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Aviso al que se va, al que viene y al que lo elige

viernes, 16 de octubre de 2015 00:00
viernes, 16 de octubre de 2015 00:00

Por Ari Paluch (*)

Se suele decir que no hay nada nuevo bajo el sol; la política no escapa a esta regla. El comportamiento humano, que es el que determina el comportamiento político, no ha variado a través de los siglos. Virtudes y especialmente miserias se han repetido por miles de años como patrón de conducta de quienes han regido los destinos del mundo. No es ocioso recordar que suele haber una gran afinidad y correspondencia entre la sociedad gobernada, su idiosincrasia, hábitos e historia y quien la termina gobernando.

El gobernante suele ser un emergente de un determinado momento y necesidad de quien lo elige a tal efecto. No sería bueno ni lógico un gobernante escandinavo en Argentina, ni uno caribeño en Finlandia.

El mundo espiritual nos adelanta el mundo político. Me permito convidarlos con algunos escritos de mi más reciente libro “La Cuenta Progresiva”, en el que hago referencia a cuestiones recurrentes en esta materia.

En el universo de la política observamos a supuestos líderes que cometen y profundizan actos desconcertados e injustos, y lejos de querer mostrarse equivocados, aparentan ser cada día más poderosos. La realidad es que el complejo de inferioridad arraigado en determinadas personas desde la infancia los hace sentir poderosos, aún cuando llevan a cabo las peores acciones.

El poder genuino no es lo mismo que la utilización de la fuerza, cuyo uso destinado a la concreción de acciones coercitivas es síntoma de impotencia y pobreza de espíritu. Al actuar así, mostramos que en nuestro fuero íntimo somos débiles y muy inseguros, por lo que demandamos ser servidos, obedecidos y en el caso de esos “líderes”, ser temidos y reconocidos en exceso. No es casual que suelan estos sujetos ser objetos del “culto a la personalidad”.

Este rito es directamente proporcional al culto que el líder hace de su propia personalidad. La historia es rica en este tipo de individuos poseedores de un bajísimo nivel de autoestima, portadores de un narcisismo que requiere compensar ese amor que no recibieron o en todo caso consideraron escaso.

Esa real o supuesta carencia los lleva a un deseo incesante de conquista de logros, que nunca les resultan suficientes. Se recurre a la fuerza para tornarse poderoso sin otra intención que dominar la voluntad ajena, para poder someterla a la propia. En definitiva de lo que estamos hablando es de la necesidad neurótica de ser venerado.

Se trata de conductas propias de seres intolerantes, que intentan con su accionar tapar u ocultar el hecho de que en su interior no son capaces de tolerarse a sí mismos. Es necesario comprender que el poder auténtico es el poder sobre nosotros y no sobre los otros. Del aeropuerto de la impotencia, despegan los aviones que nos llevan a la omnipotencia. Se suele generar un proceso en el que el ego tiene una imperiosa demanda por controlarlo todo y por acumular más y más riquezas y más y más influencias. Aún así y más allá de lo acumulado y controlado, estas personas conviven con el miedo permanente de perderlo todo y fracasar.

Decía el rabino Dovber Pinson: “Las personas verdaderamente poderosas imitan a Dios, al tolerar y apoyar la abundante diversidad de la creación. Las conductas egocéntricas van a contramano del universo, el que fue creado para que actuemos de manera interdependiente, colaborando cada uno de nosotros con su energía”.

De cara a las próximas elecciones, ojalá podamos elegir a un presidente que trabaje más en querer domar su ego que en querer domar al pueblo. Llegar al poder debería ser de utilidad para poder ser mejor persona de lo que se era antes de obtenerlo. Independientemente de partidismos e ideologías, tratemos de medir en un candidato su capacidad de arrepentimiento, su necesidad de tener razón, su predisposición para admitir errores, pedir disculpas y echar culpas. Antes de votar, observemos el nivel de ira con el que ese candidato procede habitualmente. Una persona crónicamente enojada produce antipatía en los demás y termina por odiarse a sí misma. Quiénes somos en la vida se define por las elecciones que llevamos a cabo, las decisiones que tomamos y las acciones que emprendemos. Aunque muchos lo ignoren, el próximo 25 de octubre, como todos los días, regirá también en Argentina la Ley de Causa y Efecto.

Resulta llamativo cómo ponemos más énfasis en observar a quién le dejamos a cargo algo material, pero no hacemos lo propio con el país en el que vivimos. Cualquiera puede equivocar una decisión, lo penoso es hacerlo a sabiendas de que se está equivocando.


(*) Locutor y periodista de Buenos Aires

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