Enseñanzas de las Bodas de Caná

Jesús bendice el amor sellado con el sacramento del matrimonio

La Virgen es tan poderosa en su intercesión que Dios atenderá todas las peticiones por su mediación.
Domingo, 20 de Enero de 2013

Las fiestas de boda tenían larga duración en Oriente (Génesis 29,27; Jueces 14,10.12.17; Tobías 9,12;10,1). Durante ellas parientes y amigos iban a felicitar a los esposos; en los banquetes podían participar hasta los transeúntes. El vino era considerado elemento indispensable en las comidas y servía además para crear un ambiente festivo. Las mujeres intervenían en las tareas de la casa. La Santísima Virgen prestaría también su ayuda: por eso pudo darse cuenta de que iba a faltar vino.
Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 kilómetros al Noroeste de Nazareth.
Entre los invitados no se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio (y otros muchos del Evangelio) hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.

Estados de vida

Para demostrar la bondad de todos los estados de vida, Jesús se dignó nacer de las entrañas purísimas de la Virgen María; recién nacido recibió la alabanza que salió de los labios proféticos de la viuda Ana e, invitado en su juventud por los novios, honró las bodas con la presencia de su poder. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la creación (Génesis 1,27-28), y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento (Mateo 19,6).
En el cuarto Evangelio la Madre de Jesús (este es el título que le da San Juan) aparece solamente dos veces. Una en este episodio y la otra en el Calvario (Juan 19,25). Con ello se viene a insinuar el cometido de María Virgen en la Redención. Entre los dos acontecimientos, Caná y el Calvario, hay varias analogías. Se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. Su título de Madre adquiere resonancias especialísimas: María actúa como verdadera Madre de Jesús en esos dos momentos en los que el Señor manifiesta su divinidad. Al mismo tiempo, ambos episodios señalan la especial solicitud de Santa María hacia los hombres: en un caso intercede cuando todavía no ha llegado “la hora”; en el otro ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo, y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados en el Calvario por el discípulo amado, san Juan evangelista.
En la vida pública de Jesús aparece significativamente su Madre. A lo largo de la predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (Marcos 3,25; Lucas 11,27-28) a los que escuchan y guardan la Palabra de Dios, tal como ella lo hacía fielmente (Lucas 2,19.51).
“Mujer” es un título respetuoso, que venía a ser equivalente a “señora”, una manera de hablar en tono solemne. Este nombre volvió a emplearlo Jesús en la Cruz, con gran afecto y veneración (Juan 19,26).

Posibles interpretaciones

La frase “¿qué tenemos que ver nosotros?” corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser interpretada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. También se puede pensar que en ese plan divino estaba previsto que Jesús hiciera el milagro por intercesión de su Madre. En todo caso, ha sido Voluntad de Dios que la Revelación del Nuevo Testamento nos dejara esta enseñanza capital: la Virgen Santísima es tan poderosa en su intercesión que Dios atenderá todas las peticiones por su mediación.
“Todavía no ha llegado mi hora”: El término “hora lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (Juan 5,28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su Pasión, Muerte y Glorificación (Juan 7,30; 12,23; 13,1; 17,1).
La Virgen María como buena Madre, conoce perfectamente el valor de la respuesta de su Hijo, que para nosotros podría resultar ambigua (“¿qué tenemos que ver nosotros?”) y no duda que Jesús hará algo para resolver el apuro de aquella familia. Por eso indica de modo tan directo a los sirvientes que hagan lo que Jesús les diga. Podemos considerar las palabras de la Virgen como una invitación permanente para cada uno de nosotros.

Abundancia

Una de las señales de la llegada del Mesías era la abundancia, por eso en ella ve el evangelista el cumplimiento de las antiguas profecías: “el mismo Yavhé dará la felicidad y la tierra dará sus frutos”, anunciaba el Salmo 84,13; “las eras se llenarán de buen trigo, los lagares rebosarán de mosto y de aceite puro” (Joel 2,24; Amós 9,13-15). Esa abundancia de bienes materiales es un símbolo de los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza con la Redención: más adelante, San Juan destacará aquellas palabras del Señor: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10; Romanos 5,20).
“Hasta arriba”: El Evangelista vuelve a subrayar con detalle la sobreabundancia de los bienes de la Redención y, al mismo tiempo, indica con cuánta exactitud obedecieron los sirvientes, como insinuando la importancia de la docilidad en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, aún en los pequeños detalles. En este milagro de Caná no convirtió el agua en cualquier vino, sino en uno de excelente calidad.

Nueva dimensión de la fe

Antes del milagro los discípulos ya creían que Jesús era el Mesías; pero todavía tenían un concepto excesivamente terreno de su misión salvífica. San Juan atestigua aquí que este milagro fue el comienzo de una nueva dimensión de su fe, que hacía más profunda la que ya tenían. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos.

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