En las comidas, en la mesa, es en donde se hace comunidad. En el momento en que se reparten las raciones, todos son iguales, comen de la misma cacerola, comparten lo cotidiano, los esfuerzos y preocupaciones.
El capítulo 6 del Evangelio de San Juan narra cómo Jesús, con una pequeñísima cantidad de alimento, fue capaz de dar de comer a toda una multitud. Ese gesto fue una prefiguración de un misterio de fe aceptado por la comunidad de cristianos en el mundo entero: Jesús, en la Eucaristía, se hizo pan para multiplicarse y repartirse cada día a la multitud que se sabe necesitada de ese sustancial alimento de vida eterna.
En el mismo Evangelio de San Juan, capítulo 2, se puede leer el relato del primer signo realizado públicamente por Jesús en las Bodas de Caná, cuando convirtió el agua en vino. Para hacer ese primer milagro, quiso que su Madre intercediera y Ella lo hizo, indicándoles a los sirvientes: “Hagan todo lo que Él les diga”. Le hicieron caso y obtuvieron el prodigio.
En cada Fiesta de la Virgen, estas escenas bíblicas se visualizan de un modo particular. Jesús multiplicando el pan de la Eucaristía y la Virgen intercediendo por cada hijo e hija que se acercan con amor filial a suplicar, agradecer, o simplemente decirle “te quiero, Madre”.
Un gesto que acompaña estas realidades de fe es el de vecinos e instituciones que llevan grandes ollas con locro u otro alimento al patio de la Catedral y reparten raciones entre los peregrinos. Todos hermanados, solidariamente, bajo el manto de la Virgen del Valle que, como Madre, los une en cada fiesta.
Una enseñanza de estas festividades marianas puede ser que cada cristiano diariamente siga aportando a la comunidad el poquito que le toca, para que Jesús, por intercesión de la Virgen, siga multiplicando el pan para todos y que nadie quede excluido.