Mirada actual

lunes, 7 de abril de 2014 00:00
lunes, 7 de abril de 2014 00:00

Por Víctor Manuel Monti (*)

¿Es El Rodeo un lugar inseguro? ¿Es El Rodeo un sitio sometido eventualmente a cataclismos naturales? ¿Es razonable que una ministra provincial haya aconsejado a los veraneantes de esta villa, en el álgido momento posterior a la creciente, que la abandonen por el peligro de enfermedades que nunca llegaron? ¿Y el resto de habitantes? ¿Que se enfermen? ¿Está este hermoso poblado asentado sobre el cauce de un río? ¿Merece El Rodeo ser tan maltratado por irresponsables que, por acción u omisión, nunca se ocuparon seriamente de tomar medidas preventivas, sea para evitar o al menos mitigar los efectos de algo que podría pasar, y pasó, como es por todos conocido?
Observamos que no es constructivo para recomponer la imagen de la nave insignia del turismo catamarqueño que se mantenga este discurso negativo y alarmista. Adquiere la cuestión una enorme trascendencia política y económica, no sólo humana y social, por las consecuencias dañosas irreparables a causar de las vidas desaparecidas que, desde luego, es lo más grave. Trascendencia política y económica –decimos-, por el afectado prestigio turístico del que goza este sitio y por la enorme fuente de recursos económicos que significa El Rodeo para las finanzas provinciales. Todo este combo merece un tratamiento especial, como cuestión de Estado vital para los intereses catamarqueños.
Es menester borrar la imagen de inseguridad que hoy trasmite El Rodeo, mas no con operativos propagandísticos, ni descargando la culpa en las imágenes escalofriantes que trasmitió la prensa nacional, sino con políticas serias de recuperación y prevención, sin sensacionalismos ni avisos altisonantes. Es verdad, seguramente, que la mayor dosis de responsabilidad recae en la dirigencia pagada por los recursos del Estado que, durante décadas, no enfrentaron estas políticas; empero, quizá también en pequeñas dosis, por todos los que en el verano disfrutamos de este paradisíaco lugar serrano.
En esa inteligencia, con amplitud y generosidad debe trabajar pueblo y gobierno en la reconstrucción de los daños rodeínos, para que este vuelva a ser quizá el más pintoresco poblado turístico del Norte argentino. Decimos, sin egoísmos y sin la política (politización de todo), que parece ser una enfermedad que azota a la Argentina. Es por eso –por razones políticas, en el buen sentido, y también jurídicas- que no parece oportuna la judicialización del desastre acaecido. Hablar de responsabilidades civiles por daños podría ser factible; desde luego, no en todos los casos. Mas pretender buscar responsabilidades penales es poco menos que un disparate.
Es no enfrentar las propias responsabilidades y buscar el chivo emisario; esto es, el otro, siempre el otro, el causante de todos los males, la división entre culpables e inocentes, el “yo no tengo nada que ver”, el buscar un culpable (chivo expiatorio) y, si es posible, que corra sangre.
¿Seremos capaces de emprender esta tarea mancomunada en paz y alegría, para que El Rodeo sea mejor aún que antes? ¿O seguiremos con la caza de brujas para ver si damos por fin con el culpable de todos los males?
Sin dudas, al margen de las causales naturales que provocaron esta descomunal crecida del río Ambato, existieron fallas humanas; empero, es honesto reconocer que ellas se diluyen en la enorme cantidad de actores sociales y políticos que actuaron en este ámbito a través de las décadas, incluso a partir de los fundadores y promotores, como lo fue el inolvidable Dr. Franco, recordado merecidamente por una placa existente en la villa. Sigamos, pues, hacia adelante sin mirar para atrás, salvo para detectar las causas que sirvan de advertencia de lo por venir.


(*) Columnista invitado.
 

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