Mirada Actual

lunes, 26 de mayo de 2014 00:00
lunes, 26 de mayo de 2014 00:00

Por Víctor Manuel Monti
victormanuelmonti@gmail.com

El 11 de mayo pasado se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de nuestro máximo personaje histórico local, Fray Mamerto Esquiú, por lo cual es propicio evocar su figura, siempre pródiga en facetas de su rica personalidad. En este sentido, dejando de lado su perfil de santidad -quizá lo más relevante ante los ojos de un creyente en la existencia de un ser Todopoderoso y Creador, de las virtudes y dogmas del Cristianismo y de la exaltación de las personalidades que cultivaron estos dotes-, interesa ahora en esta columna recordar el Esquiú político, periodista, hombre de Estado, en fin, virtuoso de la vida pública, de tanta carencia en los tiempos actuales.
La figura cívica de Esquiú –parafraseando el título del libro autoría de Julio César Rodríguez, relevante escritor, intelectual y hombre público catamarqueño, cuyo recuerdo en esta ocasión es oportuno- es dominada por los ya clásicos sermones dados en la Iglesia Matriz provinciana y en la Catedral de Buenos Aires, donde –como es sabido- llamó al pueblo de la República a acatar la novísima Constitución, y lo segundo con motivo de la capitalización de Buenos Aires.
Así pues, aparecen como dos cuestiones fundamentales para las urgencias políticas del país de aquellos tiempos - que al compás de las vicisitudes políticas históricas conocidas que aquejan a nuestra patria renuevan su importancia cada tanto- ocuparse de la vigencia y cumplimiento de la Constitución y el respeto al federalismo consagrado en la Carta Magna.
El acatamiento a la Constitución no es solamente preservar la continuidad institucional de los órganos de gobierno plasmados en los tres poderes y sus complementos, sino abstenerse de la manipulación de este sagrado cuerpo legal para la satisfacción de intereses subalternos, como fue, en gran parte, la última reforma, inspirada en las apetencias de protagonismo de un expresidente -no exentas de la búsqueda de poder para su partido- y las ansias reeleccionistas del que estaba en ejercicio, entre otras cosas.
La Constitución es un instrumento legal que, como también se la conoce, es la Carta Magna de un Estado moderno y democrático; es el contrato básico de convivencia y unión de los argentinos, que a la vez tiene letra y espíritu. Y el espíritu –además de su letra- resulta groseramente vulnerado cuando el Presidente acumula poder en menoscabo del Congreso, cuando este último cumple el triste papel de apéndice del Poder Ejecutivo (o de un partido político), cuando ambos son reductos de amigos y “militantes” que perciben beneficios pecuniarios sin prestar servicios, cuando los mismos integrantes usan sus cargos para beneficio y enriquecimiento personal, cuando la sagrada misión de administrar justicia es bastardeada ubicando amigos e ineptos sin trayectoria que avale y legitime sus méritos, etc., etc.
¡Qué vigencia tiene el llamado esquiusiano a prestar acatamiento y obediencia a la Constitución! Otros y renovados peligros se yerguen amenazando su vigencia real, amén de la formal. Pensemos en la Oración Patriótica de Esquiú y hagamos una mirada actual de la cruda realidad que nos castiga, en términos de la baja calidad institucional que nos envuelve. Y no nos olvidemos de su célebre exhortación a festejar y aplaudir la capitalización de la ciudad de Buenos Aires, esto es, su incorporación al dominio de la República, dejar de ser patrimonio de sus vecinos locales. En otras palabras, un triunfo del federalismo sobre los intereses porteños particulares.
Vale decir la supremacía de los intereses generales de las provincias sobre los del Puerto y su Aduana, mutatis mutandi. Hoy, al revés, lo visible es la priorización de los intereses económicos del Gobierno Federal sobre los de los Estados particulares del interior del país, una realidad que también golpea a la letra y al espíritu de la Constitución.

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