33 de mano

Escribe: Kelo Molas.

En poco más de tres semanas, esta frase cumplirá 51 años de vida: “Deber impostergable para un gobierno empeñado en la recuperación de la antigua prestancia provinciana en el concierto nacional, era traer a la Capital de la provincia los productos del quehacer artesanal de las teleras de Belén, Santa María y Piedra Blanca; de los talabarteros y curtidores de La Paz y de Ancasti; de las reposteras de Andalgalá y, en fin, de los ceramistas, plateros y cesteros de los diferentes rincones de Catamarca. Aquí están hoy para recibir nuestra contemplación atenta y nuestra admiración. A buen seguro que algunas de estas habilidades no serán solamente una novedad para los compatriotas que nos visitan, sino para los propios catamarqueños que participamos de esta fiesta. Cada uno de los objetos que aquí se exponen han sido fabricados con amor, con sudor y con destreza; detrás de cada cosa hay individualidades que les han previsto su aliento vital, esa pequeña chispa divina  que Dios transmitió al hombre cuando lo formó con el polvo del suelo”. Parte del discurso pronunciado el 5 de julio de 1967 por el profesor Armando Raúl Bazán en el acto inaugural de la primera Fiesta Nacional del Poncho, cuando caía la tarde en lo que se conoce como Manzana de Turismo, en su calidad de subsecretario de Economía y Asuntos Rurales. Anticipo, a su vez, de la entrega en esta misma columna –en la próxima semana- de la cartelera más atractiva y trascendente, la que no admite discusión alguna y brilla con luz propia: la de los principales y auténticos artesanos catamarqueños que formarán parte del Poncho número 48, a iniciarse el 13 de julio venidero. A esos bien llamados “seres creadores” que durante medio siglo fueron, son y serán los verdaderos artistas de la fiesta. Los que en cada edición bajan al encuentro de las vacaciones de invierno con sus tradicionales instrumentos para llenarnos los ojos y alegrarnos el espíritu con sus maravillosas interpretaciones: tejidos, ponchos, alfombras, tapices, trabajos en cestería, la talla que cobra vida en las maderas, las obras en cuero, metales y la rodocrosita. Ni hablar de los dulces, confituras, vinos, licores y aguardientes, hechos de los frutos benditos de nuestra generosa tierra. La gente, en definitiva, que ofrece el mejor espectáculo de cada Poncho: los genuinos artesanos nuestros.

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Como hace más de 40 años -42 y medio para ser más puntuales- nos aprestamos a recibir y disfrutar de una nueva edición de la Fiesta Nacional del Poncho. Y lo hacemos con las mismas armas de todos años: la inalterable convicción de apoyar al festival, sea cual fuere el gobierno de turno encargado de su organización, y de considerar al Poncho a una de las herramientas más grandes que tiene Catamarca para poner en la vitrina grande y nos admire el país y el mundo. Más allá de todos los dimes y diretes de todas las ediciones. Porque tenemos un patrimonio artesanal extraordinario. Y si a ello le sumamos la alegría de la música: la fiesta está servida. Porque el Poncho es más grande que todos y cada uno de los artistas. Que todos los medios de comunicación juntos (léase radio, diario, televisión o redes sociales) y sus mejores periodistas y/o locutores. Que todas las organizaciones según pasen los años. Porque  su monumental grandeza le alcanza y le sobra para resistir y sobrevivir a las ausencias de  Juan Alfonso Carrizo, Juan Ramón Ponce, Manuel y Carlos Acosta Villafañe, Samuel Lafone Quevedo, Joselín Cerda Rodríguez, Blanca Narváez Acuña, Los Arrieros de Valle Viejo, Margarita Palacios, Atuto Mercau Soria, Polo Giménez, de Juan Carlos Lugones y su Flor de Tusca, de las voces entrañables de Anita Martinena, Luis Oscar Aisa, Roberto Ibáñez y Ramiro Espoz Saavedra. De la capacidad creadora del recordado profesor Federico Raúl Argerich. De Naco Rueda, Carlitos Martínez, Julito Quiroga, Néstor Zurita, Arnaldo “Pipo” Ávila, Jorge “Negro” Herrera, Marcos Ibáñez, José “Pito” Tapia, Jacinto Soria, Paquito Carrizo, Milciades Carrizo, Carlitos Brizuela y Dardo Chanampa. De los decires de Ricardo “Lulo” Nieto y Humberto “Pito” Leiva Navarro. ¡Y tantos otros nombres ilustres a cuyas ausencias supo sobreponerse el Poncho! Las disculpas del caso por algún olvido, especialmente de referentes del interior provincial. Prometemos volver a ocuparnos del tema. Simplemente queríamos dejar establecido la grandiosidad y la generosidad del Poncho nuestro de cada julio. Como en años anteriores supimos agradecer la colaboración de Jorge Palacios, hoy agradecemos el apreciado regalo de Mario Carrasco para el Día del Periodista: El Álbum de Oro de la Primera Fiesta Nacional del Poncho. Mario es hijo de Julián Carrasco, que durante el nacimiento del Poncho en 1967 se desempeñaba como jefe de Relaciones Públicas de la Dirección Provincial de Turismo, cuyo director era el profesor Argerich.
 

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