Correo y opinión

La libertad y sus precios

domingo, 9 de febrero de 2014 00:00
domingo, 9 de febrero de 2014 00:00

Noticias en la góndola

Sabemos que los medios de comunicación hegemónicos liberales proclaman y reclaman para sí la marca “independientes”, que tiene un uso publicitario al modo del “no matamos delfines” que viene en las latas de atún. Sin embargo, ese sello de supuesto prestigio es sobre todo una declaración de hostilidad hacia cualquier regulación que propenda a la defensa de los derechos ciudadanos y al bien común. Bueno, de igual manera, y aunque no se digan “independientes”, los comercios argentinos se rebelan ante los acuerdos de precios que no son otra cosa que el cuidado de los derechos ciudadanos y el bien común. Los precios escritos en los cartelitos de las góndolas tienen para ellos el valor de una expresión. Así como en el editorial de un diario se puede escribir lo que sea (en algunos es siempre “lo que sea” en contra del país), lo mismo vale para ese número escrito debajo de una mercadería. El precio es la libre expresión del comerciante y del mercado. Y expresa mucho más que un “cuánto es”, expresa un valor que va más allá del monetario y expresa también una posición política. Es la expresión del poder del mercado sobre la ciudadanía.

La gerencia no se hace responsable

Imponer precios es imponernos una manera de vivir. Es por eso que para mantener ese poder que se expresa como económico pero es político, rompen cualquier acuerdo y violan cualquier normativa que defienda al consumidor. El ciudadano, en este universo liberal, es siempre un consumidor (de noticias o de yogures) y por lo tanto sólo tiene el derecho a elegir entre las ofertas de los dueños de las bocas de expendio de estas mercaderías que, aunque para nosotros son imposibles de homologar, para sus “vendedores” son absolutamente parangonables. (El intercambio de gerentes entre corporaciones dedicadas a cualquier cosa es la prueba.)

Como dos silobolsas

Este loco mundo de las mercaderías reclama siempre la libertad de vender lo que sea y como sea y resiste la mínima intención de ser controlado. Palabra que hasta quienes creemos en los controles a veces evitamos pronunciar para no ser acusados de fascistas o comunistas o estúpidos, y que hasta el gobierno canjeó por “cuidados” para esquivar por un rato la cita fácil a Stalin y Ceaucescu.

Escuchar al Pepe

Apenas terminó la última cadena nacional de la presidenta de la Nación, Pepe Eliaschev daba cátedra sobre esta manera de pensar. Criticó el solo hecho de utilizar la cadena nacional por ser una manera brutal de monopolizar la comunicación y criticó el concepto de “cadena del desánimo” que utiliza la presidenta. El periodista del barroco español sostuvo que no existe tal cadena porque “la gente elige” TN, Canal 13, Mitre, aunque se abstuvo de nombrar las decenas de otros medios repetidores de la cadena del desánimo que esconden su pertenencia a la empresa donde Eliaschev trajina su oficio. Este liberal esconde que por esos raros mecanismos republicanos la persona que utilizó la cadena nacional –cosa prevista por la ley- fue elegida democráticamente por más de la mitad de la población, con lo cual podría comprender que sea bastante “la gente” que quiera “consumir” el discurso de quien eligió o “compró” entre la oferta electoral.

Rotas cadenas de supermercados

Pero no, el liberalismo sabe cuándo conviene aplicar a los métodos democráticos la misma lógica que a sus negocios. El Estado es su antagonista, salvo cuando deja de funcionar como Estado y se convierte en una gran consultora que facilita sus prácticas. Y la verdad es que los medios concentrados, aún cuando no obligan a nadie a consumirlos, tienen la virtud, digamos, de poseer una enorme extensión en sus bocas de expendio y, además, la coherencia afiebrada de ofrecer el mismo producto de manera machacante. Clarín y sus sucursales no serían un campo minado para nuestro derecho a la información si en sus pantallas y parlantes estuvieran no sólo Bonelli, Lanata y su red de repetidoras; sino también un Morales, un Varsky, un Montenegro, un Casella, Sietecase, y por qué no: nuestro monstruoso 678.

Babeados por la guita del Central

Estamos en la puja de siempre: derechos sociales versus libertad de empresa. Lo malo es que las empresas hasta acá tienen más polenta, más voracidad, y más años que la sociedad ejerciendo sus amplias libertades sin pedirnos permiso ni pedirnos perdón cuando rompen todo. Y lo malo es que muchos conciudadanos todavía creen que esa libertad empresaria es la misma que los hará libres a ellos. Lo bueno es que en estos años recuperamos el sentido de ese conflicto y que somos muchos los que sabemos que nuestra libertad no se termina en recorrer supermercados para encontrar el mejor precio. Porque tenemos derecho a precios reales y no a extorsiones del poder económico publicadas en las góndolas con un simple numerito. O en las casas de cambio con numeritos en inglés.

Hay que dejar de poner precios por dos años

De eso se trata este momento, de ver si los argentinos volvemos a trabajar para engordar al amo o si seguimos trabajando para tener una sociedad más justa cada día. La disyuntiva esta vez no se va a decidir en una oficina gubernamental, porque al fin y al cabo la plata que hoy se quieren llevar la manejamos nosotros. Porque la que maneja el gobierno, ya saben que Cristina no se las va a regalar.

 

Carlos Barragán.
 

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