EDITORIAL

Sin justicia no hay paz

martes, 09 de noviembre de 2010 00:00
martes, 09 de noviembre de 2010 00:00

La muerte de Emilio Massera, miembro del triunvirato que inauguró la última dictadura argentina, motivó en la sociedad el acto reflejo de mirar hacia atrás, y repasar una vez más la historia reciente del país.
Se trata por cierto de un ejercicio poco gratificante, porque remueve mucho dolor, muchos odios y rencores, y también porque ratifica que la mayoría de las heridas provocadas entre 1976 y 1983 siguen abiertas.
Pero al mismo tiempo es un ejercicio necesario, porque no existe otro camino para comprender dónde estamos, y en todo caso preguntarnos cuánto avanzamos.
El intento de analizar objetivamente la situación, impone reconocer que el modo en que hoy se abordan las cuestiones vinculadas con los Derechos Humanos hablan de un progreso innegable, en el cual la sola intención de hacer Justicia con hechos ocurridos hace tres décadas implica un triunfo. Porque refleja la vigencia de una escala de valores que no debe alterarse, en cuanto reconoce la vida y las libertades individuales como bienes esenciales, a partir de una memoria activa que lleva no sólo a defender sino a ejercer lo que se proclama.
No obstante, es imposible considerar que la etapa que tuvo como protagonista a Massera es un capítulo superado, y ésta no es una señal positiva. Que treinta años después se observen cicatrices es lógico, pero que continúe la hemorragia es preocupante.
Cabe aquí una modesta reflexión final: no puede superarse un episodio de semejante naturaleza cuando no hubo Justicia efectiva. Este señor recibió una condena a cadena perpetua, y estuvo en prisión apenas cinco años, cuando los delitos que cometió fueron terribles, y muchas de sus víctimas los siguen sufriendo.
Este señor, que dirigió un centro de detención clandestina donde, entre otros horrores, se torturaron mujeres embarazadas, jamás tuvo una muestra de arrepentimiento. Y tan convencido estaba de haber hecho bien su tarea que hasta tuvo el tupé de postularse después como candidato a Presidente de la Nación, por un partido que se llamaba, y parece una burla, “Democracia Social”.
Ahora está muerto y lo juzgará Dios. Pero queda aquí la sensación de que se fue impunemente, y es la clase de sentimientos que dificultan la construcción de una paz sólida, al menos lo suficiente como para dejar el pasado donde debería estar.

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