El que se fue

lunes, 10 de febrero de 2014 00:00
lunes, 10 de febrero de 2014 00:00

Hace un año renunciaba el ahora Papa Emérito Benedicto XVI. En esos momentos, en las redacciones se buscaba chequear bien la información porque no parecía que fuera cierta. Nada, hasta el momento de conocerse la noticia, preanunciaba que sucedería. Seguramente en la Curia Romana y otros ámbitos de la Iglesia Católica no fue sorpresa, pero en general sí lo fue.
El papa alemán debió afrontar, desde el principio, una actitud crítica, incluso muy hostil dentro de la misma Iglesia y por parte de un alto porcentaje de medios de comunicación. Sus largos años al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como guardián del credo y vigilante de la disciplina, le formatearon una imagen de severidad, lo que, sumado a su personalidad poco expresiva, lo convirtió en el rottweiler del Vaticano. El anuncio de su renuncia dio lugar a las más variadas especulaciones pero, con el paso de los días, de alguna forma se fueron comprendiendo sus motivos y la atención se fue centrando en la realización del Cónclave que elegiría al nuevo sucesor de Pedro.
Entonces, la gran mayoría de los argentinos no imaginábamos que la renuncia de Benedicto XI era el prólogo del gran acontecimiento que fue el nombramiento de un connacional como Vicario de Cristo.
La perspectiva del tiempo y los acontecimientos dejan en claro que la dimisión Benedicto XVI y la posterior llegada al Pontificado de Jorge Mario Bergoglio, el primer papa latinoamericano llegado de los confines de la tierra con su empuje restaurador, son parte de un mismo proceso, una mezcla de ruptura y continuidad en la que no es fácil distinguir dónde termina una y comienza la otra.
Hoy la prensa en general elogia al papa Francisco y los católicos viven una remozada pertenencia a la Iglesia. Mientras tanto, Joseph Aloisius Ratzinger cumple lo prometido hace un año: no interfiere y ora por el rebaño de Cristo.

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