetros de Granada. Quisieron asesinar a Alfonso, mi hermano, antes, para aumentar el sufrimiento de mi padre. No lo pudieron conseguir pues un paro cardíaco acabó con su vida. Mi hermano, al ver a su padre muerto, se desesperó. Insultando a sus verdugos y dando vivas a la libertad y la República entregó su corta vida bajo las balas de la mal llamada “benemérita” Guardia Civil española.
Pasaron nueve años bajo la cruel dictadura y contraje matrimonio con la hija de Wenceslao Guerrero, Micaela Guerrero Arroyo.
Micaela, hija de Wenceslao, profesión inspector del Retiro Obrero y Concejal Socialista del Ayuntamiento de Granada, casado con María Arroyo Fernández, tuvieron seis hijos, cinco de ellos mujeres. El mayor de ellos, Vicente, a la sazón, haciendo el servicio militar, fue juzgado y absuelto, y en lugar de recobrar la libertad por su absolución fue conducido a la cárcel donde las pandillas de la falange lo sacaron y asesinaron, en las tapias del cementerio de Granada. Por no encontrar a su padre, Wenceslao, y como represalia. Posteriormente, Wenceslao fue juzgado y condenado por pertenecer a la masonería. Murió en el año 1942 en el penal de Satoña, donde se encontraba y sus restos fueron arrojados en la fosa común de la citada cárcel.
El fin de esta somera y trágica historia es el de ponerme a su disposición, pues con una privilegiada memoria que tengo, sé de muchísimos casos e historias de hombres y mujeres que fueron sacrificados por la mejor de las causas, LA LIBERTAD.
Que el destino lo ayude a triunfar en la justa obra emprendida y permítame despedirme con un cordial abrazo y saludo.
Gracias, muchas gracias
Rogelio Mataran de Vicente

PD: Déjole a su libre albedrío el uso de esta carta para los efectos que estime, oportunamente, su superior criterio.
 

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