TESTIMONIOS

Una oposición lejos de la sociedad

domingo, 24 de abril de 2011 00:00
domingo, 24 de abril de 2011 00:00

¿Cómo entender a partidos incapaces de librar civilizadamente una interna sin partirse al medio? ¿Cómo calificar a candidatos que exigen y obtienen una preinterna de la que se terminan bajando, porque no mueven el amperímetro, sin que el bochorno los saque de la cancha? ¿Cómo comprender a dirigentes que no dependen de ninguna interna, pero que determinan su lugar en el juego según las posibilidades que les reconocen los especialistas? De un solo modo; devaluación de los proyectos, sobreestimación del destino personal. Sólo cuando los proyectos políticos son tan evanescentes, los candidatos son tan importantes. Por eso, un político cuyo horizonte no conmueve a nadie, cuya ramplonería está más allá de lo opinable, pero que mide bien en las encuestas, es más importante que la más importante de las reflexiones sistemáticas sobre la sociedad global. Mientras eso no cambie, estamos en el horno. No debemos olvidar que las pruebas de la decadencia opositora, también forman parte de los problemas del oficialismo.
Avancemos con tino. Nunca pensé que el Peronismo Federal –gran vencedor de las elecciones parlamentarias de 2009– fuera una fuerza emergente capaz de reorientar la política nacional. Sin embargo, la presencia de Eduardo Duhalde –un hombre que solía combinar la eficacia ejecutiva de un puntero bonaerense, con cierta comprensión estratégica– acompañado por Héctor Magnetto, CEO del Grupo Clarín, mostraba a las claras que no se podía desconsiderar desde el vamos semejante intento. Duhalde no sólo fijó en 2003 los límites del peronismo electoral –los tres candidatos que disputaron la interna externa– además respaldó a uno de ellos; es decir, aportó un camino para resolver la crisis general de la sociedad argentina. Y debemos admitir que tuvo un cierto éxito.
Para facilitar las cosas, el entonces ministro de Economía del viejo bipartidismo, a nadie se le escapa que Roberto Lavagna tiene buenas relaciones con radicales y peronistas de la provincia de Buenos Aires, logró que un país sin moneda y sin política monetaria, endeudado en el mercado financiero por encima de su capacidad de pago, evitara la descomposición sistémica. No era poco, pero salir del fondo del pozo no es exactamente igual a disponer de otra estrategia política; después de todo entre 1975, con Celestino Rodrigo, y 2001, con Domingo Cavallo, el hilo de desgraciada continuidad no podía, no puede, negarse. Y Lavagna alcanzó para poner en marcha los motores apagados de la economía nacional, pero su “programa” se terminó pareciendo bastante a una convertibilidad a tres pesos, a la que se sumó el viento de cola de la burbuja financiera. Esto es, los buenos precios de las materias primas en el mercado mundial.
La ruptura con ese ministro, y el creciente distanciamiento del gobierno de Néstor Kirchner con el matrimonio Duhalde, estaba en la naturaleza de las cosas. No sólo porque no compartían la política del Ejecutivo frente a los crímenes de lesa humanidad, sino porque los Duhalde no se proponían ir más lejos que Lavagna. Si Kirchner hubiera acompañado ese punto de vista nunca hubiera sido más que una jugada de Duhalde. Por cierto, esa perspectiva no comulga con la tradición política del peronismo, de ninguno de los cuatro, ni con el presidencialismo argentino. Por eso para Kirchner tomar el control de la cancha era una necesidad insoslayable. Esto lo empujaba hacia un proyecto alternativo, cuando ese proyecto suponía, supone, restablecer el imperio de la ley. Dejar atrás la ley del más fuerte, y atenerse a derecho. Sin restablecer la relación entre los delitos y las penas, sin poner fin a tres décadas de impunidad y anomia societaria, la capacidad de rectificación del rumbo –desde los instrumentos políticos existentes– no era posible. La política de Derechos Humanos y la política a secas son una misma cosa; y sin ponerla en marcha, todas las demás terminan siendo impracticables.
El juicio del subcomisario Patti no sólo demuestra décadas de impunidad sistémica, sino cuánto atrasa el orden político. Y ese atraso explica, en buena medida, su decadencia permanente. Para que se entienda, que un integrante de la represión, de tan bajo rango, haya recibido semejante nivel de protección y tan elevados reconocimientos, pone en jaque la naturaleza de la ley. Mientras la oposición redacte documentos donde la defensa de la democracia no suponga terminar con la impunidad, mientras no asuma la política de Derechos Humanos como política de Estado, la sociedad argentina no podrá parir un partido conservador moderno. Esto es, elementalmente democrático, en condiciones de ofertar liberalismo de mercado. Es que el escandaloso nivel de incumplimiento de todas las normas, que se verificó en el juicio a Patti, no permite hablar de ninguna clase de seguridad jurídica, ya que traba y distorsiona todos los demás niveles, imponiendo un rango de esquizofrenia explícita: el ladrón de pasacassettes se pudre en la cárcel, y la familia Massera disfruta de los latrocinios alcanzados, botín de guerra mediante, por un marino de infausta memoria. La sociedad argentina no está dispuesta a seguir siendo el botín de guerra de nadie.
La oposición tendrá que asimilarlo, quiéralo o no, ya que de eso depende su propia supervivencia. Dicho sin cortapisas: la oposición al kirchnerismo corre el serio riesgo de desintegrarse ad infinitum, lo que no significa en modo alguno que la absoluta mayoría estadística de la sociedad argentina se sienta representada por el peronismo K, pero significa que tal como son esos partidos no son capaces de representarla. Ése es el punto. Las encuestas muestran que Cristina Fernández gana en primera vuelta enfrente a quien enfrente. Lo que el oficialismo junta responde a su mérito; lo que los opositores no juntan, también responde al suyo. Un segmento de la sociedad argentina ve con buenos ojos la continuidad del gobierno. Otro sector de la sociedad argentina ve con muy malos ojos a los partidos de la oposición. En ese punto estamos.
Con un agravante. La dirección de los partidos opositores lo sabe perfectamente. Las encuestas que pagan a troche y moche se lo dicen de mil maneras. Sin embargo, lo único que se proponen es construir un atajo que no los lleva a ninguna parte. Mauricio Macri y Ricardo Alfonsín, en un punto, dicen exactamente lo mismo: yo soy la opción, o si no Cristina. No se proponen enamorar a un fragmento de la sociedad, conformar una lectura propia del sentido de la historia nacional, sólo intentan expoliar el miedo y los resentimientos más primarios. Es cierto que un fragmento de la sociedad argentina tiene un nivel de atonía significativa (despolitización, decíamos en la vieja jerga), no es menos cierto que el grueso de ese pelotón termina no votando. Entonces, o la oposición marcha hacia una autocrítica que le permita refundarse, o el sistema político nacional seguirá en crisis permanente.

Alejandro Horowicz
Periodista, escritor y docente universitario

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