Editorial

Leloir

domingo, 02 de diciembre de 2018 00:00
domingo, 02 de diciembre de 2018 00:00

Brillante, admirable, noble, patriota, todo eso fue don Luis Federico Leloir, un hombre que sin dudas alimentó con su obra innumerables motivos para sentir orgullo nacional. Bien vale hacer un alto en la lectura de la coyuntura para deternerse a recordarlo, aunque sea brevemente, en un nuevo aniversario de su fallecimiento.
Leloir nació en Francia, pero era argentino de pura cepa. Sobre el final del embarazo, su madre viajó a Europa con la esperanza de que los médicos del Viejo Mundo pudieran salvar a su marido, gravemente enfermo. 
El padre de Leloir murió allá, unos días antes del nacimiento del futuro genio, que ni siquiera lo conoció.
 La mujer regresó al país con un Leloir bebé, que a los cuatro años ya leía y escribía. Aprendió solo, mirando los diarios.
La anécdota toma otra dimensión cuando se repasa la impresionante trayectoria académica y profesional del médico, bioquímico y farmacéutico, que recibió el Premio Nobel de Química en 1970 por sus investigaciones sobre los nucleótidos de azúcar, y el rol que cumplen en la fabricación de los hidratos de carbono. Su hallazgo sirvió para entender la enfermedad congénita galactosemia.
Ya que resulta imposible narrar su labor en tan pocas líneas, mencionaremos dos gestos que lo describen: Leloir dejó el cargo de investigador que tenía en la Universidad de Buenos Aires, en solidaridad con Bernardo Houssay, quien había sido expulsado de la Facultad de Medicina por firmar una carta pública en oposición al régimen nazi de Alemania, en tiempos en que Pedro Pablo Ramírez era presidente de facto de Argentina.
Y una última: a fines de los años 50 Leloir fue tentado por la Fundación Rockefeller y por el Massachusetts General Hospital para emigrar a los Estados Unidos, pero prefirió quedarse y continuar trabajando en Argentina. 
El trabajo de Leloir era tan bueno que, pese a ello, los Rockefeller y el Instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos decidieron subsidiar sus investigaciones.
Mundialmente reconocido, murió trabajando, un triste día de 1987. La ciencia le debe muchísimo, y su legado es inspirador para generaciones de estudiantes argentinos.

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