Presencia

viernes, 24 de enero de 2014 00:00
viernes, 24 de enero de 2014 00:00

“Vacío de poder”. “Tiene que hablar.” Las máximas comunes de un hombre cualquiera se desplegaron como un reguero de pólvora en clave Pacto de la Moncloa: desde el radicalismo progresista hasta el peronismo renovador, pasando por periféricos espacios de izquierda, la oposición en su conjunto reclamaba la presencia de una dirigente política a la cual poco tiempo antes le habían reclamado austeridad mediática, por llamarlo de un modo decoroso. Ayer volvió. El marco de ausencia y desgobierno que había querido instalar (casi) toda la clase política –salvo pocas y honrosas excepciones-, sumado a los deseos piromaníacos de algunos medios gráficos y audiovisuales, fueron el escenario perfecto para el “regreso” –dicho con toda la sorna del caso- de Cristina Fernández de Kirchner. Treinta minutos le alcanzaron a la Jefa de Estado para ensillar la agenda y cabalgar sobre ella con destreza gauchesca con una medida que uno podría ubicar dentro de las que forman la identidad constitutiva de este proceso político. Tan es así, que el Frente Renovador y hasta la propia Elisa Carrió fueron los primeros en sacar número para apoyar el plan Progresar.
Soy hijo de militantes políticos –antiperonistas, le agregaría, si tuviese oportunidad-. Mi viejo, además, tuvo que exiliarse. Mi mamá formó parte de la APDH durante la presidencia de Raúl Alfonsín y mi padre fue un arquitecto semi desocupado en los ’90, década en la cual más de una vez se barajó la posibilidad de vivir en Brasil, país donde fueron a parar mis hermanos y su madre luego del obligado escape en tiempos de Videla. Más acá en el tiempo, recuerdo una burla ponzoñosa de mi viejo cuando me supo en una marcha apoyando la Ley de Medios. En pocas palabras: la tradición ligada al mayor proceso popular y de identificación de la clase trabajadora de nuestro país, en mi casa, era ajena. Sin embargo, “la realidad efectiva” de estos años fue cambiando las cosas y esa desconfianza fue mutando en identificación.
Tengo 24 años, y sincericidio mediante, nunca esperé escuchar que un jefe de Estado deseara “llegar a la utopía de una sociedad absolutamente igualitaria”. Jugué al fútbol durante mucho tiempo en Bella Vista, un club de Villa Perro, un barrio de la periferia de Bahía Blanca, en la que había muchos ni-ni. Muchos. Coetáneos y más chicos. Casi todos, 2014, son padres. Hablé con varios de ellos anoche. Me dijeron que no saben bien de qué se trata Progresar, porque no vieron ni escucharon la cadena nacional. Pero todos me dijeron que querían terminar la secundaria, para poder intentar darles a sus hijos el futuro que merecen.
El próximo diciembre se cumplen 10 años de la muerte de 194 personas en el boliche República Cromañón. Aquél espectáculo dantesco, en el que, entre otras cosas, muchos años de ausencia estatal oficiaron de matarife de muchos adolescentes, choca de frente con la actualidad. Una década después hay un Estado que tiene a ese sector, a los jóvenes, como sujetos de derechos.

Iván Schargrodsky

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