El Scecretario

lunes, 08 de julio de 2019 00:23
lunes, 08 de julio de 2019 00:23

En este caso no vamos referir ninguna campaña sucia, pero sí algo que se inscribe dentro de los cánones de la política de los tiempos modernos. En los últimos días, sobre las paredes capitalinas, aparecieron algunas pintadas que destapan una eventual sociedad entre el actual intendente y precandidato a gobernador, Raúl Jalil, y el senador nacional Oscar Castillo. Sin dudas, se trata de una estrategia orientada a confundir o a sentar antecedentes sobre lo que puede ocurrir en el futuro, lo cual puede ser bueno o malo. Si funcionara hacia contubernios espurios, obviamente, sería repudiable. Por el contrario, si sirviera para establecer políticas de Estado a favor de la ciudadanía y aniquilar la grieta catamarqueña –aquella que dividió a la sociedad en los años 90-, merecería aplausos.


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En las nuevas pintadas olfateamos mala intención. Hay un sector del peronismo que está molesto con el gobierno y Jalil, mientras que los resentimientos radicales por la fractura partidaria siguen latentes. Ambos actúan desde las penumbras y, a su manera, pasan facturas anónimas. La posibilidad de una fusión Jalil-Castillo, que hasta podría extenderse a otros factores de poder, nació porque en algún momento el aparato castillista no disimuló su preferencia: más que un Gómez, Manzi o un devaluado Brizuela, prefería a un peronista moderado como Jalil de postulante propio. Con la afirmación, no descubrimos nada. Se sabe desde hace tiempo en el círculo X.


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En lo que respecta a Jalil específicamente, aunque hayan existido murmullos, su compromiso con el peronismo es fuerte como para pensar en componendas que no tengan que ver con la gobernabilidad. Aparte, tiene un sólido acuerdo con la gobernadora Corpacci, con quien consiguió el entendimiento para ser gobernador si el pueblo resuelve respaldarlo. Y para ejemplo basta un botón: en la semana que pasó se pronunció a favor de la reforma de la Constitución, dentro de la cual está convencido que se deben establecer sólo dos períodos consecutivos para todos los cargos. Castillo, lo aclaramos, no es precisamente reformista. Hasta supo burlarse del proyecto.
 

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