Cambio climático, cultura y educación

viernes, 17 de enero de 2014 00:00
viernes, 17 de enero de 2014 00:00

Por Víctor Leopoldo “Tico” Martínez

Recuerdo que en 1984, estrenando democracia de la mano del doctor Alfonsín, recuperé los deseos de luchar por una sociedad mejor y, al menos, más justa.
Ese año, un matutino de la Capital Federal publicó un artículo con las conclusiones a las que habían llegado tres científicos europeos (dos franceses y un alemán) sobre el futuro del planeta si continuaba el ritmo de desarrollo industrial contaminante en los países centrales.
Era docente y discutí el tema con mis alumnos del secundario.
Las conclusiones de aquel informe eran contundentes: “Si a partir de ese año se planificaba criteriosamente ese desarrollo industrial, haciendo hincapié en un mejor manejo de afluentes contaminantes y una paulatina reducción de las emanaciones, tanto de dióxido de carbono (CO2) como de clorofluorcarbonados y compuestos hidrogenados usados en muchos fertilizantes (el primero asociado al efecto invernadero y los otros dos a su facilidad de combinación con el ozono O3), sólo se lograría retardar 50 años el cambio climático y, en vez de que su comienzo se diera en 2050, comenzaría en 2100”.
Las predicciones, por ser científicas, parecían apocalípticas y atentatorias para ciertos intereses. Por eso se las ignoró, contraponiendo “otras opiniones científicas” de personajes subvencionados por corporaciones multinacionales cuya “seriedad” sólo estaba avalada por operaciones mediáticas de multimedios con intereses asociados a los negocios industriales. Eran tiempos en que los medios se iban concentrando en pocas manos. Ya eran una industria más.
Sin embargo, la duda quedó flotando y Naciones Unidas metió mano con el lanzamiento de la cumbre planetaria sobre “cambio climático” ECO-RÍO 92 (Brasil). Un despilfarro inútil de cientos, quizá miles de millones de dólares en la organización del evento para reunir a 114 presidentes del mundo, con una agenda de temas clave para el futuro del planeta, pero con un documento final que terminó siendo apenas una expresión de deseos y con EE.UU. negándose a firmar el tratado de disminución paulatina de emanaciones gaseosas contaminantes.
Nada de lo acordado se cumplió, más allá de las operatorias que tanto EE.UU. como la Unión Europea comenzaron a realizar en materia de legislación ambiental internacional, so pretexto de apuntar a un “desarrollo sustentable” con el fin de a) condicionar, b) no perder el control comercial internacional y c) evitar, de ese modo, el potencial desarrollo en áreas y regiones del planeta con vastos y generosos recursos naturales, en algunos casos inexplotados, que bien podrían haber generado desarrollo industrial manufacturero propio en ciertas naciones del Tercer Mundo, para el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes, pero “descontrolado” (esto es sin el control de ellos).

El bienvenido, pero tardío cambio

Ciertos ambientalistas, entre los cuales me incluyo, venimos sosteniendo desde hace largos treinta años que el mayor enemigo que tienen los recursos naturales en cualquier parte del mundo es la pobreza. Si un ser humano no tiene sus necesidades básicas (alimentación y saneamiento básico -cloacas y agua-), no se le puede pedir conductas ambientales y cuidado de la naturaleza; menos aún cuando él ve el maltrato que le dan a esa misma naturaleza otros codiciosos seres en su afán de lucro. Esta miserable y desigual política social, en materia ambiental, fue visualizada –a Dios gracias- por ciertos líderes del Cono Sur.
Si focalizo el análisis en nuestra región –Latinoamérica-, sólo basta recordar que el bienvenido cambio se inició con Hugo Chávez, allá por el 99. A partir de 2001, le siguieron Lula, Néstor Kirchner, Evo Morales, Correa y hasta, en algún momento, Lugo, como hoy lo hace el “Pepe” Mujica. Todos, a su manera y dentro de sus posibilidades, comenzaron a contribuir al ideario de construir la Gran Nación Latinoamericana, soñada por San Martín, Bolívar y nuestro Felipe Varela, teniendo como eje el mejoramiento de la calidad de vida de los desclasados y desprotegidos. Justicia Social regional, que le dicen.

Neoliberalismo y
“revolear de chancletas”

Todos estos gobiernos, llamados peyorativamente “populistas” por ejecutar políticas “distribucionistas” de las riquezas nacionales (hasta comenzado el presente siglo, gracias al neoliberalismo, estaban concentradas en manos terratenientes), hoy por hoy y, según mi modesta opinión, se encuentran en la misma encrucijada. La de igualar para arriba, aunque sea mínimamente, a los postergados de cada país en términos de calidad de vida, sin lograr hasta hoy que los de arriba renuncien a la ostentación, el despilfarro y la codicia.
Por ello, el futuro ambiental es incierto y sin retorno.
Con falta de sentido común, la regla que utilizan –muy difundida a través de los medios como paradigma final- parece ser “a revolear la chancleta que se acaba el mundo”.
Aquel anuncio apocalíptico señalado al comienzo de estas reflexiones está siendo realidad en todo el planeta y nosotros, en este lugar recóndito, ya lo estamos sintiendo.
Ahora bien, ¿por qué refiero un camino sin retorno? Porque toda política de cambio debe asentarse en la educación, para así cambiar los paradigmas culturales que orienten a la comunidad hacia el cambio deseado; con mayor razón cuando se trata de cuestiones ambientales.
Lo paradójico se encuentra en la cuestión ideológica de los neoliberales (los argentinos, específicamente) cuando, con sus críticas hacia los gobiernos “populistas”, hacen hincapié en el abuso de impuestos que supuestamente se aplican a los ricos y que ellos entienden como “igualar para abajo” (algo así como hacer a todos más pobres). Lo presentan como atentatorio de las libertades individuales y malo como política de desarrollo. Fueron muletillas utilizadas hasta el hartazgo por Bernardo Neustad y, hoy, por un decadente Mariano Grondona, con alter ego como Morales Sola, Bonelli, Lanata, Blanck y otros más.
Es evidente que este tipo de discurso no hace otra cosa que transformar el afán de “consumo”, que si bien motoriza la generación de fuentes de trabajo y dinamiza las economías regionales cuando es manejado por esos gobiernos “populistas”, no es menos cierto que en situaciones como la que está atravesando el planeta debería actuar como eslabón importante en la cadena energética, pero usado racionalmente. Lamentablemente, se está transformando en un desmesurado consumismo que inevitablemente hará sucumbir a la humanidad.

Un “botón de muestra”

Las pruebas están a la vista. Con sólo tomar como ejemplo el problema energético que recurrentemente aparece, verano tras verano o invierno tras invierno, alcanza como muestra del despropósito de los empresarios del ramo en materia de inversiones previsoras. Ellos sólo dan rienda suelta únicamente a su codicia en cuanto significa demandar aumentos de tarifas para seguir brindando el mismo servicio, pésimo, que año a año nos entregan. Sin embargo, se celebra el incremento de aires acondicionados, que todos quieren tener por los calores que hacen estragos en la población en general y que los de abajo no se los quieren perder por sentirse con derecho; mientras los de arriba protestan por los cortes de luz y porque cualquier “negro de mierda” tiene un acondicionador, y ellos deben desprenderse de unos morlacos que, bien podrían servirle para derrochar en el extranjero, antes que verse obligados a comprar un grupo electrógeno que haga andar su parafernalia de aparatos de bienestar. Y los proveedores de clorofluorcarbonados hacen su negocio, como lo propone el gobernador Macri cuando le ofrece a los porteños que vivan casi como “en un Primer Mundo” que hoy se cae a pedazos y que él siempre usa como modelo, mientras abandona a sus votantes y electores en plena crisis. Le importan las vacaciones y que Dios los ayude.

¿Hacia dónde vamos?

Lo concreto es que desde aquella nota aparecida en 1984 y pasada las dos cumbres, “Eco 92” en Río de Janeiro y “A diez años de la Eco”, realizada en Sudáfrica en 2002, las emanaciones de gases no disminuyeron, sino se incrementaron. El consumo se distorsionó hacia el consumismo por el consumismo mismo. Los ricos de los países ricos (y de los países pobres también) siguen despilfarrando como si nada estuviera ocurriendo en el planeta. Los pobres haciendo lo que pueden para sobrevivir, sin perder las esperanzas de vivir alguna vez como lo hacen los ricos, como si fuera algo bueno comunitariamente.
Es que no hay modelo alternativo generado desde la educación con un nuevo paradigma que priorice la vida del planeta (nuestra única casa) y la vida de todos los seres vivientes que hay en él por encima de los siete pecados CAPITALES.
A este ritmo dañino de vida que sigue llevando el grueso de la humanidad, y al que lamentablemente también aspiran los 2000 millones de sumergidos en la pobreza hoy existentes por falta de educación, seguramente tendremos aquel anuncio en toda su magnitud a la vuelta de 2020. Y nadie “para la bocha”, porque no es políticamente correcto. Entonces ¿cuál es la verdadera política con conciencia humanitaria y planetaria?
Sólo Dios lo sabe. Nosotros seguimos en la estupidez.


 

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