Opinión

Mirada Actual

lunes, 31 de marzo de 2014 00:00
lunes, 31 de marzo de 2014 00:00

Por Víctor Manuel Monti (*)

Como inédito hecho casi político, los argentinos asistimos al cumplimiento del primer año de papado del también primer Papa proveniente de una latitud que escapa a lo meramente europeo. No sólo es el primero no-europeo sino que también el honor quiso que el sitial lo ocupara un argentino, no por ser de este país seguramente, sino porque se trata de un hombre dotado de las condiciones insignes para asumir la jefatura de la Iglesia Católica a nivel mundial y representar al mismo Dios Todopoderoso en la Tierra.
Es un hecho que -más aún para los argentinos, que lo politizamos todo- trasciende lo meramente religioso -lo que no es poca cosa- para adentrarse en lo político, en la más alta acepción de esta palabra, esto es, como fenómeno de convivencia humana en las distintas facetas que el hombre se desempeña: lo social, lo jurídico, lo económico, lo cultural, etc. Quienes habitamos estas tierras debemos tomar conciencia de que el Papa no nos pertenece, que el Papa no está para ocuparse de los problemas domésticos que nos aquejan, que su mirada ha de ser seguramente como la de quien está en la cúspide de la pirámide global, con una visión integradora y ajena a los intereses sectoriales.
Por eso no fue prudente quererlo comprometer en la problemática de nuestras Islas Malvinas, ni la invitación de la máxima dignataria brasileña a que lo acompañe en “su” lucha por la justicia y la paz en el mundo, o regalarle objetos de hondo significado local, como un mate, un termo, o un libro sobre un expresidente argentino; o quererlo traer de visita a estas tierras, cuando acaba de irse, más allá de las simpáticas y anecdóticas alusiones de connacionales en la plaza de San Pedro, sobre el club de fútbol con que simpatiza nuestro excardenal primado.
El Sumo Pontífice no está para solucionar los problemas argentinos, quizá debido a nuestra cultura mesiánica y populista -alentada permanentemente en forma creciente desde todos los ángulos de la política-, esperamos (algunos, o muchos) que el nuevo Francisco adquiera una injerencia o influencia en las cuestiones internas que supla la incapacidad popular y de la dirigencia para torcer el rumbo de nuestra historia. Esto es, claro está, para aquellos que no están identificados con la dirección del llamado “modelo” y se sienten impotentes para modificarlo, desde luego con las armas que proporciona la democracia.
Si bien el Papa de la Iglesia Romana siempre fue palabra autorizada a nivel mundial para dar su enseñanza moral y desde luego religiosa, este Papa adquirió un cariz que no deja de sorprender por la enorme autoridad ética que trasmite, sea en su verbo, sea en sus actitudes y comportamiento, que ya son por todos conocidos. ¿Será su nuevo estilo de comunicación y ejemplos que conmueven a líderes y pueblos de occidente, los que gravitan tan hondamente? ¿Será también la carencia de referentes sociales y el hambre y sed de justicia que reclama el mundo y de pronto se siente insatisfecho con la hipocresía y cinismo que nos salpican? ¿Será que este hombre que parece tocado por Dios encarna lo que nos falta y anhelamos tener y ser? Si es esto último, habla bien del mundo y de su gente, y quizá no esté todo perdido; he ahí la grandeza y esperanza que reviste este Papa, y he aquí la importancia política que reviste el nuevo Obispo de Roma.

 (*) Columnista invitado

Comentarios

Otras Noticias