Para El Esquiú.com por Pablo Caruso

El Papa antisemita

miércoles, 28 de noviembre de 2018 00:00
miércoles, 28 de noviembre de 2018 00:00

De vez en cuando, en este oficio, uno se encuentra con una perla en el aljibe. Como cuando nos topamos con un libro abrumadoramente documentado, cuyo autor es el Rabino David G. Dalin y cuyo título es “El mito del Papa de Hitler”. El rabino Dalin desmiente con pruebas contundentes y con verdades como puños la histórica mentira ya podrida, por vieja, del antisemitismo del Papa Pío XII. El libro lleva por subtítulo: “Cómo Pío XII salvó a los judíos de los nazis”. El escarnio de este Papa santo por parte de muchos escritores y periodistas que odiaban al cristianismo merece ser catalogado como una de las más grandes mentiras de la Historia o una más de las leyendas negras sobre la Iglesia.
Nos gustaría recordar, antes de proseguir, que no es cierto que haya mermado la campaña acerca del antisemitismo de la Iglesia. Las múltiples pruebas de que la Iglesia ha sido un refugio para muchos judíos perseguidos por la locura nazi no han podido contrarrestar las calumnias que desde años dirigen las grandes empresas de medios de comunicación internacionales. Su objetivo: alimentar el sentimiento de culpa y el remordimiento de los cristianos. Odio puro y duro destilado a raudales, eso es lo que es. Lo malo del odio no es que sea malo, sino que, además, no sirve para nada. Esos poderes fácticos practican con gran entusiasmo la cristianofobia, atacando a una confesión religiosa que, a lo largo de más de dos milenios, con sus más y con sus menos, ha predicado y practicado la caridad, la paz y la comprensión entre los pueblos.
El rabino Dalin cuenta la larga tradición de los Papas en la protección de los judíos: “La verdad es que tanto los Papas como la Iglesia católica, desde sus primeros tiempos, nunca fueron responsables de las persecuciones físicas de los judíos; y solamente Roma, entre todas las capitales del mundo, se ve libre de la ignominia de haber sido un lugar en donde se desarrolla también la tragedia de los judíos. Por todo ello nosotros, los judíos, debemos sentir gratitud”.
Esta honrosa tradición cristiana de proteger a los judíos perseguidos se remonta al papado de Gregorio I, conocido posteriormente como San Gregorio Magno. Este Papa publicó una bula cuyo título era Sicut judaeis (“Referente a los judíos”) fue el inicio de todos los edictos papales posteriores en los que se protegía y defendía a los judíos. Se dejaba en claro que nuestros hermanos mayores, como los llamó San Juan Pablo II, “no deben sufrir quebrantamientos de sus derechos… Prohibimos que se los maltrate. Les permitimos vivir como romanos y disponer libremente de sus posesiones”.
Más cerca de nuestro tiempo, en 1933, Pío XI en posesión de información valiosísima de la terrorífica intención de Hitler para con los judíos, mostrando su creciente angustia y preocupación, negoció un documento que tuvo una crítica feroz por desconocimiento de lo que se avecinaba. Mientras muchos de los países que luego se aliaron en la Segunda Guerra mundial, miraron para otro lado negándose a recibir en sus países a estos exiliados judíos. La Santa Sede firmó un documento con el régimen nazi en el año 1933 para facilitar la salida -con todas sus posesiones- de los judíos, cuando el monstruoso régimen todavía no había mostrado sus sangrientas garras.
Cuatro años y medio después, todavía la mayoría de los judíos alemanes se ilusionaban con que el régimen nazi no iba a ser tan hostil e ignoraron esta advertencia calificándola de “exagerada y de un alarmismo innecesario”.
Sin embargo, el 21 de marzo de 1937, en las 11.500 parroquias del Reich, se leyó por orden de Pío XII el documento papal llamado Mit brennender Sorge (Con ardiente Preocupación), donde se denunciaba “el calvario” de la Iglesia y se desenmascaraba el carácter anticristiano del régimen, en su intención de imponer la raza aria. Después de esto –según el historiador Zitelmann- “la furia de Hitler se desencadenó sin freno contra la Iglesia romana”. Tanto fue así que el ministro de propaganda nazi Goebbels escribió en su diario: “Ahora los curas tendrán que aprender a conocer nuestra dureza, nuestro rigor y nuestra inflexibilidad”. El infierno abrió sus puertas de par en par y riadas de demonios invadieron las almas de muchos seres humanos, cometiendo las mayores atrocidades que la mente humana pueda imaginar. Sin embargo, hubo justos que se opusieron a tanta maldad. Entre esos hombres justos se encontraba el Papa Pío XII, seguido por una multitud de sacerdotes, religiosas y laicos cristianos, algunos de los cuales entregaron su vida llegando así a los altares.
A pesar de todo y por muchos años, incluso después de su muerte, el Papa Pío XII fue martirizado con el estigma de antisemita, cuando debía ser considerado “justo entre los justos”.
Pero el broche de oro de su vida y el agradecimiento por lo que había hecho por su pueblo se lo brindó quien fuera el gran rabino de Roma durante la Segunda Guerra, Israele Zoller. Este se convirtió al cristianismo en 1945, tomando en su bautismo el nombre de Eugenio, en honor a Eugenio Pacelli (Pío XII). En su autobiografía “Antes del Alba” (“Prima dell’alba” Editorial San Paolo) consigna que sus motivos para dar ese paso son su profunda admiración y agradecimiento a Pío XII, por lo que este había arriesgado por el pueblo judío.
Eugenio Zolli guió la comunidad judía de Roma entre 1938 y julio de 1944. El 15 de agosto de ese año, manifestó al rector de la Universidad Pontificia Gregoriana, el padre Paolo Dezza S.I. (que un día llegaría a ser cardenal), su intención de hacerse cristiano. El 13 de febrero de 1945, en una capilla de la iglesia Santa María de los Ángeles, se bautizó junto a su mujer, quien añadió a su nombre, Emma, el de María.
El sitio Catholic.net consigna que Israele Zoller era de origen polaco. Su madre era de una familia con tradición rabínica de más de cuatro siglos. Se formó en la Universidad de Viena y luego en la de Florencia, donde se licenció en Filosofía, mientras estudiaba al mismo tiempo en el Colegio rabínico.
En 1920 se convirtió en rabino jefe de Trieste. En 1933 recibió la ciudadanía italiana. A causa de las leyes fascistas tuvo que italianizar su apellido: de Zoller a Zolli. Alcanzó a ocupar la Cátedra de letras y literatura judía en la universidad de Padua, pero tuvo que abandonar la docencia a causa de las leyes raciales del gobierno de Benito Mussolini. En 1938 fue nombrado gran rabino de Roma.
En su libro, Zolli narra cómo tras la llegada de los nazis a Roma se entregó en cuerpo y alma a esconder a judíos para salvarles la vida, gracias a la colaboración que le ofrecieron las instituciones del Vaticano y en particular el Papa Pío XII. El presidente de la comunidad judía, el abogado Ugo Foà, según el libro, no compartía los miedos del rabino, y consideró que las advertencias de Zolli acerca de los nazis eran alarmistas.
Cuando lo acusaron de traidor por haberse bautizado, Zolli respondió: “No he renegado de nada; tengo la conciencia tranquila. El Dios de Jesucristo, de Pablo, ¿no es acaso el mismo Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob? Pablo es un convertido. ¿Abandonó acaso al Dios de Israel? ¿Dejó de amar a Israel? Sólo pensar algo así es absurdo”.
La difamación es como un puñado de harina que se arroja al voleo y ya no puede recogerse después. Es necesario que nos demos cuenta de una vez de la gran cantidad de opiniones arbitrarias y aviesas, deformaciones interesadas y auténticas mentiras que se dicen acerca de la Iglesia. Nos encontramos inundados por esa moneda falsa que acuñan los delincuentes y hacen circular algunos bien intencionados.

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