Dilemas del Este

jueves, 5 de diciembre de 2013 00:00
jueves, 5 de diciembre de 2013 00:00

Las grandes protestas de los últimos días pusieron a Ucrania en la agenda internacional. Ucrania está lejos, y la imagen más cercana que se nos puede representar es el cliché de los países de la Europa oriental: un pueblo rubio, un país de formas duras con escudos de águilas y nombres con muchas k y ch.
La información que circula en los medios no supera mucho ese prejuicio elemental: esas protestas son rápidamente entendidas como “democráticas”, frente a un orden político draconiano, nostálgicamente estalinista. La cosa es más compleja.
Comenzamos por lo evidente: Ucrania es una sociedad postsoviética, con un importante sector de clases medias que tienen una empatía en términos culturales y políticos con Occidente. Estos sectores sueñan con que su país ingrese a la Unión Europea. Sin embargo, otro importante sector social -más vinculado a los trabajadores industriales y al ámbito rural- guarda una cercanía mayor con Rusia. La convulsionada política interna pasó en los últimos años por gobiernos de distinto signo político; el actual tiene una inclinación por la alianza con los rusos.
Las manifestaciones de Kiev muestran que las lamentadas “grietas” suelen estar presentes en cualquier sociedad que tenga mínimas reglas democráticas. En el caso ucraniano, esa grieta separa a quienes quieren que su país se abra decididamente a Occidente, frente a quienes se inclinan por la histórica vinculación con Rusia. No se trata sólo de vínculos del pasado: Rusia es el principal socio comercial de Ucrania. Además, una geografía política acompaña esa elección. Los ucranianos del Este votan al Partido de las Regiones, que conjuga un discurso social con un alineamiento con Rusia; mientras que los del Oeste se inclinan por líderes y partidos liberales, mucho más proclives a tejer alianzas con los países europeos.
Resulta comprensible entonces que el estallido de la movilización callejera, con epicentro en la capital del país, se produjera cuando el gobierno de Viktor Yanucovich decidió no firmar el acta de Asociación con la Unión Europea.
Ahora bien, más allá del conflicto interno, ¿cuál es la importancia de la disputa? Ucrania es por lejos el país más importante en términos económicos y demográficos de la Asociación Oriental, que nuclea a seis exrepúblicas soviéticas (Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia y Moldavia). Esta constelación de países es el antiguo “patio trasero” soviético tanto como el actual espacio de conquista de la Unión Europea, que busca desesperadamente nuevos mercados para aliviar su crisis.
Este avance hacia el Este por parte de Europa no es algo nuevo: la primera oleada comenzó en el 2004, cuando diez países que habían pertenecido a la órbita soviética fueron sumados a la UE. Ucrania es el último gran eslabón de ese proceso, y de lograrlo, Europa llegaría a las mismas puertas de Rusia, demarcando un límite geopolítico tal vez definitivo.
Pero el mundo es dinámico, por suerte. Después de largos años de hacer el duelo por el imperio perdido, Rusia comenzó a dar pasos en la reconstrucción de su fortaleza regional. Con su economía relativamente saneada y un renovado protagonismo del Estado en las decisiones económicas, a partir del gobierno de Vladimir Putin, Rusia inició un camino de reconstrucción de su influencia sobre sus ex satélites del Este de Europa. La notable recuperación de protagonismo internacional por parte de Rusia, se vio fortalecida, además, por sus resonantes éxitos en Siria e Irán.
Todo esto tiene una doble conexión con Ucrania. El más evidente es que Rusia tiene mayores credenciales que en el pasado para ser un jugador de peso en todo su vecindario, y por ende en la propia crisis política interna ucraniana. Y en un segundo plano, la resolución pacífica de los conflictos en Medio Oriente deslegitima las razones de “seguridad” que están detrás de la ampliación de la Unión Europea hacia el Este. De hecho, ni bien se selló el acuerdo en Siria e Irán, el gobierno de Putin salió a reclamar el fin del proyecto de un escudo antimisiles en Europa que lleva adelante la OTAN (es decir, la Unión Europea + EEUU). El “escudo” tenía como pretexto el polvorín de Medio Oriente, pero la ubicación concreta de sus bases dibuja un cerco muy evidente sobre Rusia: Polonia, Rumania y Turquía.
Volviendo a las calles de Kiev, podemos pensar que este panorama geopolítico complejo deja a la sociedad ucraniana en un lugar de actor de reparto. Las convulsiones políticas internas desmienten esa conclusión apresurada: las protestas, de tener éxito, pueden terminar de definir localmente lo que a nivel internacional parece congelado en un “empate” entre las potencias.
Este país oscilante, que no termina de definir una estrategia de inserción global, ejemplifica los dilemas que suelen atravesar las sociedades periféricas. A pesar de la infinita lejanía que nos separa, no resulta una historia desconocida en América Latina. Como nota optimista, habría que anotar que este mundo menos macrocefálico permite, al menos, pensar un escenario de disputas y opciones por donde intentar colar los intereses propios.

Federico Vázquez
Télam

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