Apuntes del Secretario

domingo, 24 de marzo de 2024 00:22
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Gusto a poco

El Congreso Nacional del PJ pasó con más pena que gloria. Tampoco podía suponerse que en una reunión se superaran los muchos y muy diversos problemas que enfrenta el recientemente derrotado peronismo, pero el intento de comenzar a hacer borrón y cuenta nueva quedó en eso. El cónclave del viernes fue apenas una catarsis a cielo abierto, con pocas decisiones relevantes y la confirmación de que hay demasiadas heridas por cicatrizar. La plana mayor del partido había llegado al Congreso con un orden del día concreto: la aprobación de balances contables, definiciones sobre la intervención del partido en los distritos de Jujuy y Corrientes, la publicación de un documento y el anuncio, finalmente, del armado de una comisión de acción política, que tendrá como objetivo realizar “una convocatoria amplia a todos los sectores” del peronismo para iniciar un camino de recuperación del gobierno. Pero el clima se tensó más de lo esperado. Las más de dos horas que duró el encuentro pusieron sobre la mesa diferencias que durante años se barrieron debajo de la alfombra de los triunfos electorales o que fueron ordenadas por el liderazgo indiscutible de Cristina Fernández de Kirchner. El Congreso del PJ marcó el fin de esa era, con reclamos de apertura y horizontalidad y críticas al “dedo” y a la “rosca” cerrada.

 

Pase de facturas

Era esperable para la conducción partidaria que levantara la voz Fernando Gray, abiertamente enfrentado con Máximo Kirchner y el cristinismo en el PJ bonaerense. El intendente de Esteban Echeverría fue uno de los que pidió la palabra para exigir renovación y para criticar al gobierno del Frente de Todos. “Dijimos que íbamos a volver mejores y miren cómo nos fue”, dijo Gray, que no sólo reclama la renuncia de Kirchner al PJ bonaerense si no que pide lo mismo para Alberto Fernández en el orden nacional. Sí, nada de licencias elegantes: que se vayan. El expresidente presentó el 5 de marzo un pedido de licencia que fue aprobado por la Mesa Ejecutiva del Consejo del partido. Sin Alberto, la conducción del PJ quedó a cargo de Cristina Álvarez Rodríguez, Axel Kicillof, Analía Rach Quiroga, Juan Manzur y Lucía Corpacci, quienes ejercen las cinco vicepresidencias. La chaqueña Rach Quiroga no estuvo este viernes en Ferro. Tampoco el exgobernador de Chaco Jorge Capitanich, aunque está en Buenos Aires y habló esta semana con varios referentes del partido, que quieren que se incorpore al proceso de reorganización interna. Tampoco estuvo Sergio Massa, que armó su propio mitín con el Frente Renovador.

 

Sorpresas

Si lo de Gray era previsible, no estaba en agenda el durísimo discurso que dio Berni, que le pegó a todo el Consejo Nacional del partido. Berni llamó a celebrar elecciones internas, dijo que el peronismo “no debe acostumbrarse a la derrota y al fracaso” y, parafraseando a Miguel Ángel Pichetto, le pidió al presidente del Congreso, Gildo Insfrán: “Hagamos lo que tenemos que hacer, pero hagámoslo rápido”. La ubicación de los lugares en el escenario también generó polémica. La primera fila tuvo una nutrida representación bonaerense. Además de Kicillof y Álvarez Rodríguez estuvieron Fernando Espinoza y Verónica Magario y Wado de Pedro, escoltado por la extitular de la Anses Fernanda Raverta. En el centro se ubicó Insfrán, junto a Corpacci, Manzur, los gobernadores Ricardo Quintela (La Rioja) y Raúl Jalil (Catamarca), el expresidente del PJ José Luis Gioja, el senador santiagueño Emilio Neder y el legislador tucumano Mario Leito. “¿Por qué Raverta está en primera fila? ¿A quién representa?”, siguió la queja. En ese contexto, quedó desdibujada en el Congreso partidario la delegación de la CGT, que estuvo representada por Héctor Daer, Pablo Moyano, Andrés Rodríguez y Abel Furlán, ubicados entre la segunda y tercera filas. Y ninguno habló. Alberto Rodríguez Saá puso el dedo en la llaga: “¿Hace cuánto que no hacemos una interna? Así no es la democracia”. En definitiva, sobre 900 congresales, sólo asistieron 466. El quórum se logró con lo justo. En definitva, una etapa compleja que hay que transitar porque, se sabe, no se sale de semejante derrota bailando y cantando todos de la mano.

 

A 48 años

El 24 de marzo de 1976, los comandantes de las tres armas, Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti (Junta Militar), derrocan en la madrugada al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, quien había asumido la presidencia tras la muerte del General Juan Domingo Perón (1 de julio de 1974). Este golpe cívico-militar dio comienzo al autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, la más atroz dictadura que se extendió por más de siete años y que tuvo como consecuencia la desaparición de 30.000 personas, 500 bebés apropiados y miles de exiliados, lo que constituyó para la justicia argentina, un “genocidio contra un grupo político”. La Dictadura cívico-militar llevó a cabo una acción represiva desde el Estado, coordinada con las demás dictaduras instaladas en los países sudamericanos mediante el Plan Cóndor, y contó con el apoyo de los principales medios de comunicación privados e influyentes grupos de poder civil, el gobierno de los Estados Unidos y la pasividad de la comunidad internacional. La política económica de la Dictadura quedó a cargo de los sectores civiles que promovieron el golpe de estado. Bajo el liderazgo del empresario y estanciero José Alfredo Martínez de Hoz, se puso en práctica una serie de reformas económicas radicales, siguiendo las doctrinas neoliberales de la Escuela de Chicago, que tendieron a desmontar el Estado de Bienestar, desindustrializar y concentrar la economía argentina y fomentar el sector financiero y el campo. Socialmente, el accionar de la Dictadura Genocida se caracterizó por aumentar notablemente la pobreza, que alcanzó a un tercio de la población, cuando en las décadas anteriores la misma no había superado el 10%. Mantener vivo el recuerdo de este día, nos permite reflexionar no sólo acerca de nuestra trágica historia y de la incansable lucha de los organismos de derechos humanos contra la impunidad, sino también acerca de nuestras perspectivas a futuro como nación soberana. Es importante hacerlo, en estos días en que soplan aires negacionistas desde el oficialismo nacional,  curiosamente acompañados de una masacre económica de la clase trabajadora, “protocolos” represores y discursos de odio sistemáticos. Por eso, ayer, hoy y siempre, la consigna es: ¡Nunca más!

 

El Esquiú.com

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