CORREO DE LECTORES

Aquella mesita de luz...

domingo, 28 de noviembre de 2010 00:00
domingo, 28 de noviembre de 2010 00:00

Entre las mágicas historias que guardo celoso de mi paso como estudiante por Córdoba, hay una que estremece mi nostalgia de manera especial. Por su sencillez e inocencia ha enjuagado lágrimas en mí.
“No sé en que mudanza quedó “huérfana”, amurada a un rinconcito, a tal punto que los primeros tiempos pasó inadvertida por los nuevos inquilinos.
Sobria por demás, bajita pero espaciosa, de un color marrón oscuro que fue despintándose por los reiterados traslados y el trajín de los años. Silenciosa compañera de noches eternas, supo guardar secretos como nadie. Aquel poema del primer amor, la foto de los viejos, las cartas de aliento escritas por mamá que acompañaban cada esperanzadora encomienda. Y tantos objetos que pasarían inadvertidos por el agitado presente que obliga la gran ciudad.
Fue y será la única testigo fiel del excepcional sentimiento que surge entre el desarraigo y el pecado de juventud…
Sirvió de plataforma para “el mate” y los inseparables utensilios del solitario estudiante ¡si habré visto entre cebada y cebada caer lágrimas de agua hirviendo bañadas con poleo, cedrón y té de burro!… ¿quién no?...
O en aquella noche lujuriosa de rojo carmín, donde ocultó su desprolijidad bajo la humedad del alcohol…
Amontonando apuntes, libros, y lápices de aquel utópico instante vivido.
Nunca había imaginado que un “objeto inanimado” pudiera ser sustancialmente tan mío.
¡Tantas, pero tantas historias te llevaste contigo!
Los años pasaron, como si nada, indiferentes a la humanidad y al corazón, como siempre, y un día mágico apoyé en ella el “´título tan ansiado”, sin darme cuenta que era el primer peldaño hacia la escalera del olvido.
Ella quedó en la “Docta” para acompañar a otros pupilos como siempre lo hizo.
Así el calendario y las necesidades me alejaron paulatinamente por nuevos horizontes, embriagándome de recuerdos. Entonces aprendí que en la simple ecuación de la vida, cuando se suma: distancia más soledad, hay un solo resultado llamado “nostalgia”.
Dos años después regresé, intentando pensar que todo seguiría igual, detrás de una fina “chaqueta” que ahora me identifica como “doctor”. Volví dictatorialmente subordinado al corazón.
Acabada la cena, en aquel lujoso restaurante -que antes miraba de afuera- me dispuse a caminar por el mismo recorrido que solía hacer cuando estudiante. Ahora podía observar detalles que nunca antes había visto. Abusé del tiempo y la melancolía.
Los mismos edificios, pero con distintos habitantes, los mismos sitios, pero con otro calor. Todo o casi todo estaba allí, tan lejos y tan cerca a la vez…Obispo Oro casi Ituzaingó, la esquina preferida de mis sueños, y 30 metros más allá, la vieja casona. La “APP” como solíamos llamarla (asquerosa y pobre pensión). El corazón me palpitaba presagiando el encuentro. Aceleré el tranco esquivando al presente, en busca del pasado escondido. Y…
El mundo se me vino abajo en segundos. El escenario era indescriptible. La casa moría de pie… como mis sueños de juventud!
… Me acerqué lentamente, casi sin respirar, aguantando la impotencia. Entre el yugo del martillo y la demolición alcancé a divisar un gran “conteiner” cargado de escombros y algo más…
Allí la vi, apretada contra el polvo de los años, mal tratada y solitaria en la vitrina del olvido, ya en su viaje final.
Estoy seguro que “ella” también me observó, como en las grandes despedidas, ciñendo el llanto, fijando la vista en la pupila dilatada que estremece.
Aquella mesita de luz se iría tal como llegó a mi vida, sola y en silencio, llena de historias de estudiantes…”
Ahora me doy cuenta lo ingrato y desagradecido que fui con su nobleza.
Perdóname por favor!!!

Pablo Olmos

Comentarios

Otras Noticias