La semana anterior estuvo a la cabeza de la agenda informativa la decisión de la salida de presos de las cárceles bonaerenses a actos culturales o políticos. Según el informe de Clarín, amplificado por todos sus medios y los aliados, varios de los que están privados de la libertad concurren a actos del kirchnerismo y la justificación está dada por la necesidad de resocializar, cuestión contemplada en la Constitución Nacional. Más allá de que la temática es opinable, se buscó influir en la opinión pública difundiendo la presencia de asesinos en la calle, aunque sea por un día, como fomento de la inseguridad, fenómeno que es preocupación principalísima de la sociedad.
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Para lograr el objetivo de “meter más miedo” del que ya puede existir, se consignó que dos de los beneficiarios de las “salidas culturales” fueron Eduardo Vázquez, el baterista del grupo Callejeros que asesinó a su mujer, y el barrabrava de River, “El Oveja” Pintos, quien fue condenado por la muerte de Gonzalo Acro, otro adicto del club de Núñez. Por supuesto, las notas se completaron con reportajes a los familiares de las víctimas. ¿Qué podían decir sino repudiar las salidas de los verdugos de sus familiares?
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La cuestión de los presos, en el marco de la política, tiene antecedentes de crueldad en Catamarca. En 1998, cuando fueron condenados Guillermo Luque y Luis Tula, a 21 y 9 años por el asesinato de María Soledad Morales, la prensa nacional armó un escándalo porque quienes ya eran “presos famosos” organizaron un asado, junto a sus familiares, en un rancho de la vieja cárcel de Güemes y Virgen del Valle. Aquel hecho, por muy poco, no le cuesta el puesto a quien era jefe del Servicio Penitenciario que, ni por asomo, tenía relación con los condenados. Se quería transmitir a la opinión pública que había “presos de primera y de segunda”. Toda una falacia. Si alguien cree que una salida o un asado alivian el tormento de estar preso se equivoca de punta a punta.