Cara a cara

EL MILAGRO DE DAR DE COMER A CIEN HERMANOS POBRES

domingo, 17 de febrero de 2019 00:00
domingo, 17 de febrero de 2019 00:00

HOY: MARIA RIVERO (COMEDOR “GAUCHITO GIL”)

Según Unicef, “casi la mitad de los niños y adolescentes en Argentina son pobres por tener, al menos, un derecho básico insatisfecho, mientras que el 42% vive en hogares con ingresos insuficientes.” En ese estudio, donde los fríos números hablan de una realidad que lacera el alma, seguramente están incluidos los chicos que diariamente concurren al comedor comunitario “Gauchito Gil”, ubicado en el corazón del sector Norte de San Fernando del Valle de Catamarca. Más precisamente en el Barrio 26 Viviendas Norte “Sol Hábitat” y que tiene de vecinos a los barrios Esperanza, Sol de Mayo, San Ramón y otros asentamientos. Hace pocos días, un diario local daba cuenta que en el barrio Virgen Niña, allá en la zona sur, “hay menores que buscan comida en los contenedores de basura”. Sin vueltas: esos chicos terminaban comiendo basura. Otro golpe bajo de la pobreza por la que atraviesan miles y miles de familias en nuestra provincia, y millones en el país. El pasado lunes, El Esquiú.com titulaba en su página 12: “Piden ayuda para un comedor comunitario”. Y allí estuvimos. En la casa de María, en la que los niños pobres confían ciegamente que les va a tener un plato de comida. Casita de barrio humilde. En la primera piecita, un grupo de niños están abocados a las clases de apoyo para que les vaya bien en la escuela. Después, un corto pasillo hasta llegar a  un salón de reducidas dimensiones: estamos en el comedor “Gauchito Gil”. En una esquina y sobre una mesa, Erika, Joanna, Giselle, Cintia y Fernanda, las chicas-mamás del sector, preparan la comida. A un costado, algunas adolescentes, con niños en brazos, esperan –seguramente con hambre- el turno de encontrarse con una porción de comida. Nos sentamos frente a la anfitriona y alma mater del comedor y miramos el azul del cielo entre las paredes y el techo de chapas. “Cuando para de llover, aquí sigue lloviendo”, nos dice María. Claro que necesitan un techo más seguro, como así también ampliar el salón, sillas, mesas, cubiertos, ollas, cucharones y todo lo que usted se pueda imaginar. Por eso el Cara a cara de este domingo tiene como protagonista a  María de los Ángeles Rivero (33), la dueña de casa que recibe cien visitas por día. Hermanos nuestros, en definitiva.


  -¿Cómo y por qué nació la idea de hacer funcionar un comedor comunitario?


  -En realidad, yo empecé con un merendero que no tenía nombre. Después, ya con el comedor, le puse el nombre de “Gauchito Gil”, porque soy devota de él. Todo comenzó cuando mi hijo menor, siendo más chiquito, recibía a los amiguitos que venían a jugar en horas de la tarde. Cuando yo decía “Jonatán, vení a tomar el (mate) cocido”, por supuesto que les hacía parte a los chicos. De esa manera, un grupito tomó la costumbre de venir a merendar todos los días aquí. Un día le pedí la opinión a mi marido sobre la idea de poner un merendero, porque los chicos seguían viniendo y además en cualquier momento aparecían pidiendo pan. Mi marido me respondió “le metamos para adelante”, y lo hicimos.


  -Imaginamos un comienzo duro.
  -¡Claro! Porque en un principio les dábamos el mate cocido al aire libre. Sufríamos los calores y los fríos. Se imagina cuando llovía: los niños venían y se me partía el alma decirles que no había merienda porque la lluvia era muy fuerte y me daba mucha pena exponerlos a la intemperie.


  -Hoy tienen un pequeño y precario salón con paredes de block y techo de chapas en la parte posterior de la casita.
  -Es una construcción hecha por mi marido (Ramón Almirón, empleado municipal) y mi ayuda.
  -Está bien. Pero, ¿cómo consiguieron los materiales?
  -Y bueno, nos metimos en un crédito. (Sonríe) “Nos empeñamos hasta los ojos”, como se dice. Tenga en cuenta que cada chapa salió 2.900 pesos y que el crédito quedó corto, pero bueno… valió la pena el sacrificio.
  -¿Usted es ama de casa?
  -Sí. Y cobro una pensión por discapacidad.
  -Con todo respeto, ¿podemos decir cuál es su discapacidad?
  -Sí. Se trata de una discapacidad motriz, tengo problemas para caminar.
  -Suponemos que este pequeño salón es desbordado totalmente a la hora del almuerzo (a las 11 de la mañana, momento de la entrevista el pasado jueves, ya había algunas chicas con pequeños en los brazos esperando la comida).


  - (Con mucho énfasis) ¡Por supuesto! Las madres que aquí trabajamos asistimos a un número de cien, aproximadamente, entre niños y adultos. Vienen dos matrimonios ya adultos y dos matrimonios de ancianos. Recibimos de todas las edades. Como usted verá: tenemos estos dos tabloncitos, las sillas son poquitas y contamos con 12 platos. Vamos por tandas: primero comen 12, después otros 12 y así.
  -¿Aquí también se dan casos de chicos que además de comer llevan comida para la casa?
  -Sí, especialmente las madres que, como verá, están ahora cocinando. Ellas llevan para sus casas porque saben que todos los chicos aquí no entran. Son gente de los barrios Esperanza y Sol de Mayo. Lo mismo ocurre cuando hacemos el merendero: nos ocupamos que tanto el comedor y el merendero tengan respuestas para los que necesitan de ellos. Es increíble: pero los chicos ya se organizan solos. Llegado el momento se van ubicando en fila y esperando su turno para comer o tomar el mate cocido.


  -Lo que aquí reciben, ¿es lo único que tienen los chicos como alimentación?
  -En la mayoría de los casos, sí. Recuerdo que cuando comencé con el merendero, los mismos chicos me preguntaban: “María, ¿cuándo vas a hacer un guisito?” Y de esa manera fue madurando la idea del comedor, juntamos unos pesitos míos, de mi marido. Y comenzamos a pedir ayuda hasta que armamos un grupito de mamás y cada una pone lo que puede: cincuenta, cien o doscientos pesos.


  -Pero está claro que con eso no alcanza para dar respuesta a tanta demanda de chicos que quieren comer.
  -Así es. Ahora tenemos la suerte de que el señor ministro (de Desarrollo Social) Eduardo Menecier me hace llegar alimentos no perecederos, es decir fideo, arroz, harina, azúcar, yerba, más aceite y arvejas. Nosotras las madres juntamos para comprar la verdura, la carne y el pollo. Tampoco teníamos un freezer, pero una mamá, que se llama Erika,  nos prestó uno.


  -¿Les ha tocado vivir un día que no tenían nada para dar de comer?


  -¡Nos ha tocado que no teníamos ni para harina! Entonces, cada madre sacaba un poquito de su casa y así juntábamos lo que podíamos para hacer pan. Lo mismo pasó con el azúcar. Pasa una cosa: los chicos vienen a comer algo, y no se les puede decir que no. Ellos no saben si hay o no comida. Se me parte el alma tener que decirles que no hay nada. Eso me perjudica mucho más a mí, porque termino en una crisis de llanto. Cuando no tenía nada para darles, preferí no atenderlos yo, porque es muy fuerte el dolor que se siente en esos momentos.


  -¿A cuántos chicos había que dar de comer en los inicios?


  -Yo comencé con diez. Y hoy en día tenemos cien. Y le digo algo: siguen golpeando la puerta chicos que quieren ingresar al comedor, pero me duele decirles que no podemos más. Ayer (por el miércoles pasado) vinieron cuatro familias nuevas con hijos chiquitos buscando un plato de comida. Y debo confesar que muchas veces no alcanza. Yo tengo un cuaderno con las cien personas a las que asistimos. ¿Cómo le dice que no a una jovencita que llega con tres criaturas a pedir algo para comer? Me dijo: “Señora, no tengo nada para darles a los chiquitos”. Le di un poco de fideo y atún, no tenía más.


  -¿Usted sabe si los padres de los chicos que vienen al comedor trabajan?


  -La mayoría de las madres no tienen trabajo ni planes y los padres, muchos de ellos, viven de algunas changas que hacen. Y de changas no se puede vivir. Todo está feo, no tan sólo para nosotros; con el gobierno que tenemos está feo para todo el mundo. Muchos de los chicos que vienen al merendero me dicen: “María, dame otro pedazo de pan para comer a la noche”.


  -¿Tienen apoyo de algún comerciante o empresario?


  -No. Nada. Algunas carnicerías me hacen precio, eso sí. Algunos no creen que pedimos para un comedor comunitario, pero yo los invito a que vengan a ver y conozcan nuestra realidad.


  -¿Hay una edad promedio de los que vienen a comer?


  -Mire: traen chiquitos de ocho y nueve meses hasta una abuela de 75 años.
  -Una mujer de sus características, con tantas ganas de hacer,  suponemos debe tener mucha fe.
  -Sí, tengo mucha fe. Soy devota, como le dije, del Gauchito Gil, de San Nicolás y por supuesto de la Virgen del Valle.


  -Vemos que también a un grupo de chicos se les dan clases de apoyo.
  -Sí. Hay chicos que necesitan clases de apoyo en sus tareas escolares y aquí se las damos. Los responsables son mi hermano y Camila, y lo hacen durante todo el año.
  -Le pedimos disculpas si considera impertinente la pregunta: ¿Usted tuvo una infancia con muchas carencias?
  -Sí, lamentablemente. Mi madre murió cuando yo tenía tres años y mi padre nos “tiró”, como se dice, a los cuatro hermanos para distintos lados. Yo soy tucumana y conozco lo que es dormir en la calle. Sé lo que es sufrir hambre. He limpiado parabrisas de los autos y también sé lo que es sufrir el frío. Hace doce años que vivo en Catamarca.


  -¿Fue lo que se conoce como una “chica de la calle”?
  -Sí, porque salía a pedir para poder vivir.

Ossona: “Es necesario combatir la pobreza en lugar de administrarla”

Jorge Ossona es profesor de Historia por la Universidad de Belgrano. Docente e investigador en la facultad de Ciencias Económicas de la UBA, y del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Nacional de General San Martín. Escribió “Punteros, malandras y porongas” y, en coautoría, “Conurbano infinito”. Días pasados el diario La Nación le dedicó una página en una entrevista, por “es un investigador que conoce a fondo el Conurbano y los procesos políticos y culturales que tienen lugar allí”. Precisamente, al referirse a ese sector del país, Ossona dice: “Sobre esos territorios recaen mitos y prejuicios que distorsionan las miradas y la formulación de eficaces políticas públicas. Hay dos prejuicios, básicamente. Por un lado, la idea del pobre vago, delincuente y violento. El pibe chorro. Por el otro, la idealización de la pobreza según la cual los pobres son naturalmente buenos, abnegados, solidarios y viven una forma de vida superior al resto. Esa es una estribación de catolicismo, muy en boga a partir del Papa Francisco. Y ese es un gran problema. Se hace necesario establecer puentes, combatir la pobreza en lugar de administrarla, y trabajar en la integración. Hay una trampa conceptual: en el momento que alguien reivindica los valores de la marginalidad, está renunciando de antemano a resolverla”.

Hambre con nombre y apellido


 

Por su parte, a fines del año pasado, escribió en Clarín un artículo titulado “Combatir el hambre, prioridad política, social y económica” el oficial a cargo de la representación de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la Agricultura), Francisco Yofre. Señala en una parte de su escrito: “En Argentina, con una producción de alimentos suficientes para alimentar a 400 millones de personas (casi 10 veces la población del país), el 3,6 % de la población padece subalimentación, o para decirlo más sencillamente, tienen hambre. Este es un problema que se arrastra desde hace décadas y que parece no tener solución. Estos datos nos demuestran que, en Argentina, el problema ´del hambre´ no es la disponibilidad de alimentos, sino que es la limitación al acceso de las personas para adquirir alimentos suficientes para tener una alimentación saludable y nutritiva. La razón inmediata por la que el hambre aún persiste, es la carencia de oportunidades a la que se enfrenta la población vulnerable. Es preciso entonces, un mapa del hambre. Con nombre y apellido, que incluso distinga edad y género para poder identificar ese 3,6 % de la población que padece el hambre y comenzar a erradicarlo de una vez.”

33%
Satisfacción
16%
Esperanza
16%
Bronca
33%
Tristeza
0%
Incertidumbre
0%
Indiferencia

Comentarios

17/02/2019 | 01:45
#1
Un teléfono por favor para acercar ayuda!!!

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