Por Orieta Vera
Editora de El Esquiú.com
La iglesia prescribe para hoy ayuno y abstinencia. Con estas disposiciones orienta a cada bautizado para que comience, desde este Miércoles de Ceniza, un tiempo de sacrificios y oraciones que lo purifiquen y le ayuden a ver los sufrimientos y necesidades de los demás.
El ayuno –al que están obligados quienes tienen entre 18 y 59 años- consiste en hacer una sola comida fuerte al día. La abstinencia –que deben realizar los bautizados desde los 14 años- es no comer carne.
Cuando nos aflige una enfermedad, un camino de curación puede ser el dejar de consumir algo que nos hace mal. También le sucede a quienes practican algún deporte que, para poder rendir en los niveles exigidos, deben privarse de algunas comidas a veces muy deseadas. Y podríamos seguir enumerando situaciones en las que debemos abstenernos de comer y de beber, por un objetivo que amerita el esfuerzo.
Para comenzar un tiempo de perfeccionamiento interior, que nos permita llegar a la Pascua de la Resurrección especialmente preparados, la Iglesia nos pide que lo hagamos con sacrificios puntuales. También podremos ofrecer otros, no sólo hoy, sino durante los cuarenta días penitenciales que siguen. Y siempre. Podremos hacer pequeñas o grandes oblaciones, como permanecer menos tiempo frente al televisor o la computadora, administrar mejor las horas dejando de lado periodos ociosos, controlar nuestras conversaciones para no caer en difamaciones y vulgaridades, entre tantas otras prácticas.
Pero no hay que centrarse en estos esfuerzos, sino canalizarlos en acciones fraternas. Lo que dejemos de comer podremos destinarlo a quienes necesitan alimentarse; el tiempo que ahorremos porque reducimos nuestras diversiones podremos destinarlo a visitar y/o escuchar a ancianos, enfermos, presos o personas que están tristes, y así cada esfuerzo tendrá su sentido.
La cuestión de fondo va más allá de convertirnos en buenas personas, que ya sería un gran logro. Se trata de llegar a decir como San Pablo “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.
La experiencia de la Cuaresma, con su disciplina física y espiritual, posibilita que nos vayamos configurando en Cristo, por quien todo fue hecho, que existía antes de la Creación del mundo y que es nuestra meta.