Editorial

Nada para festejar

lunes, 2 de mayo de 2011 00:00
lunes, 2 de mayo de 2011 00:00

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció en la madrugada de ayer que soldados de su país habían asesinado a Osama Bin Laden, noticia que se presentó acompañada de términos como “justicia” y “victoria”, con la arenga a coro de la prensa internacional, que saludó la emotiva supremacía de los ideales de libertad norteamericanos por sobre el terrorismo fundamentalista.
Obama se presentó ante las cámaras para contarle al mundo que por fin se había asesinado a quien identificó como responsable de la muerte de hombres y mujeres, y culpable de que tantos niños norteamericanos crecieran sin sus padres.
Se trata en verdad de un mensaje tan cínico como siniestro, porque ningún crimen puede celebrarse ni ser interpretado como un acto de justicia. Institucionalizar la venganza, y ejecutar una pena sin mediar ninguna clase de juicio es un concepto de libertad bastante extraño.
Discurso que por otra parte omite mencionar que durante los últimos diez años, con el pretexto de perseguir a Bin Laden, Estados Unidos bombardeó ciudades y asesinó a miles y miles de personas.
Es desde ya un horror lo que ocurrió en las Torres Gemelas, pero los niños afganos e iraquíes muertos o mutilados que también crecerán sin padres, si no los matan antes, son tan humanos como los estadounidenses.
Y es por sobre todo un acto de cinismo que Estados Unidos personifique a Bin Laden como la encarnación del mal, cuando el propio gobierno norteamericano lo alimentó y proveyó de armas para que combatiera a los soviéticos, con los mismos métodos que ahora condena.
El error esencial es que Estados Unidos quiere que el mundo entero aplauda o repudie las matanzas de inocentes según convengan o no a sus intereses. Y quien lo haga avalará la idea de que la vida de algunas personas tiene valor y la de otras no.
Quienes crean que es tan grave asesinar a un estadounidense como a un iraquí, no podrán distinguir quiénes son los buenos y quiénes los malos con tanta facilidad como se sugiere.
Lo que queda claro es que diez años de bombardear pueblos para atrapar a un supuesto terrorista no puede ser considerado una victoria, que los miles de muertos inocentes impiden hablar de justicia, y que, ciertamente, no hay nada que festejar... aunque la maquinaria de la propaganda made in USA diga lo contrario.

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