Correo y opinión

Irán, el mundo y nosotros

lunes, 2 de diciembre de 2013 00:00
lunes, 2 de diciembre de 2013 00:00

El acuerdo entre seis potencias mundiales (EEUU, Rusia, China, Alemania, Gran Bretaña y Francia) e Irán para limitar el desarrollo del programa nuclear del país árabe a cambio de una gradual reducción de las sanciones que Occidente viene aplicando contra este país tuvo, obviamente, notables repercusiones.
Después de tres décadas y media de enfrentamiento, por primera vez EEUU imagina un camino de cooperación con Irán, reordenando así la lógica geopolítica de todo Medio Oriente. Otro tanto puede decirse de Rusia, que logra dar otro paso significativo en la recomposición de su poder mundial después de la implosión soviética de 1991.
En tercer lugar, Europa, que acompañó durante estos años el juego de sanciones comerciales y financieras a Irán, también suscribe el acuerdo, y ve con entusiasmo la posibilidad de darle orden a una región que es clave en su suministro de petróleo y gas.
Irán mismo, de tener éxito en este acuerdo, tendrá seguramente otro lugar en el mundo. En principio, uno muy elemental: que se le permita recibir ingresos por vender petróleo al exterior (es el cuarto productor mundial), lo que le abrirá la posibilidad de establecer vínculos comerciales con las principales economías y retomar relaciones diplomáticas con buena parte de Occidente.
Pero desde el atentado a la sede de la AMIA en 1994, la “cuestión iraní” también es un asunto de política diplomática argentina. A pesar de la madeja casi incomprensible en que se fue convirtiendo la causa por el atentado, aún quedan en pie serias sospechas de la justicia local sobre la intervención de funcionarios del gobierno de Irán en la voladura del edificio de la mutual judía en Buenos Aires.
Hasta este año, los distintos gobiernos argentinos no habían podido encontrar un mecanismo por el cual comprometer a Irán, si no en el esclarecimiento, al menos a reconocer que existe un conflicto judicial entre ambos países por el atentado.
En febrero de este año, Cristina Kirchner envió al Congreso un memorándum de entendimiento entre los dos países, donde se estipula una serie de pasos conjuntos para poder tomar declaración indagatoria a los acusados en Teherán. En las sesiones de debate, sobre todo en la Cámara de Diputados, donde los números estaban más peleados (el memorándum terminó aprobado 131 a 113), sobraron discursos opositores señalando que el acuerdo sacaba a la Argentina “del mundo” y nos ponía definitivamente entre los países parias del sistema internacional. Como suele ocurrir, la más extremista fue Carrió, que personalizó el acuerdo en el Canciller Timerman y le espetó que había “entregado al pueblo hebreo y argentino”. Ricardo Alfonsín se escandalizó porque durante la gestión kirchnerista había aumentado la venta de algunos productos primarios al país árabe. Unos meses después, Sergio Bergman buscó meter el tema en la campaña electoral y dijo que “el gobierno pactó con un estado terrorista”.
En una notable falta de coordinación con la tendencia que iban tomando los actores internacionales, las desgarradas voces opositoras pretendían congraciarse con un sentido común global que ya no existía. Si se hubiera elegido un análisis menos doméstico y más cosmopolita, tal vez podrían haber advertido que ni siquiera los faros ideológicos que suelen usar (sencillamente, los gobiernos de las grandes potencias) tenían la misma ubicación que antes.
Hoy hay que decir que el vocabulario opositor argentino sólo es comparable al del cada vez más aislado gobierno ultraderechista de Netanyahu y al del ala más conservadora del partido Republicano en EEUU. Ambos se niegan a cualquier tipo de acuerdo con Irán y prefieren volver a la tesis de la guerra preventiva.
Las señales de distensión ya estaban en la mesa desde un tiempo atrás. A mediados de este año, un nuevo presidente iraní, Hasán Rohaní, terminó con la retórica encendida de Ahmadinejad, tanto en su aspecto antiimperialista como negacionista del holocausto. Ese cambio político fue bien recibido en Washington, tanto que Obama se animó a ser el primer presidente en hablar por teléfono directamente con un mandatario iraní desde la revolución de 1979.
El acuerdo con Siria del mes de septiembre, donde el dato más relevante es que por primera vez en mucho tiempo EEUU amenaza con atacar y no cumple, también parece marcar otra hora para las relaciones entre Occidente y Oriente, en la que el desbocado unilateralismo de los años noventa y dos mil es reemplazado por una conducción del mundo, al menos, más colegiada.
En ese marco, y entendiendo nuestro conflicto con Irán como algo necesariamente subsidiario de jugadas de mayor peso específico, la estrategia argentina de comprometer al gobierno iraní en la búsqueda de la verdad sobre el atentado a la AMIA se encuentra con un momento propicio a nivel internacional. Esa lectura es la que parece haber llevado a la Cancillería a emitir, en el día de ayer, un comunicado donde conecta el acuerdo alcanzado en Ginebra con el reclamo para que Irán colabore con la justicia argentina.
Como país periférico que somos, estamos obligados encontrar las escasas oportunidades que nos da un sistema mundial diseñado para perjudicar a los más débiles. Muy distinto a la receta de la obsecuencia ciega que, por definición, carece, al mismo tiempo, de iniciativa propia y capacidad de lectura estratégica.

 

Federico Vázquez (Télam)

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