Primera parte

¡Salvemos al dique El Jumeal!

martes, 10 de junio de 2014 00:00
martes, 10 de junio de 2014 00:00

Hay una carta memorable que escribió el Cacique Seattle al presidente norteamericano Franklin Pierce en 1855 sobre una propuesta de este último para comprarle sus tierras. Él termina con un pronóstico apocalíptico al ver cómo la cultura occidental está depredando y contaminado los recursos naturales en nombre del progreso. “Los hombres blancos desaparecerán tal vez antes que las demás tribus. Si contaminan sus camas, morirán alguna noche sofocados por sus propios desperdicios. Pero aún en su hora final, se sentirán iluminados por la idea de que Dios los trajo a esta tierra y les dio dominio sobre ella y sobre el hombre piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros, porque no comprendemos lo que sucederá cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los rincones de todos los bosques despidan olor a muchos hombres y cuando la vista de las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de cables parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así terminará la vida y comenzará el sobrevivir.”
¡Nuestro dique El Jumeal y su entorno natural van transitando este triste camino, en un mar de indiferencias! Los catamarqueños tenemos el privilegio de poseer a pocos kilómetros de la plaza central “25 de Mayo”, en sentido Oeste, el límite urbano - natural denominado “El Jumeal”. Una frontera donde la naturaleza, en muchos aspectos todavía virgen, se encuentra de manera abrupta con el avance urbano que poco a poco va matando y transformando estos montes con construcciones y pavimento. Por si fuera poco, existe dentro del área, un reservorio de agua (denominado dique El Jumeal) y gran parte del recorrido del río El Tala, principales fuentes de abastecimiento de agua dulce de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. En esta franja urbana convive una gran diversidad ecológica que no quiere ser excluida y las actividades humanas que buscan esparcimiento en espacios abiertos, peatonales y calles vehiculares. Es el refugio de muchos ciudadanos que buscan consuelo para aplacar los calores del verano con el goce de sus invaluables vistas. A más de un transeúnte alguna vez se le cruzó un zorro en el camino, atraído por la curiosidad de la urbanidad. Muy pocas ciudades del mundo tienen un parque natural de estas características y menos aun, de semejante envergadura paisajística: montañas, embalse, río, flora y fauna autóctonas, visuales de todas las escalas y gustos, ruinas arqueológicas, etc. Todo un combo con un enorme valor patrimonial. A diferencia de nosotros, otros países lo cuidan con todo el rigor de la ley, no sólo para disfrutarlo en momentos de ocio sino para educar principalmente a los más jóvenes, sobre los valores esenciales de la naturaleza y en cómo debemos cuidarlos. Como si fueran grandes oasis de mediación, que nos resguardan y protegen de las acciones desenfrenadas del consumo salvaje y de la vida estresante de las ciudades. Son lugares sagrados que enseñan a los sentidos a comunicarse con la naturaleza.
No lejos de estas realidades, hay que reconocer que existen esfuerzos por parte de nuestros legisladores para proteger esta frontera urbano - natural. Por ejemplo, la Ordenanza Municipal No 3540/02, en su artículo 2, establece la creación de un “Parque Autóctono” destinado a la preservación de la flora y fauna y al desarrollo de actividades recreativas, educativas y deportivas que no afecten las características naturales del lugar. Sin embargo, es muy pobre lo realizado hasta el momento por la municipalidad Capital para cumplir con este gran objetivo, resumiéndose en obras aisladas sin una idea de conjunto.
Muchos especialistas denominan a esta confrontación urbano-natural “interfases” y lo definen como “....el punto de encuentro y superposición de sistemas distintos a través del cual pueden darse múltiples canales de interrelación”... “es una zona o área de gran diversidad que si resulta organizada en su competitividad o lucha por el predominio de los nichos ecológicos que contiene, se convierte en un área más importante que las fases de sus propios sistemas. Si por el contrario, la competencia y agresividad no se resuelven en una organización conjunta, provocan depredación y degradación de sus componentes bióticos y abióticos y se transforman en una frontera de nadie o en una tierra desbastada” (Foro Latinoamericano de Ciencias Ambientales). Para no caer en términos técnicos difíciles de entender, esto significa que lugares de estas características, son estratégicos para el funcionamiento de las ciudades y se deben planificar con mucho cuidado, organizando las actividades y obras compatibles con el entorno natural, restringiendo otras que destruyan y contaminan al mismo. Los errores de diseño los cobra muy caro el ambiente y muchas veces son muy difíciles de revertir.

Lucio Augusto Molas
Arquitecto - Magister en
energías renovables y ambiente

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