Desde la bancada periodística

Cuando la emoción es signo de decadencia

sábado, 10 de octubre de 2020 02:27

Hace algunos días volvió a combatir como profesional Sergio “Maravilla” Martínez. A sus 45 años, contra un ignoto rival de cuarto o quinto nivel, conquistó una victoria y anunció sobre el mismo ring que no se detendrá hasta reconquistar el título del mundo.


Martínez fue un gran boxeador, que se topó con el éxito y el reconocimiento público sobre el final de su carrera. Saltó a la fama en el país por una serie de entrevistas que llamaron la atención, ganó el título mundial y lo perdió rápidamente, víctima de lesiones crónicas en las rodillas que aceleraron el inexorable deterioro que acompaña el transcurrir de los años, y que resulta letal en un deporte de máximo riesgo y exigencia.


Anduvo por Catamarca “Maravilla”, y conoció las Termas de Fiambalá, con sus aguas cargadas de calor y minerales. Allí se metió con sus rodillas averiadas, sintió una mejoría milagrosa y se decidió a volver a boxear después de seis años lejos de los gimnasios. Es un regreso que emociona, que tiene cierto matiz romántico, porque todos los regresos conmueven y más cuando se trata de viejos campeones que se lanzan a la utopía de recuperar la gloria perdida.


Respeto y admiración por Martínez al margen, debe admitirse que su retorno a los rings es una pésima noticia. Y que se agrava por un detalle que trasciende la aventura personal: su reaparición posiblemente sea la única pelea de un compatriota que los argentinos hayan “registrado” este año.


Se suma un elemento casi perturbador. Detrás de Martínez, anunció su regreso a los rings el santafesino Marcos “Chino” Maidana, retirado hace más un lustro después de caer dignamente en dos batallas mundialistas ante el huidizo pero siempre invicto Floyd Mayweather, derrotas que le permitieron hacerse millonario.


Pero no se trata de un fenómeno nacional: Oscar De la Hoya anunció que volverá a combatir a sus 47 años, Evander Holyfield busca rival a sus 57 años, y el mundo aguarda con expectativa el combate anunciado para noviembre próximo entre Mike Tyson (54 años) y Roy Jones Jr. (51 años), dos apellidos ilustres de la década del ‘90, que resultan ser hoy la propuesta más atractiva que puede ofrecer el pugilismo internacional en materia de marketing, aunque juntos sumen 105 años.


La gran diferencia


La historia del boxeo está repleta de intentos de retorno y casos de longevidad. Se recordará al viejo George Foreman consagrándose campeón pesado a los 45 años, dos décadas después de haber conseguido el mismo título; al panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán peleando a los 50, y al mismo filipino Manny Pacquiao, que a los 41 sigue defendiendo su eterno título un par de veces al año. Pero emerge una diferencia notable con la actualidad.


En su momento, aquellas viejas glorias del boxeo que se negaban a retirarse o se arriesgaban a volver, eran casi rarezas, notas de color en medio de las crónicas deportivas, alejadas de los verdaderos y auténticos desafíos. Incluso el título ganado por Foreman era de segundo orden, mientras el reinado real estaba en manos de peleadores en plenitud.


Hoy Tyson-Jones es la pelea que mayor expectativa despierta en el mundo. Y es apenas una ilusión, porque prevalece la imborrable imagen del Tyson invencible con fuerza sobrehumana, pero nadie recuerda que se retiró hace más de 15 años, tras ser noqueado sin atenuantes en tres de sus últimas cuatro presentaciones.


Esa decadencia también se percibe a nivel nacional. Argentina, un país que tuvo 45 campeones mundiales, hoy carece de figuras conocidas fuera del ambiente. Hay apenas un muchacho, llamado Jeremías Ponce, que ostenta el título mundial de una organización menor, a tal punto que ni siquiera la Federación Argentina de Boxeo lo reconoce como campeón.


Lejos, muy lejos, quedaron los combates de Monzón, Galíndez o Locche que paralizaban al país, o más cerca en el tiempo, la pasión por las peleas de los Palma, Laciar, Coggi o Castro, cuyas carreras eran seguidas con atención por millones de compatriotas.


La misma suerte corre Catamarca, que tras la hazaña de Oscar “Cachín” Díaz en los ‘60 recuperó la gloria con Luis Soto, y luego hilvanó una camada de campeones con Hugo Soto, Miguel Arévalo, Sergio Arréguez y tantos otros, hasta llegar a este presente casi vacío.

Recuperar el boxeo


Recuperar el boxeo debería ser un objetivo a plantearse. Porque -a diferencia de muchas otras disciplinas deportivas- el boxeo cumple un rol social casi insustituible.


Es el deporte que históricamente practicaron quienes no tienen nada. Sin uniformes, sin equipamiento costoso, sin aparatos estrafalarios. El boxeo sólo exige voluntad de aprender, un buen maestro, y disciplina para crecer.


Argentina es cuna de grandes boxeadores desde tiempos remotos. Alcanzará con recordar que, a lo largo de toda la historia, nuestro país conquistó sólo 74 medallas olímpicas, contando todas las disciplinas: 24 fueron ganadas por boxeadores… ¡una de cada tres!


Se dirá que el boxeo es violento y peligroso. Lo es. Pero los riesgos se reducen cuando se practica bajo la supervisión correcta. Sólo se enfrentan rivales en condiciones de equivalencia, tanto en peso como en experiencia. Durante más de un siglo se practicó boxeo en Catamarca, y un solo muchacho falleció: el misionero Daniel Espíndola, rival de Fabio Oliva que en noviembre de 2002 se desplomó en el Polideportivo, por cuestiones no vinculadas con la práctica del deporte.


El boxeo aleja a los jóvenes de las calles, permite ofrecer controles y revisiones médicas, impide consumir alcohol o drogas, obliga a mantener una conducta. Y enseña también excelentes valores: nobleza, lealtad, el respeto al rival, a quien jamás se golpea cuando cae. La propia superación a través del esfuerzo cotidiano. No hay garantía de que con más gimnasios de boxeo vaya a haber más campeones, pero sin duda habrá más chicos sanos.


Por eso decimos que emociona ver al “viejo” Maravilla pelearle al paso del tiempo. Queremos que gane, sin duda. Y vamos a estar en noviembre pegados al televisor para ver si Tyson, que ya no es de acero, sigue infundiendo temor. Pero es imperativo reconocer la decadencia del boxeo, porque sólo así se podrá trabajar en su resurgimiento.


El negocio se fue comiendo al deporte poquito a poco. La proliferación de asociaciones, la aparición de decenas de campeones simultáneos en cada categoría, al cabo provocó que nadie sepa quién es campeón. Y sin grandes campeones no hay ídolos deportivos.


Las figuras son necesarias, porque son espejos. Detrás de una noche de gloria, hay cientos de jóvenes que se acercan al gimnasio. Quizás después se arrimen a la consagración dos, uno, o ninguno. Pero el deporte les ofrecerá siempre un mejor horizonte que las calles, donde abunda tanta basura y amenaza para su salud.


Hay que apoyar a los boxeadores veteranos de Catamarca que piden que les den una mano para abrir o sostener sus pequeños gimnasios. No se necesita de inversiones millonarias. Pero ese apoyo, que además de aportar materiales o elementos de práctica puede incluir la visita de un médico o de un nutricionista, puede marcar la diferencia en el camino que van a elegir muchos chicos humildes.


Nadie puede conocer el destino ni decidir la suerte de los demás, pero al menos ocupémonos de que tengan más oportunidades. Aunque más no sea, una oportunidad.

El Esquiú.com
 

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Comentarios

10/10/2020 | 12:33
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BUENISIMA COLUMNA/EDITORIAL...FELICITACIONES...!!!

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