Desde la bancada periodística

China y Estados Unidos en una guerra comercial que mira el mundo entero

sábado, 10 de agosto de 2019 · 00:00

El mundo asiste a no pocos conflictos. Algunos, como el que se vive en el estrecho de Ormuz, son efecto de una cadena de disputas añeja. 

Otros, como el que aparece en el Mar de la China, son propios de la emergencia del gigante asiático y su juego de expansión creciente. Hay algunos que son más localizados, como los de Yemen o Afganistán, que son -sin embargo- un ruido para el resto del mundo. 
Mientras ciertos otros, como el que pervive en Siria, suma años de tensión y aliados importantes afectados.

Pero hay otros conflictos, como el Brexit, que son ya controversias más nuevas, propias de un mundo que sacude el statu quo (la Unión Europea ya representa para el gobierno británico un límite más que un espacio, y es vista como una restricción para una autonomía interna -en materia de migraciones- y otra para la externa -en búsqueda de nuevos aliados comerciales-). 

Quizá el Brexit muestre que la nueva red de alianzas en el mundo ya no se basará en la geografía (vecindad) sino en identidades culturales (idiomas, bases en los regímenes legales, usos y costumbres-) y veamos pronto al Reino Unido más cerca de Canadá, la India y EEUU, así como vemos al Mercosur más cerca de la Unión Europea y a China expandirse en Asia con la Nueva Ruta de la Seda.
En este conjunto de conflictos más nuevos aparece la creciente tensión entre Estados Unidos y China (es nuevo, no porque no hayan habido diferencias anteriores ente ambos, sino porque el grado y la calidad de la fricción que se ve hoy no tiene parangón).

Pero lo que ocurre entre Estados unidos y China no es un problema por el resultado comercial bilateral (en el primer semestre de 2019 EE.UU. exportó a China 52.000 millones de dólares pero importó desde China 220.000 millones, produciéndose así un déficit en la balanza bilateral para los EE.UU. de casi 170.000 millones de dólares) sino que aparece con bases mucho más profundas.
Se trata de un choque de sistemas: los Estados unidos son una democracia política, con un capitalismo de mercado (autonomismo empresarial) y un régimen político institucional de constitucionalismo de poder limitado y pro-derechos de propiedad.

China es una autocracia política, con un sistema de capitalismo tutelado, un sistema político de autoridad concentrada en una nomenclatura en el vértice del poder y con una vigencia de los derechos subjetivos creciente pero aún sometida a los intereses políticos.
El mundo consintió en China ciertas diferencias con el modelo de democracia constitucional de mercado occidental mientras se la invitaba a sumarse a la comunidad de negocios global. 

Pero China ha crecido mucho ya y tiene el segundo PBI del planeta (15% el producto global -mientras EEUU suma el 24,5%-). Alguna vez los europeos y también los latinoamericanos se quejaron de la “competencia desleal” china, queja que ahora han dejado en manos de la Casa Blanca.
Pero de las 15 mayores economías del mundo (que generan 70% del PBI global) solo 2 (China y Rusia) son objetadas en sus regímenes político/económicos (Rusia por ser una democracia de calidad débil y China por ser la única no democrática en este lote).
Detrás de estas diferencias no hay solo un modo de elegir autoridades, sino que aparecen la autonomía para celebrar contratos (base de la economía de mercado) y los modelos a través de los cuales se administran las inversiones de empresas multinacionales (1/3 de la inversión en el planeta es de origen extranjero). 

De las 500 empresas más grandes del mundo, en cada uno de los dos -EE.UU. y China- han nacido algo más de 120; y esas empresas son actores relevantes de la importancia estratégica de las economías de ambos países. 
Pero -a la vez- debe decirse que, pensando en la modernidad más aguda y en el principal foco de este conflicto actual, 12 de las 20 principales tecnológicas mundiales son estadounidenses y 9 son chinas, y -más aun- entre las 10 mayores tecnológicas los estadounidenses lideran 7 a 3.

Por eso, las diferencias entre ambos se refieren a la crítica de EEUU a China por los subsidios (que considera distorsivos), por la debilidad en la protección de los derechos de propiedad intelectual y conocimiento productivo (que considera violados) o por la manipulación de variables (que afirma que conceden ventajas irregulares); y la crítica de China a EEUU por desconocer su autonomía política y jurídica, su cultura (no occidental, en la que las prácticas prevalecen sobre los contratos, la política a los derechos individuales y el afán de liderazgo nacional es muy importante).
Esta disputa, por ende, no es una discusión por dólares comerciales. Es una diferencia entre dos sistemas. 
Hay en juego valores, sistemas económicos, modelos jurídicos y -por supuesto- especialmente intereses (este es un mundo bipolarizado en el que ambos quieren liderar).

Es cierto que la personalidad de Donald J. Trump le ha agregado un condimento especial a la situación, pero hay numerosos centros de pensamiento, círculos políticos y espacios de análisis estratégico que en EE.UU. plantean la pertinencia del enfrentamiento.
Esta fricción tiene otras cualidades novedosas: muestra que se han licuado las relevancias de organismos multilaterales (OMC, Banco Mundial y sus tribunales, FMI y hasta la ONU y la OTAN) que no acuden a arbitrar; exhibe que el mundo ingresó en una etapa de no cooperación y de competencia (no se trata de proteccionismo sino de competivísimo); y evidencia que un vector de enorme relevancia en las disputas globales de hoy es el triángulo tecnología-economía-empresas.

Este conflicto podrá en el futuro tener agravamientos y atenuaciones, pero no es una tensión pasajera.

En materia de comercio internacional crea un clima global distinto y complejo (las guerras comerciales afectan los tipos de cambio, las cotizaciones de las empresas y los precios internacionales), aunque no ha impedido que la suma de las exportaciones mundiales en 2018 llegara al récord nominal de 25 billones de dólares.

Para Argentina, que ha decidido al parecer ingresar (más vale tarde que nunca) en la internacionalidad de la economía, el desafío es prepararse en diversos planos para jugar un juego con reglas distintas, jugadores más bravos, oportunidades nuevas, cambios de estrategias de muchos actores y alianzas cambiantes.

 

Una bomba lista

En medio de la nueva escalada de la guerra comercial entre Washington y Pekín, varios expertos se preguntan si China utilizará la “bomba”, una poderosa arma que tiene en su arsenal: deshacerse de una parte de los 1,1 billones de dólares en bonos del Tesoro de EE.UU. que posee, un paso que podría desencadenar un caos en los mercados globales.
En el caso de que el Gobierno chino decida hacerlo, la economía estadounidense, que depende en gran medida de la compra de sus valores por entidades soberanas, podría verse perturbada. Algunos analistas incluso comparan este potencial paso con un arma nuclear, cuyo uso conllevaría consecuencias para todas las partes.
Sin embargo, varios expertos estiman que es poco probable que el país asiático recurra a su “bomba”, ya que podría ser contraproducente para su propia economía, además de que no necesariamente alcanzaría el efecto deseado.

 

Marcelo Elizondo
Especialista en negocios internacionales

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