Desde la bancada periodística

Por ahora, sólo se trata de una advertencia

sábado, 7 de marzo de 2020 00:55
sábado, 7 de marzo de 2020 00:55

Durante la semana no fue la noticia más destacada. Sí la más importante. El ministro de Hacienda Pública, Sebastián Véliz, ofreció una conferencia de prensa que no trajo buenos augurios y, por lo tanto, debería preocupar a todos los igual.

Aparte de señalar que, por imperio de una recesión que lleva más de dos años, ha bajado la recaudación de impuestos y la Provincia está recibiendo menos dinero, indicó que el 90% de la coparticipación va directamente a los sueldos estatales.

La situación, necesariamente, hay que emparentarla con el tamaño del Estado –¡una desmesura!- y la absoluta dependencia que tienen todos los sectores con él. Ya en los años noventa, el exministro Cavallo había colocado a Catamarca entre las provincias “inviables” de la Argentina. En la misma dirección, al hacer un diagnóstico del país, supo pronunciarse el Banco Mundial.
Aunque Cavallo no traiga buenos recuerdos y el Banco Mundial no sea la panacea para los países de Latinoamérica, las consideraciones sobre Catamarca no son ocurrencias.

 

Estado de descontento

Con el panorama de quietud que observa el Gobierno Provincial y los anuncios nada halagüeños del ministro, los distintos sectores han comenzado a evidenciar signos de descontento. No se mueve la rueda de la producción, la obra pública tiene ritmo de siesta y se multiplican los pedidos de auxilios, especialmente de los intendentes que, a diferencia de otros años, ya no cuentan con aportes especiales como lo fue el fondo sojero pulverizado por Macri.

No extrañó, entonces, el discurso hacia los medios que lanzó el gobernador Jalil antes de partir a la feria minera de Toronto. Dijo que la Provincia está equilibrada y no tiene deuda en moneda extranjera. Aclaró, sin embargo, que no vivimos en una burbuja.
Esto último se relaciona con las malas noticias de Véliz. Como economista que es, Raúl Jalil conoce a fondo que el país está en “bancarrota” y que costará demasiado salir del fango que dejó la administración anterior, la que hizo crecer la deuda con “los buitres de las finanzas” en niveles nunca vistos para tan corto período de tiempo.
Como Catamarca no es una isla, que nadie lo dude, sufrirá las consecuencias de los despilfarros que terminaron beneficiando a otras provincias. Quejarse de haber hecho bien los deberes y pagar igual que aquellos que los hicieron mal no sirve. Se trata de una cruel ironía de la política y lo mejor es comenzar a asumirla.

De alguna forma, el primer mandatario lo hace. Cerró los grifos de los gastos ministeriales, hace nombramientos que son absolutamente necesarios y, a la espera de que se equilibre la economía -probablemente ello ocurra cuando se materialice un acuerdo razonable con el Fondo Monetario Internacional-, muestra cautela y ordena decisiones basadas en la lógica, como ser jubilar a todos los empleados que pueda y, en lo posible, tratar de no reemplazarlos. Hasta aprovecha los viajes para no precipitar decisiones que lo compliquen en el futuro.

 

Bendita minería

Frente a la incertidumbre, como lo repetimos hasta el cansancio, el destino de prosperidad de Catamarca se asienta en la consolidación del proyecto minero. Si no se aprovechan las condiciones actuales, “el último tren” puede pasar para un par de generaciones y otras tantas gobernaciones.

Está bueno que se desarrollen planes de turismo o se aliente el comercio exterior con la producción agrícola. Hay que apoyar en firme estas iniciativas pero, ni por casualidad, pensar que son las llaves del progreso con las que se combatirán flagelos de tiempos borrascosos como la pobreza, la desocupación alarmante y la falta de obras de infraestructura que sirvan para crear trabajo. Más claro: Catamarca será minera o no tendrá despegue.

No lo decimos solamente nosotros. Lo saben todos los funcionarios, los administradores de Justicia y hasta varios ambientalistas que, frente a la realidad, han comenzado a torcer sigilosamente el discurso.
Otro que lo sabe y resulta decisivo para la provincia es Alberto Fernández. En campaña, y como presidente de la Nación, prometió ayudar a la provincia y sabe que uno de los caminos ineludibles para ello es reimpulsar la minería que, de paso, le dejaría grandes réditos a la Nación.

Su discurso del 1 de marzo, cuando inauguró el período de sesiones ordinarias del Congreso, incluyó referencias que fueron música celestial para los oídos catamarqueños. Dijo enfáticamente: “Enviaré a este Congreso un proyecto de ley para el desarrollo del sector hidrocarburífero y minero que promueva y estimule la inversión nacional e internacional en el sector y facilite el desarrollo de la cadena de valor industrial, tecnológica y de servicios que nos permita crear cientos de miles de empleos, directos e indirectos”. Leyó bien: cientos de miles de empleos.

 

El respaldo histórico

Hace falta el proyecto de ley que nos propone el Presidente. Su aval a la minería es, en definitiva, un aval a Catamarca.
Y el tema no es ponerse de un lado o del otro. No existen esas opciones. La discusión tampoco es si los catamarqueños, que somos montañeses, vallistas y precordilleranos, queremos una provincia minera o no minera.
Esa historia ya la escribieron nuestros ancestros, emparentados con razas indígenas y costumbres propias de la tierra que, mejor que nadie, marcan inmarcesibles derroteros.

La actividad extractiva fue la panacea que, desde el siglo XIX, nos presenta como única alternativa de desarrollo.
Generaciones enteras han escuchado hablar de los tesoros ocultos en las montañas que, inexorablemente, nos iban a cambiar la vida.
Siempre estuvimos, potencialmente, “condenados por la minería” a ser una de las provincias más pujantes de Argentina. Pero, de la misma forma, siempre hubo un escollo para poner a disposición de los propios catamarqueños las riquezas que, por cientos de años, permanecían en las entrañas de la madre naturaleza.

Catamarca, no por capricho de sus gobernantes -los anteriores o los actuales-, será minera. Lo será porque es el único camino, cierto y palpable, para transformar pobreza y decadencia en un futuro mejor para las generaciones por venir que, de una buena vez, no deben vivir sólo de esperanzas.

Si el propio Banco Mundial, símbolo del neoliberalismo, calificó a la cuna de Fray Mamerto Esquiú como “inviable”, qué más se puede discutir.
Los defensores de la ecología tienen sus razones para pedir garantías y considerar que el agua tiene tanto valor como el oro, el cobre o el litio. Claro que las tienen. Pero, además de las razones que deben ser atendidas, suelen alejarse de la problemática de provincias como Catamarca, que no son agrícola-ganaderas como las de la pampa húmeda, ni ricas en hidrocarburos o recursos pesqueros como las de la Patagonia, ni tienen el desarrollo industrial como algunas de la Mesopotamia o el “sol y el buen vino” que hizo popular a las cuyanas.

Esto es, básicamente, lo que deben comprender los antimineros que dicen querer a Catamarca, algo que no se entiende cuando hay intransigencia. Tienen que salir de sus dogmas y aceptar el debate que conduzca a asegurar una explotación sustentable y una renta a favor de los más altos intereses locales.

Si no lo hacen, sus protestas serán tan estériles como ilegales y no habrá causa popular genuina si, en medio de reclamos legítimos, se cruzan intereses inconfesables como los que se pregonaron en los últimos meses.
La conferencia de Véliz no fue flor del aire. Hay nubarrones reales cargados de electricidad. Por suerte, a los dichos del ministro les siguió una buena noticia: el nombramiento de un catamarqueño, Fernando Jalil, en la presidencia de YMAD.

El Esquiú.com
 

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Comentarios

7/3/2020 | 13:33
#1
Los mismos que ahora pregonan Catamarca Minera, son los que hace unos años manifestaban en contra de la Mineria Asesina. Busquen en los archivos
7/3/2020 | 09:02
#0
Es todo un relato porque la provincia no esta quebrada. Instalan ese relato para que la ciudadania les de la licencia social y asi llebarse los bolsillos con la mineria- Para eso lo pusieron a jalil mercado y barros. Mas chorros que esos no hay

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