El Secretario

jueves, 22 de febrero de 2024 01:07
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La crisis radical

A cuatro meses de las elecciones generales, la Unión Cívica Radical de Catamarca empieza a supurar de las heridas que le causó la menor cosecha de votos porcentuales desde el retorno de la democracia. Catamarca es una provincia en la que el radicalismo fue desde 1983 la primera referencia opositora y que luego gobernó por dos décadas como locomotora de una alianza consolidada a fuerza de victorias, que se desgastó con el tiempo, padeció la falta de renovación de figuras y cedió el poder en 2011. En la última década (ya casi tres lustros), fantaseó esporádicamente con volver al Gobierno, sin chances reales de vencer al peronismo, y muchos de sus dirigentes empezaron a naturalizar las derrotas y hasta a sentirse cómodos en el rol opositor.
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Sin embargo, algo cambió en octubre pasado. La UCR no sólo no recuperó el poder, algo que honestamente no estaba en los planes de nadie, sino que perdió el espacio de primera minoría, vapuleada en los cuartos oscuros por el fenómeno Milei: el coletazo de lo que sucedía a nivel nacional fue suficiente para que candidatos desconocidos desplazaran al radicalismo y sus aliados. Hoy la centenaria fuerza boinablanca, maltrecha y debilitada, no encuentra liderazgos fuertes ni acierta a definir un rumbo para reordenarse: ya no sólo no seduce al electorado, parece no seducir ni a sus dirigentes.
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El golpe que verdaderamente nunca asimiló fue el radicalismo fue la pérdida del poder en 2011. Porque las viudas del Frente Cívico se concentraron en recuperar cargos, y olvidaron el camino previo. Así, abrazaron con pasión el proyecto macrista (que está en las antípodas de la doctrina radical), y se aliaron con cualquiera que ofreciera posibilidades de conseguir un sillón y una oficina. No es casual que ahora algunos comiencen a mirar con cariño a Milei. La crisis es profunda y, en la medida en que los radicales no recuperen su identidad y cambien intereses por convicciones, seguirán cayendo cada vez más bajo.
El Esquiú.com

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