Editorial

Desquicio

miércoles, 14 de agosto de 2019 00:24
miércoles, 14 de agosto de 2019 00:24

Posiblemente ningún presidente argentino haya llegado tan lejos, en tiempos democráticos, como Mauricio Macri en la tarde del último lunes.


Abatido, cansado, desencajado, el jefe de Estado hizo un planteo sin precendentes, al sugerir directamente “el fin de la Argentina” si él pierde las elecciones del próximo mes de octubre.


Es difícil saber qué le ocurrió a ese maravilloso equipo de asesores de campaña que llevó a Macri hasta Casa Rosada pese a sus evidentes limitaciones. Ni siquiera el más encendido opositor, en plan de hacerle daño, podría haberle dictado a Macri una aparición tan desafortunada, palabras tan desatinadas y actitudes tan mezquinas.


Quien haya transitado algún tiempo razonable por las arenas de la política, habrá conocido la victoria y la derrota. Nadie es dueño de la verdad, nadie es invencible, nadie es infalible. Un político debe saber reaccionar con igual prudencia y humildad en el triunfo y en el tropiezo. No puede perder la compostura, porque si lo hace su carrera se apaga.


Esas responsabilidades explícitas e implícitas, se multiplican si el político ejerce también una función de liderazgo, y llegan a su máxima expresión si además es el conductor de todo un país.


Macri pudo cometer errores en su gestión. Es una obviedad que su tarea no está dando resultados, pero eso está dentro de las posibilidades de cualquier proyecto de gobierno: los planes pueden salir bien o mal.


Lo que no se puede es recriminar a la ciudadanía por su elección, hacer terrorismo con anuncios apocalípticos y tratar de conquistar a través de la generación de pánico aquello que no pudo conquistar con hechos ni palabras.


Macri ha caído a su punto más bajo. No por perder una elección: todos han perdido alguna vez. Es su reacción ante la derrota lo que se torna inaceptable. 

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