Editorial

Frida

sábado, 06 de julio de 2019 00:15
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Mucho antes de que se hablara del empoderamiento de las mujeres, hubo una dama que se impuso y conquistó el mundo, sin más armas que un talento descomunal.


Fue Frida Kahlo, mexicana nacida un día como hoy, en el lejano 1097.
Frida creó una pintura absolutamente personal, ingenua y profundamente metafórica al mismo tiempo, derivada de su exaltada sensibilidad y de varios acontecimientos que marcaron su vida.


A los dieciocho años sufrió un gravísimo accidente que la obligó a una larga convalecencia, durante la cual aprendió a pintar, y que influyó con toda probabilidad en la formación del complejo mundo psicológico que se refleja en sus obras. En 1929 contrajo matrimonio con el muralista Diego Rivera; tres años después sufrió un aborto que afectó en lo más hondo su delicada sensibilidad y le inspiró dos de sus obras más valoradas: Henry Ford Hospital y Frida y el aborto, cuya compleja simbología se conoce por las explicaciones de la propia pintora.


Aunque la llamaron surrealista espontánea, Frida nunca se sintió cerca del surrealismo, y al final de sus días rechazó abiertamente que su creación artística fuera encuadrada en esa tendencia.


En su búsqueda de las raíces estéticas de México, rasgo que compartió con Diego Rivera y los grandes muralistas (David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco), Frida Kahlo realizó espléndidos retratos de niños y obras inspiradas en la iconografía mexicana anterior a la conquista, pero son las telas que se centran en ella misma y en su azarosa vida las que la han convertido en una figura destacada del siglo XX.


Frida Kahlo reflejaría de forma soberbia la colisión entre su ansia de felicidad y la insistente amenaza de su destrucción. Hizo el mundo más bello, y sólo por eso vale recordarla.

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