Lina Meruane

“Siempre se escribe desde una ceguera asombrosa”

La novela “Sangre en el ojo” de esta escritora explora una enfermedad en el cuerpo de la protagonista y en la sociedad chilena.
Lunes, 25 de Junio de 2012

Lucina, una escritora chilena que vive en Nueva York y ha publicado un par de libros con un “nombre inventado”, ahora sabe que el cronómetro devoró la tregua. La diabetes que padece desde niña –tal como le advirtieron– desemboca en una retinopatía. La inminencia de la ceguera es una corriente de canales tortuosos para Lucina y su pareja. En esta serpenteada historia, en esa deriva a los tropezones entre Chile y Estados Unidos, Lucina no está dispuesta a dejarse arrastrar por la oscuridad presagiada.
Sangre en el ojo (Eterna Cadencia), la última novela de Lina Meruane –autora que ha ganado el premio Anna Seghers 2011–, es tan precisa en su trazo como audaz en su esgrima.

-¿Cómo explicar ese malestar que suele generar el umbral entre lo autobiográfico y la ficción?
–El peligro de usar el nombre propio es que encandila al lector o directamente lo ciega: no se ve más que mi nombre, Lina Meruane, y no el de la protagonista, Lucina, que usa Lina Meruane como nombre literario. Ahí hay un doble que no se ajusta a la realidad, porque mi nombre no es un seudónimo ni es un nombre reducido. El nombre o el nombrar me interesó siempre, en parte por razones autobiográficas, y es que siempre he tenido que explicar que mi nombre no es el pedazo de otro ni una ficción familiar sino un nombre por sí mismo, un nombre certificado en el calendario. Acá quise revertir la legitimidad del nombre, la legitimidad, por así decir, de la identidad: hacer de Lina un nombre inventado y sugerir, de paso, que cuando una firma como autora lo que está haciendo es presentarse y simultáneamente borrarse del texto, porque siempre que se dice “yo” lo que se señala es apenas una fracción del yo, un yo transformado o inventado, un yo que es otro.

–Cuando Lucina está caminando por las calles de Nueva York, avanza “como un murciélago desorientado, siguiendo intuiciones”. Se podría relacionar todo intento de escritura como un avanzar desorientado, sólo guiado por un puñado de modestas percepciones, ¿no?
–Sí, siempre se escribe desde una ceguera asombrosa, un no ver que hay más adelante que genera mucha ansiedad, pero también el deseo de penetrar ese espacio. Escribir es como entrar a una pieza oscura, en la que las cosas se perciben de otra manera, de una manera sorprendente y a la vez siniestra, pero la paradoja es que una vez que uno ingresa a ese cuarto se ve obligado a imaginar lo que hay alrededor. Y ojalá que nadie te prenda la luz y destruya lo imaginado. Ésa fue mi experiencia al escribir esta novela, sólo que en este caso es aún más intensa por lo literal. La paradoja es que me propuse intuitivamente escribir sin los ojos, prescindiendo de ellos, acentuando la percepción de los demás sentidos. Pero mientras escribía descubrí que no se podía borrar la experiencia de la vista, porque por más que no se tengan ojos la memoria de los ciegos nuevos continúa siendo visual. Se sigue viendo con los ojos de la mente; vemos con la cabeza, desde la memoria.

–¿Qué tipo de mujer será Lucina? Además de lidiar con su probable ceguera, tiene que tramitar la cuestión de la imposibilidad de pensarse o imaginarse como madre, ¿no?
–Me apasiona, es cierto, esta cuestión: ¿por qué la identidad de una mujer pasa siempre por la maternidad? No me parece que esto suceda con tanta urgencia en los hombres. Para las mujeres, no ser madre representa culturalmente una suerte de déficit social. Todos mis personajes, ahora que me lo señalas, optan por negar ese recorrido, ese destino que la cultura marca para la mujer; todas ellas eligen un lugar diferente, que es el lugar del trabajo. Ese quizá sea un lugar de producción alternativa, incluso subversiva. La madre de Lucina, que aquí está muy presente, a diferencia de la estrategia de ausencia materna de Las infantas, se debate precisamente entre su responsabilidad profesional y su responsabilidad materna. Y al final elige la primera. Pero también Lucina le pide que se vaya, la libera de esa responsabilidad para liberarse ella también.

– ¿Es la fragilidad de la hija la que le permite vislumbrar la fragilidad de esa madre tan contundente?
–Tal vez la mirada sobre esa grieta, como tú la llamas, le permite a Lucina aprender algo. La madre de la novela es un personaje atravesado por contradicciones. Esta madre es un personaje doble porque representa una unión biológica muy poderosa y porque encarna los dolores que le impone la cultura, porque es madre pero a la vez es un poco hija, es mujer independiente y es esposa, es madre y es médica. Creo que eso es lo que Lucina comprende en el momento más candente de su situación.

–En cuanto al rencor hacia la madre y la trampa que ve Lucina en el hecho de que la madre ha “engendrado un problema” que no puede solucionar, una de las interpretaciones posibles sería que esa madre es la “sangre en el ojo” de Lucina, ¿no?
–No pensé así a la madre, no pensé que el rencor se originara en ese personaje. El vínculo entre madre e hija es históricamente débil, entre las mujeres es literariamente débil también, es un vínculo mediado por la lucha y no por la solidaridad. El destino de la hija es superar a la madre por la vía de hacerse madre ella misma, o de culparla. Lucina más bien busca separarse de la madre y me parece que lo hace examinándola minuciosamente, pero no desde la rabia sino desde un reconocimiento de las dificultades por las que la madre atraviesa en su –digamos– doble militancia. La rabia de Lucina viene de algo más grande pero más difícil de nombrar: el pasado. La madre intenta asumir una culpa que no le corresponde, que es la de la enfermedad hereditaria, que además como médica no puede tratar. Pero esa culpa no le corresponde porque nadie es culpable de una enfermedad. Yo pensé en una equivalencia entre la enfermedad y ese país todavía enfermo de pasado que es Chile.

–“¿Me quieres decir cuando fui yo una niña? No recuerdo haber tenido ni un solo momento de infancia”, le reprocha Lucina a su madre. Quizás en esta frase resida una de las claves para comprender lo que ha sentido una generación, la de los nacidos en los años ’70, que más allá de las opciones políticas o profesionales de sus padres, han sido adultos “por la fuerza de las circunstancias”.
–Ese reclamo que le hace es por algo que la madre no parece ver: Lucina como enferma no ha tenido infancia sino la obligación de hacerse responsable de su cuerpo, que es lo que les corresponde a los adultos, y que es la situación a la que se enfrentó toda una generación: porque si no se cuidaba el cuerpo, tanto en términos morales como políticos, ese cuerpo se ponía en riesgo. Por más que los padres quisieran proteger a los hijos eso no era posible. Nunca fuimos completamente niños, en la idea tal vez absurda que tenemos de la niñez como un tiempo exento de preocupaciones. Me importaba señalar esta tensión en la novela, aunque creo que en todos mis libros eso está presente.

–Otro de los temas de la novela es el miedo, que en este caso es el miedo a la imposibilidad de escribir. ¿Por qué el ser de un escritor parece definirse sólo en la potencia de la escritura? Hay dos diálogos muy significativos que intentan refutar esta creencia: cuando Raquel le dice que se escribe también con la cabeza, o cuando Silvina le sugiere que le dicte a una grabadora.
–Para mí es muy significativo que esto lo digan dos personajes que a la vez son mujeres, amigas, escritoras, dos mujeres que no tienen hijos sino escritos. Hay un vínculo de identidad con ellas; a través de ellas se puede pensar precisamente esa pregunta: ¿dónde reside ese ser del escritor: en la publicación, en la producción de la palabra o simplemente en la imaginación? Lo que ellas vienen a subrayar es que en esencia una vez que se es escritor se es para siempre, más allá de la producción y, por supuesto, más allá de la publicación. El escritor está definido por su imaginario, no sólo por la obra impresa.

Algunos datos

Lina Meruane es escritora nacida en Santiago de Chile en 1970. Su obra de ficción incluye la colección de relatos Las Infantas (1998), así como las novelas Póstuma (2000), Cercada (2000), Fruta Podrida (2007) y Sangre en el Ojo. Ha recibido el Premio Anna Seghers (Berlín 2011), el Premio a la Mejor Novela Inédita (2006) del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes de Chile. Periodista cultural de amplia trayectoria y doctora en literatura hispanoamericana, actualmente enseña cultura latinoamericana y escritura creativa en la Universidad de Nueva York.

Silvina Friera/ Página 12

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