Correo de Lectores

El hombre es hijo del niño que fue

lunes, 02 de agosto de 2010 · 00:00

Sr. Director:

“En el mes del niño, deberíamos volver a nuestros orígenes para entender el ritual de la vida para charlar con ella y poder al fin comprenderla”

Quiero pedirle un favor, déjeme sentir lo que ayer perdí, cerrar los ojos, acomodarme en la butaca de un cine imaginario y ver mi película preferida que fuera nominada por su gran libreto y por su enorme capacidad de emocionarme una y otra vez.

Su título: “Nuestra infancia”. Los actores principales: Los changuitos del barrio. Su director principal: “El barba”.

¡Ah!, y por favor, sírvame un mate cocido con té de burro y tortilla caliente para disfrutar más de ella.

Entre tierra y jarilla, nuestras “chozas” improvisadas en el campito eran el mejor refugio para los changuitos del barrio El Júmeal. Prepararlas podía llevarnos el día entero, amalgamar nuestras pequeñas ideas para darles un toque de arquitectura e inocencia. No era nada sencillo, pero eso sí, al caer la tarde era costumbre tomar el mate cocido con pan casero preparado en una lata de durazno, con nuestro propio fueguito. ¡Toda una aventura!

El ritual se repetía cada tarde, en el mismo sitio. No faltaba ninguno a la cita. Los Herrera, dos hermanos que sabían protegerse uno al otro de sus andanzas, el “callo”, chango churo de pocas pulgas, el “collita” el que más se hacía respetar por tener uno o dos años más que el resto. El “bocha”, el “chivo”, el “mosca”, y el “quililo”, artífices de las más descabelladas imágenes y travesuras que matizaron nuestra niñez.

Para el día de San Juan, las fogatas, armadas con cualquier tipo de ramas secas que encontrábamos por ahí, enormes estructuras se consumían entre fuego y algarabía, ante la atenta mirada de grandes y chicos y en la picardía de algún chango que hacía explotar un desodorante viejo entre las cenizas.

Llegaba agosto y el viento norte daba impulso sublime a nuestras ganas de volar. Los barriletes hechos de papel o nailon y caña, con sus largas colas serpenteando en nuestra pequeña atmósfera. Los concursos para ver cuál de ellos era el más fuerte, en dónde hasta yilets y agujas solíamos agregarle a las cometas para poder derribar en plena batalla a los demás competidores.

Era todo tan sencillo. Si nuestro mayor anhelo era ganar en las bolillas, con nuestras “cateadoras” o haciendo daño con algún acerito que conseguíamos en el taller. Las “japonesas”, las “lecheritas” y tantas otras en los bolsillos llenos de tierra.

Cuánto entrenamiento y habilidad para ganar las figuritas y las etiquetas de cigarrillo, tesoro de nuestras colecciones.

Cada tiempo tenía su pasatiempo. No conocíamos el aburrimiento. Siempre surgía algo para entretenerse. No faltaban las ideas y los sueños del niño que desconocía los juegos electrónicos, las computadoras, los celulares, el internet y los juegos virtuales. Éramos felices con tan poco, con decir que esperábamos ansiosos el día del niño para tomar chocolate caliente y comer bollitos.

Las salidas en bicicleta por el campo de Choya, las siestas y las escapatorias para ir a “hondear”, los campeonatos de fútbol, donde el trofeo estaba hecho de una botella de lavandina recortada y rearmada para tomar la forma final. Y tantas chiquilladas, se apagaron…quién lo diría.

Aquel duende –de la niñez- ya no está, mis amigos tampoco, el barrio ha cambiado y debajo del asfalto duermen secretas huellas de infancia.

Doctor Pablo Olmos
DNI: 26433761
 

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