Desde la bancada periodística

La “batalla del siglo” está llegando al final

sábado, 19 de octubre de 2019 00:56
sábado, 19 de octubre de 2019 00:56

El motivo que dio origen a lo que llaman “grieta” tiene que ver con los escándalos de principios de siglo que hicieron volar por los aires a la Argentina y alumbraron la consigna incumplida: “que se vayan todos”.

Fue entonces, en medio de llamas, corridas y escenas de muerte, cuando comenzó la sórdida batalla que tendrá su punto final el 27 de octubre. Ese domingo, por la noche, habrá que escribir el epitafio de uno de los dos constructores de la “grieta”. Será el final, por lo menos en una nueva etapa, para el kirchnerismo o el antikirchnerismo, simbolizado concretamente por la alianza que encabezó estos años el ingeniero Mauricio Macri.

El último capítulo de la batalla que divide casi en mitades a los argentinos –de allí la polarización- comienza este sábado, cuando ninguna fracción o medio de comunicación estará autorizada a difundir encuestas de opinión pública, sopena de cometer un delito electoral.

Mañana, en el seguidismo del almanaque, tendrá lugar el último debate entre los presidenciales, quedando para miércoles o jueves los cierres de campaña, paso previo a la veda que comienza a las 8 de la mañana del día viernes.

 

“Tómala vos, dámela a mi”

Posiblemente nadie imaginó que, detrás del caos de 2001, se iba a iniciar otro caos –igual o peor- para volver al punto de partida. O sea tirar por la borda casi veinte años, con todo lo que ello significa en mediciones de atraso.

Dejada de lado la preparación previa (de la grieta), el estofado se fue cocinando a fuego lento, a gusto del paladar de los personajes que fueron apareciendo en escena.
Al primero que hay que nombrar es a Néstor Kirchner que, desde el amor o desde el odio, plantó banderas que para algunos fueron revolucionarias. Para otros revulsivas.

Este hombre, venido desde las heladas praderas del sur, revolvió las heridas de los años 70 y reivindicó épicas como la distribución del ingreso y, en detrimento de lo que llaman el establishment, el derecho de los que menos tienen. También descargó sus furias contra el neoliberalismo e hizo blanco en la figura de un expresidente, Carlos Menem. 
El apellido Macri, uno de los máximos exponentes de la Patria financiera desde los tiempos de la dictadura, igualmente estuvo en su agenda. Hasta llegó a hacer, Néstor, una curiosa aclaración para señalar al bisoño de aquella familia de inmigrantes. “No se olviden que Mauricio es Macri”, dijo un día por televisión y, directamente, le apuntó al heredero del clan. 

Con aquella definición comenzó a construir el enemigo que buscaba para revalidar su liderazgo. Las vueltas de la política le iban a terminar dando un tremendo cachetazo, no a él, sino a su compañera de toda la vida: Cristina Fernández.
La presidente de dos períodos que, en extraño giro, va hoy por la vicepresidencia, siguió modelando “al rival que le convenía”, el que venía creciendo en edad como en estrategias para destruir a la maligna que le imaginaba destinos sin grandeza e influencia.

En medio de odios, especulaciones y grietas que se ensanchaban, la taba dibujó cabriolas en el aire y cayó del lado que modificó totalmente la partida. La reina quedó al desnudo y el lazarillo, hasta para su propia sorpresa, se trepó al poder.
El Mauricio que, efectivamente, era Macri, subió gallardo al cuadrilátero desde donde lo quisieron convertir en sparring. Y desde allí planificó destruir a quienes osaron hacer lo mismo con él.

En lugar de llamar a la concordia y a la paz de todos los argentinos para el período de la restauración de las instituciones, hizo uso de ellas para convertir a su enemiga en una herramienta electoral que funcionara a favor suyo.
Cristina Kirchner debía ser su rival en 2019 y debía llegar a esa instancia virtualmente destrozada. Esto es, atormentada por causas judiciales, temerosa de caer presa e incapacitada de conducir un movimiento de masas como el peronismo.

 

Como la “carabina de Ambrosio”

Ambrosio es un personaje de leyenda que, en los campos andaluces del siglo XIX, asaltaba a los viajeros con una carabina que no tenía balas de verdad. Y como lo descubrieron, no lograba sus objetivos y, con el tiempo, no trasmitía temores ni cosas parecidas.

A Macri, valga la analogía, las cosas le salieron como al “Ambrosio”. Y no fue precisamente porque le fallara la carabina. Le falló la persona a la que pretendía asaltar y, políticamente, despojar y ultimar.
Sobre la hora, ya en el terreno de los hechos, la Cristina que moldeó a fuerza de imputaciones, pedidos de desafuero y otras yerbas legales, se le escabulló de sus manos y alcances.

A días del cierre de las listas, “la elegida” corrió el arco e inventó un candidato inesperado que, para colmos, tenía la fórmula para unir al peronismo, una misión casi imposible para Cristina, a pesar de su elevada intención de votos, posiblemente la mayor de la Argentina, pero no la suficiente como ganar en la encerrona que le prepararon durante casi cuatro años.

El duelo Mauricio-Cristina, en los efluvios de diciembre de 2015, fue programado para 2019. No podrá ser. Como a los Kirchner les falló la estigmatización del apellido Macri, al hijo de Franco le falló su deseo de contar con Cristina como partenaire. Deberá medirse con un Alberto Fernández que, aparte de haber tomado una ventaja superior a los 4.000.000 de votos en la PASO, llega sin el desgaste del poder, con un discurso tan intenso como el que levantaba Alfonsín en los albores de 1983 y que, guste o disguste, es la gran esperanza de quebrar la grieta, tal como lo ha prometido.
Así las cosas, a 8 días de la fecha clave, hay algo seguro. La derrota del kirchnerismo, corporizado en el Frente de Todos, definitivamente, será su final. 

Aunque haya amagues de volver a empezar, si muerde el polvo del fracaso, los días felices de Macri habrán terminado en el terreno de la política. Y de la peor manera. 

No hay vueltas que dar. La “batalla del siglo” está pronta a librarse. La viviremos desde Catamarca, donde tampoco el resultado pasará desapercibido. La alianza opositora enfrentará su hora más difícil, como que pondrá en juego prestigios, jefaturas y todas las consecuencias que emanan de una caída electoral. También la grieta “a la catamarqueña”, que tiene vigencia desde hace décadas.

 

El Esquiú
 

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