CRÓNICA DE LA ÚNICA VISITA DE EVA PERÓN A CATAMARCA

Perón cumple, Evita inaugura

Una de las mujeres más singulares de la historia argentina arribaba hace siete décadas a Catamarca. Lo hacía en un momento clave de la provincia y el país. El Esquiú reconstruye pormenores de esa visita y de sucesos cuyas derivaciones llegan a nuestros días.
martes, 18 de agosto de 2020 00:30
martes, 18 de agosto de 2020 00:30

Por Gustavo Figueroa 

7 de junio de 1950. La ciudad vive una jornada que tiene la alegría y la emoción devota de una procesión. Hace frío, pero no como para desanimar a la gente. Igual es poco probable que el clima afecte a la multitud enfervorizada que ahora, de a miles y con sus pañuelos al aire, saluda a esa mujer rubia, flaca y vestida de negro que camina desde la Catedral al palco ubicado frente a Casa de Gobierno. Como una rockstar, “Evita” sube en medio del delirio de dirigentes y público. La acompaña Félix Antonio Názar. De chico, en Chumbicha, su madre le puso “Felo”. Nadie le dice Félix o Antonio, es Felo para todo el mundo. Él es el hombre de Perón en Catamarca. Ella, la esposa del Presidente que llega a inaugurar obras monumentales. Felo es poeta y agasaja a la invitada con un discurso pleno de romanticismo. “Eres ángel, en un mundo torturado por visiones fantasmales de locuras y de hambre. Eres magia creadora de irreales paraísos, que despeja los brumosos horizontes de infancias doloridas y ocasos claudicantes”, le dice.

Eva María Duarte, la “Evita del pueblo”, la que es seguida en cada gesto, lo escucha. Se la ve un poco cansada –llegó temprano y no paró, salvo un rato a la siesta– pero igual presta atención a las metáforas almibaradas que salen de la boca de su anfitrión. Está conforme con la visita al Noroeste porque cree que suma rumbo a las presidenciales del año siguiente, cuando su marido se juega la reelección y ella, la continuidad de su proyecto reparador. A su turno y en un mensaje que es transmitido por LW7, la Primera Dama se dirige a la masa que grita su nombre.

—Me voy con la profunda emoción de un pueblo honrado, grande, que cruzando kilómetros y kilómetros, no vino a ver a la esposa del presidente, sino a la compañera Evita, que prefirió ser Evita si ese nombre era necesario para calmar algún dolor de sus compatriotas— dice, y muchos estallan en llanto.

Es el clímax esperado. La esposa de Perón le agradece a Názar. Le dispensa elogios y le confía que, de vuelta en Buenos Aires, se encargará que el Líder del Movimiento se entere de lo bien que la trataron en Catamarca. Una promesa de futuro brillante para el Interventor.

Eva Perón y Felo Názar se parecen: ambos son jóvenes, ambiciosos y ejecutivos. En poco tiempo escalaron a lo más alto del poder y quieren más. Tienen otra cosa en común: tres años después de ese día glorioso, ambos estarán muertos.

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“Viene Evita”. La confirmación desde el alto mando peronista, en las primeras semanas de abril, emocionó al Interventor Federal de la provincia. El doctor Názar reunió a su gabinete y le comunicó la novedad que era al mismo tiempo un serio compromiso: debía organizarse todo para que la estancia de la señora de Perón transcurriera sin inconvenientes. Tenían dos meses. Se formaron comisiones especiales de propaganda, finanzas, arreglo de la ciudad y hasta de “itinerario”. La Policía contrató “supernumerarios” para reforzar las tareas de vigilancia. YPF mandó 25.000 litros de nafta. Se arregló con Ferrocarriles que hubiera trenes gratuitos, además de colectivos y camiones para que nadie quedara afuera. Como en una procesión, se habilitaron escuelas para alojar a los que llegarían.

Názar pide a la CGT que la “muchachada” esté contenida. Rafael Gallo, referente de la central obrera en Catamarca, entiende el mensaje y lo transmite a los delegados: nada de disputas ni desórdenes, ni permitir que viajen personas alcoholizadas. Cuidar al máximo “el material rodante, ferroviario y automotor, considerando que son elementos de trabajo, riqueza y bienestar de la Nación”. Otra cosa, no menos relevante: “Procurar que todos vengan prevenidos para sufrir incomodidades”.

Los obreros trabajan a toda máquina, aquí y allá. Evita no viene a ver “avances” ni a justificar retrasos. Evita viene a entregar edificios terminados y listos para usar. “Perón cumple” es el lema oficial y su mujer es la garante del contrato: si Evita viene es porque la obra está.

La expectativa va en aumento conforme se acerca la fecha. La Unión refleja en sus páginas, con lujo de detalles, los preparativos. El tema es motivo excluyente de conversación.

El 6 de junio los comercios abren en horario corrido. Es que el día siguiente será feriado: al centro solo se podrá ir a ver a la mujer del presidente.

Cientos llegan a San Fernando del Valle ese gélido día de junio. No se registran incidentes de ningún tipo. La gente quiere que Evita se lleve la mejor impresión.

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El tren de Eva Perón arriba a la actual sede del municipio capitalino. Son las 9 de la mañana de un día histórico. Por aquel entonces, la estación cabecera de la red ferroviaria catamarqueña todavía es símbolo del Progreso: tiene mucho movimiento y la mantienen bien, como a tantas otras a lo largo y ancho de la patria.

Evita aparece al cabo de unos minutos. Lleva las trenzas recogidas en rodete que son su sello. Las del billete de 100 pesos que lanzó Cristina. Las del edificio de Desarrollo Social en la 9 de julio. Las de Esther Goris, Madonna o Lisa Simpson, entre las tantas que la imitaron.

Názar queda impactado con la Señora. Vio muchas veces la imagen de esa muchacha: en fotos y en películas, en carteles y en revistas. Bella, radiante, dorada. Presente: ahí está la Abanderada de los Humildes, el mito, la leyenda, justo en sus dominios. Y quiere quedar bien.

Felo tiene 27 años pero parece más grande. Morocho, bajito, con una calvicie incipiente y un bigotito a la usanza, se acerca a la Primera Dama, quien recién estrenó 31. La presenta con todos los que se amontonan para saludarla: gobernadores, magistrados, legisladores, monseñor Hanlon…

Para Eva, Felo no es un desconocido. “El turco” Názar tiene una trayectoria breve pero fulgurante, bien sabida en la Capital. Con aval de Perón, a puro decretazo y cierto dirigente tras las rejas, amansó la interna que desgarró el orden institucional de los años previos. Son tiempos de abundancia. Názar recibe a manos llenas el dinero nacional y lo gasta sin miramientos. Le reprochan que, no pocas veces, llame a licitación sin tener los pliegos listos. “Hacer, bien o mal, pero hacer”, contesta a las editoriales del “diario de los curas” que lo critican. Názar gestiona a un ritmo febril. Tiene un compromiso político pero también personal. Años antes, cuando aún no se había ido a estudiar abogacía fue docente en Recreo. La escuela Láinez en la que trabajó era precaria y a él le habían dado una cocina como aula.

—Ahí me encerraba con 40 niños desnutridos, mal vestidos, enfermos, soportando ventarrones y calores intensísimos. Frente a este cuadro de miseria se avergonzaba mi espíritu de maestro, porque tenía que hablarles a mis alumnos de la grandeza de la patria. Les mentía en el aula y en los discursos de las fiestas escolares sobre esa grandeza que estaba en los papeles pero no en sus vidas— explicó cuando ya era el delegado de Perón.

En la Estación continúan los saludos y se prepara la caravana. La comitiva de Eva es nutrida y cuenta con una presencia rutilante: Juan Duarte, “Juancito”, el secretario privado del General y bon vivant todoterreno. El que, de joven, pasaba noches agitadas en prostíbulos de Junín o Chivilcoy, donde seguro se agarró la sífilis que lo aqueja. El que, cuando su hermana Eva se convierte en la mujer de Perón, empieza a crecer vertiginosamente, primero importando autos. El que usa su puesto de productor de películas para conocer las actrices más hermosas del momento. El Juancito que convida tragos en el Roof Garden del Hotel Alvear y disfruta desde su palco en el Tabarís. El mismo que cae en desgracia tras la muerte de Evita y, ya sin su protección, es investigado por orden del General, que quiere conocer a fondo los negocios de su cuñado. El mismo que, una mañana de abril del 53, cuando faltan horas para que deba comparecer ante las autoridades, es hallado muerto por su mayordomo japonés. Estaba arrodillado al lado de la cama, con un tiro en la sien.

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Felo Názar acompaña a Evita hacia el vehículo que la llevará por la ciudad. ¿Qué auto es? Las crónicas de la época no hacen énfasis en ese detalle. Un testimonio recuperado en 2018 asegura que se trata del “voiturette” de un hombre de apellido Buenader. Los “voiturette” son autos pequeños que fabrican, desde finales del siglo XIX, algunas marcas. No parecen muy adecuados para la Señora. Tal vez sea un Packard. Názar tiene uno que le compró de segunda mano al Estado Nacional. Seguro que la Gobernación cuenta con otro en el lote oficial. Los Packard son descapotables y grandes como un bote, ideales para ir parado/a agitando la mano. Es un Packard de lujo, el mismo que usaba el catamarqueño Ramón S. Castillo, en el que va Evita junto a Perón, por Avenida de Mayo, rumbo al Congreso. Es el 4 de junio de 1952. El General asume su segundo mandato. Un arnés debajo del tapado sostiene el cuerpo consumido por el cáncer. Evita pesa menos de 50 kilos. Es la última vez que el público la ve con vida.

Como sea, este 7 de junio de 1950, el auto está adornado con flores y banderas argentinas. Eva Perón toma posición y se apresta a empezar la recorrida. El anfitrión sube y se queda quieto: Evita es la figura. Arrancan, bordean la plaza de la estación y circulan por calle Rivadavia. Una guardia policial les abre paso.

Es una procesión. Las veredas están invadidas. Calculan que un tercio de la población está en la calle para el acontecimiento. Seis mil alumnos y los directivos escolares se forman con disciplina marcial.

Comienza la rutina tantas veces documentada. Evita saluda con los brazos en alto, la gente le grita y le tira flores a su paso. Evita sonríe todo el tiempo. Como Perón.

El coche llega a la plaza, dobla por San Martín y sube hacia la Alameda, rumbo al Hospital de Niños. En el balcón de su casa, ubicada al lado del Cine Teatro Catamarca, el niño Alberto Lindor Ocampo juega con autitos y soldaditos de plomo. Es el mismo balcón en el que, ya como periodista, acomoda su cámara para registrar los principales acontecimientos provincianos, empezando por las Marchas del Silencio.

Desde ese plano cenital privilegiado, el niño Alberto ve pasar a Evita. Siete décadas después la recuerda vestida de negro, “con guantes muy largos, un sombrero pequeño a modo de casquete y un tul que le cubría el rostro”. En las fotos que le toman unos minutos después, en el Hospital de Niños, Eva no lleva sombrero ni tul. Mucho menos guantes. Sí luce un pañuelo blanco en la cabeza cuando, a la tarde, visite a la Virgen.

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Eva Perón llega al Hospital de Niños. Luce exultante. Dos días antes entregó un “hogar escuela” en Jujuy y hará lo mismo acá y en otras provincias que visite en esta recorrida, pero la obra que tiene frente a sus ojos se le antoja magnífica. El “Policlínico de Niños Presidente Perón”, como se lo conoce entonces, es un centro de primera, acorde a los máximos estándares en materia de salud. Evita aclara que no llega “en campaña preelectoral” sino a “inaugurar realidades”. Un chiquillo de diez años que estaba entre la multitud burla la custodia y corre hacia la Primera Dama. Llora y le cuenta que su familia es muy pobre y que muchas veces no tienen para comer. Evita le dice que les enviará cosas, incluyendo una máquina de coser para su madre, para que pueda ganar algo de plata. Como hacía la suya allá, en Los Toldos, cuando Evita era Eva María, tenía el pelo negro y soñaba con ser actriz.

Evita logra consolar al changuito. Le pide el nombre completo y le da una noticia: desde ese día es mensajero del Correo.

Varias mujeres rodean a Evita. En cada lugar al que va le agradecen porque podrán votar por primera vez. “Vos lo hiciste posible”, le dicen. La ley de voto femenino está desde 1947 y recién se aplica en 1951. Las mujeres darán a Perón una gran alegría en esos comicios.

Dos damas tienen rol protagónico. Una es Rosa Nóblega, madre del diputado nacional Armando Casas Nóblega, quien acerca a Eva Perón un ramo de flores en nombre del pueblo de Copacabana, allá en Tinogasta, de donde son ellos. La otra que se destaca es Buenaventura Chéquer. Es la progenitora de Názar. Abraza a Evita por largo rato. Dicen que la quiere “como a la Virgen del Valle”.

En esta escena tan plena de peronismo vintage falta alguien que, si las cosas hubieran sido diferentes, ocuparía el lugar de Názar en el descapotable. Es otro joven ambicioso y con hambre de poder: Vicente Leonides Saadi. No está porque estos peronistas lo detestan. Aunque quiera tampoco puede: está preso. Por órdenes de Perón.

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Para muchos argentinos, “Don Vicente” es aquel hombre mayor que revolvía papeles frente a Dante Caputo y acusaba al canciller de Raúl Alfonsín de perderse en “las nubes de Úbeda”. Es 1984 y se están peleando en televisión por un acuerdo de amistad que Argentina quiere rubricar con Chile, a instancias de Juan Pablo II. Se sabe: Caputo defendía el Tratado, Saadi lo cuestionaba en nombre del peronismo.

Para otros, especialmente en Catamarca, Vicente es el “Cháchara”: otra palabra que integró el florido acervo del senador en el duelo con Caputo. Hagan la prueba. Pregunten a cualquiera que tenga años para saber quién era Vicente Saadi y posiblemente diga: “El Cháchara”.

Se sabe: Vicente Leonides fundó una dinastía que se prolonga hasta nuestros días de pandemia. Su sobrina dejó la Gobernación en diciembre. Ahora mismo hay un doctor Saadi en el edificio al que Evita llegó en tren.

Pero es 1945 y falta una eternidad para el debate televisivo. Pasó el 17 de octubre y el Peronismo se llama Laborismo. Al nombre lo sacan de los “izquierdistas” ingleses que le dieron una paliza electoral al viejo Churchill. Pobre Winston, creía que ganarle a los nazis era cucarda suficiente para seguir. Europa está devastada. Le debe a la Argentina más de mil millones de dólares por alimentarla durante la guerra. Es el colchón que permitirá encarar el plan de obra pública más ambicioso de la historia.

El laborismo argentino es una coalición heterogénea. Quizás demasiado: desde trabajadores de frigorífico hasta milicos nacionalistas. Al frente tiene a la Unión Democrática: una alianza integrada por radicales, socialistas y comunistas. La “opo” queda entonces definida y también su rumbo de actuación.

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Pacífico Rodríguez es un médico buenazo, de los de antes. Hace honor a su nombre: nada parece perturbarlo. Morirá con más de 100 años. Oriundo de El Alto, luchó contra los piojos y el paludismo, dos dramas frecuentes de la época. Se divierte con los chistes de Juan León Córdoba. Nacido en Ancasti, Córdoba fue maestro de escuelas Láinez. Es un dirigente popular y de gran predicamento que proviene del radicalismo derechoso. Otro que le cuenta historias a Pacífico es Armando Casas Nóblega. Abogado y muy católico, tiene 29 años. Tiempo después, tras el golpe, deberá esconderse varios años de la policía. Los tres animan, entre otros, el naciente peronismo catamarqueño y se reparten los principales cargos. Pacífico y Juan León al gobierno, Armando al Congreso como diputado nacional. Vicente Saadi es el cuarto nombre de peso en el proyecto laborista. El oriundo de Belén se costeó la carrera de Derecho trabajando en la Dirección de Impuestos Internos. De vuelta en Catamarca, empezó a hacer dinero con su profesión. A Vicente le interesa la política. Coqueteó con los boinablanca y se acerca al espacio en formación. Dice que le agrada su impronta obrera. Vicente busca ser senador nacional. Lo termina logrando y se convierte en el miembro más joven de la Cámara. Cómo llega ahí es origen de una de las anécdotas más picantes de la historia política argentina.

Dice, más o menos, así: Vicente quiere la banca del Congreso. Cree que le corresponde por su aporte al Movimiento. Rodríguez, Córdoba y Casas traban su nominación. Saadi les hace ruido porque lo ven demasiado angurriento, un posible problema a futuro. Saadi le pide a un amigo que imita voces, y que le sale impecable la de Perón, que se haga pasar por el General, lo hable por teléfono a Rodríguez y le pida una banca para él. Es que en ese entonces a los senadores nacionales no los elige la gente sino que se nombran a dedo. A Pacífico le parece raro que el General se meta en esos asuntos, pero igual obedece: se lo pide Perón. Saadi es confirmado como senador. Tiempo después, en Buenos Aires, Rodríguez le pregunta al presidente si estaba satisfecho por lo rápido que se había resuelto el tema de la senaduría. Perón, por supuesto, no tiene idea de qué le habla. El General empieza a darse cuenta de qué pasta está hecho el turco Vicente.

Con matices, la versión se fue instalando en la conciencia colectiva. Es repetida por dirigentes de toda laya. Incluso por importantes instituciones de la actualidad.

El laborismo se impone en las urnas. Es el 4 de junio de 1946, día de la asunción presidencial. Saadi, de 32 años, está detrás de Perón. Se lo reconoce fácil en la foto porque es uno de los más jóvenes. Luce galera arriba del pelo negro y abundante. Sonríe con su mueca característica.

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Mientras el país inicia uno de sus periodos más prósperos, Catamarca está convulsionada. Pacífico Rodríguez dura tres meses y lo sacan. Lo sucede Córdoba. Dura un poco más. También lo sacan. Comienzan a desfilar los interventores. Aunque permanece en Buenos Aires, Saadi parece estar detrás de todo. El turco es Smith y se esparce por la Matrix. Usa su diario para atacar a los adversarios. Acomoda familiares en cargos clave. Felo Názar logró ubicarse en la Legislatura provincial. Tiene 26 años y es el presidente de la Cámara de Diputados. Názar apoya a Saadi, descendiente de libaneses como él, en la pugna por la supremacía partidaria. Perón se incomoda: Saadi rosquea en sus dominios, se hace amigo de los gremialistas más pesados, establece relaciones con todo el mundo. Perón se enoja: la interna en Catamarca afecta el ritmo de sus preciadas obras y le quita votos. Perón opera: activa a Casas Nóblega para curar la infección. Perón profundiza su estrategia: pide a Saadi que acepte ser candidato a Gobernador. Quiere sacárselo de encima. Perón respira hondo: Vicente le dice que sí, gana y se reinstala en Catamarca. Lo está esperando Casas Nóblega, quien copia la estrategia de su enemigo: funda un diario y le pone “El Combate”, como para que no queden dudas de sus objetivos. Saadi le manda la policía antes que salga el primer número. Casas lo acusa de “procedimientos mazorqueros”. Los medios porteños fruncen la nariz. El conflicto ya es “nacional”. Názar se distancia de Saadi. Lo hace porque Saadi no quiere cederle la banca que dejó en el Congreso. Le pone excusas, le dice que es demasiado joven. A Saadi le inquieta la ambición de su paisano. No se equivoca. Názar es como él, solo que más precoz. Perón da la estocada final: interviene a Saadi el 21 de noviembre de 1949, a cinco meses de su llegada a Casa de Gobierno. En el decreto apunta contra el “nepotismo” de la gestión saadista. Názar, soldado de la causa, queda a cargo con la exigencia de pacificar. Perón bendice: le da poder discrecional al nacido en Chumbicha. Saadi está enfurecido y publica un durísimo alegato en su diario. Názar lo lee y opina que se cometió un delito. Y el delito es desacato a la autoridad presidencial. Así lo entiende también el juez federal, que ordena detener al caudillo belicho. Saadi marcha preso y recién verá la luz en el 52. Para entonces Evita transita sus últimos días y Casas Nóblega se prueba el traje de gobernador.

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Eva Perón volvió al descapotable y recorre la calle Salta, que momentáneamente se llama como ella. El niño Ángel Custodio Figueroa está paradito desde hace rato en la esquina de la Rojas y, a pesar de sus escasos siete años, empuja entre la gente para ver a esa mujer que idolatra. A Ángel le gustaría estar con María, su mamá. María Castro no puede aunque quiera: está internada en el San Juan Bautista. Muere tres meses antes que la Primera Dama.

—Hay un montón de gente y yo trato de acercarme lo más que puedo al auto. Entonces la veo. Evita va de tapado oscuro o tal vez sea un trajecito. Está como en las fotos, saludando con los brazos en alto, pero no con un gesto altivo sino cálido, con su cuerpo inclinado levemente hacia adelante.

Setenta años después, este profesor de filosofía jubilado y poeta en ejercicio tiene nítido el recuerdo. No es para menos. Ama a esa mujer. Aprendió rápido las letras y una de las primeras cosas que hizo fue escribir una carta a la Fundación. Le respondieron al toque. Le dijeron que le iban a mandar juguetes y cosas que faltaban en su casa. Solo tenía que conseguir un “certificado de pobreza”. A su papá, radical-perro-de-Alem-e-Yrigoyen no le podía pedir. Su mamá entraba y salía del hospital. Decidió mandarse solito a Tribunales. Lo atendió un empleado amable, afiliado radical, que sonrió cuando lo vio. “Vos sos hijo del ‘serrano’ Figueroa, ¿no?”, dijo. El niño asintió y le explicó a qué iba. “No, chango, si tu papá se entera te mata a vos y me mata a mí”, fue la respuesta del hombre. El niño rogó pero igual salió con las manos vacías. La ayuda de Evita nunca llegó.

Ángel recuerda a Evita delgada. En esto coinciden muchos testimonios. Eva Perón perdió peso pero es la Evita de siempre. Incluso mejor. Su cuerpo se ha estilizado. Es el 9 de enero de 1950. Faltan cinco meses para que toque suelo catamarqueño. Evita inaugura en Buenos Aires una nueva sede del sindicato de taxistas. La sorprende un dolor agudo en la ingle pero decide continuar. Días después la opera Oscar Ivanissevich, el ministro de Educación de su marido. Mientras remueve el apéndice, el cirujano toca algo raro en el útero. Lo comenta a los médicos que lo asisten. Debería poner un espéculo vaginal y hacer un análisis. No se anima. A los días la Señora ya está en funciones nuevamente. Todos hacen como si nada hubiera pasado.

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Es cerca del mediodía de este 7 de junio de 1950. Eva Perón llegó a Salta y Perú. Ahí la espera María Magdalena Núñez. En tres días cumple diez años. Tampoco está con su mamá, Adela, una riojana que nació muy cerca de los pagos de Carlos Menem, otro turco con ambición. A María Magdalena le dicen “Malena”. También tiene sangre árabe en las venas: sus ojos verde esmeralda son el mejor testimonio. Malena está con doña Lola, la mujer que la cuida. Doña Lola es Lola Vera y fue docente. Es fana-peronista-incondicional-de­-Evita-y-el-General. Su marido se llama Augusto Moretti y era maquinista. Se retiró de Ferrocarriles y ahora administra un hotel en la calle Maipú. En eso pasa Evita.

—Iba con su peinado de siempre, vestida de negro. Doña Lola me agarra fuerte de la mano y no para de llorar. La única otra vez que la vi llorar así fue cuando arrastraban el busto de Evita por la calle— memora hoy Malena, quien se recibió de profesora de historia y trabajó siempre de maestra, a sus ochenta años recién estrenados.

Es septiembre de 1955. Un conocido cura lidera una turba que llega al Hogar Escuela y descabeza el monumento a Evita ubicado allí tras su muerte. Atan el busto con un alambre y lo pasean por el centro. El sacerdote está eufórico, por fin lograron voltear al Dictador. Pensar que años antes habían trabajado para que sea presidente. Después los traicionó. Hasta les quiso prohibir que saquen la Virgen a la calle. ¡Horror de los horrores!

La escena del busto rodando se repetirá en muchos otros lugares de la Argentina al fragor de la “ola libertadora”. No solo bustos romperán: también el legado de la Fundación.

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Es 1776. Carlos III lleva adelante reformas con las que aspira a modernizar el vetusto Imperio Español. Decide enfocarse en la Cuenca del Plata, donde merodean portugueses, ingleses y franceses. Quiere convertirla en una porción estratégica de su reino. Muda el eje político de Lima a Buenos Aires. La nueva capital tiene a su alrededor tierras muy aptas para el cultivo y la ganadería. El rey borbón pone la piedra fundacional del modelo agroexportador de la Argentina. El golpe de timón marca el inicio de muchos problemas para Catamarca. Acostumbrada a comerciar fluido hacia el Norte, cuya riqueza se finca en la actividad extractiva, progresivamente queda desacoplada de la flamante metrópoli.

Es 1895. Pasaron revoluciones, independencias y guerras civiles en todo el continente. Las elites que gobiernan Argentina la moldean como gran proveedora de alimentos del mundo. Los saldos de las exportaciones le permiten al Estado encarar obras vistosas. Catamarca no es la excepción. Peso que entra, peso que va al futuro Patrimonio. Son las décadas en las que Luis Caravati y otros “tanos” notables firman íconos como la Catedral o la Casa de Gobierno: edificios que sirven más para lucimiento de los contados terratenientes que detentan el poder que para mejorar la calidad de vida de la gente común. Está el viejo hospital San Juan Bautista, pero no mucho más.

Ya es 1946. A Catamarca le falta de todo. En los siguientes años el peronismo hace surgir obras como hongos después de la lluvia. Los carteles de “Perón cumple” están por todos lados. La magnitud de la obra pública solo es comparable con la magnitud de las carencias. Falta turismo: se construyen hosterías en El Rodeo, La Merced, Concepción y Pomán. Faltan rutas: se ejecutan cientos de kilómetros de pavimento y se conecta buena parte del interior. Falta agua de riego: erigen diques como Las Pirquitas y El Jumeal. Falta infraestructura básica: levantan viviendas, escuelas, hospitales y bibliotecas. Falta energía: se instalan usinas. Faltan espacios culturales: ahí está el Cine Teatro como testimonio vigente del periodo.

No solo son obras: se provee a Catamarca de una inédita red de contención social que es marca registrada de la Argentina peronista.

Es el 6 de mayo de 1949. Llega un avión de LADE al aeródromo de Choya, que fue ampliado. Se inaugura el servicio aéreo Catamarca-Buenos Aires, el único con el que sigue contando la provincia. La frecuencia es de dos veces por semana. Un gran adelanto, más allá de que sea un vuelo “lechero”: el avión tarda seis horas hasta Capital Federal y hay que bancarse escalas en Córdoba, San Luis, La Pampa, Bahía Blanca y Azul.

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7 de junio de 1950. Es el mediodía. Evita llega al Hogar Escuela y se repite lo de un rato antes en el Hospital de Niños. Festejos, saludos, discursos. Hay un almuerzo y la Primera Dama descansa en la habitación que tiene reservada en el Hogar. A la tarde vuelve al centro, pasa por el camarín y se va al acto en la plaza. Tiene más cintas que cortar: la escuela San Martín y la Caja de Jubilaciones, en Esquiú y Ayacucho. No deja de lado lo partidario: arenga a la militancia, coordina con la dirigencia, se reúne con mujeres de su espacio.

Evita retorna a la Estación. Ha sido una jornada intensa. Todo salió como se esperaba, incluso mejor. El General estará complacido. Es cerca de la medianoche cuando Eva Perón se despide para siempre de Catamarca.

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Al día siguiente, Felo Názar está en su lugar de trabajo. Debe seguir gobernando. Las obras avanzan con velocidad. Es el 4 de junio de 1952. Názar le entrega el mando a Casas Nóblega. Prepara su mudanza a Buenos Aires. Lo espera un cargo de juez y una cátedra universitaria. Tal vez pueda volver a leer a Vico, sobre el que escribió una tesis a los 22 años, cuando le interesaba el aporte del filósofo italiano al pensamiento revolucionario del siglo XVIII.

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Muere Evita. Es el icónico 26 de julio de 1952, aquel día de las manifestaciones de duelo colectivo que siguen impresionando. Felo Názar sabía que estaba deteriorada, pero igual queda shockeado. Le dedica unos versos tristísimos. Al tiempo enferma. De adolescente lo habían tratado por una nefritis. Queda postrado en una cama.

Es el 27 de mayo de 1953. Názar deja este mundo. Apenas tiene 30 años.

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En la cárcel, Vicente Saadi piensa qué hará al salir. Mientras Perón esté gobernando no tiene demasiadas alternativas. El camino se le empieza a insinuar con la Caída, aunque pasará mucho tiempo hasta que reconquiste plenamente el poder. Como tres décadas.

No lo sabe aún, pero tiene mucho camino por delante. Solo debe asegurarse una cosa: seguir con vida.

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Créditos. Para la elaboración de este relato se sigue la cronología, datos y elementos contextuales presentes en el libro “Dr. Félix Antonio Názar – Interventor Federal de Catamarca”, de la licenciada Sara del Valle Chaya, publicado por Editorial Sarquis. Hija de inmigrantes sirios, la historiadora hizo una vasta tarea de recopilación para echar luz sobre el interinato de Názar, que tiene a la visita de Eva Perón como evento nodal. Nicolás Reynoso, compañero de trabajo en la Redacción de El Esquiú, facilitó un ejemplar.

Las puntualizaciones de algunos personajes y hechos narrados surgen de consultas del autor de esta crónica a textos de Historia Social Argentina y artículos periodísticos. La anécdota de la imitación de Perón ordenada por Saadi puede encontrarse en la web del Instituto Gestar, espacio de formación política del Partido Justicialista. La ponen de ejemplo de lo que “no” debe hacer un buen dirigente peronista. La caracterización de Juan Duarte se nutre de una columna del periodista Jorge Fernández Díaz. Los datos médicos son del oncólogo Abel Canónico, quien siguió de cerca la enfermedad de Evita. En 2000, a los 90 años, Canónico brindó una entrevista a La Nación en la que contó la intimidad de episodios clínicos silenciados durante décadas. Murió a los pocos meses.

La mención del Packard de Perón aporta unas curiosidades extra. Construido en 1939, el “Packard Super Eight Derham Phaeton” fue adquirido por orden de Roberto Marcelino Ortiz y usado por su sucesor, el catamarqueño Ramón Serapio Castillo. Era un auto de la flota presidencial, pero la imagen de Perón y Evita a bordo del Phaeton quedó grabada a fuego. Desde entonces fue “la limusina de Perón”. Los golpistas ordenaron destruirlo. No tuvieron éxito. Años después encontraron el auto en un tinglado bonaerense. Fue restaurado y vendido a un coleccionista norteamericano. En julio de 2020 se lo subastó por 165.000 dólares. El sitio Autoblog cuenta los entretelones del asunto.

Lo del episodio que la Virgen casi no sale a la calle tiene como contexto la ruptura de Perón con la Iglesia. El Presidente había prohibido manifestaciones religiosas que incluían, obviamente, las procesiones. Pensaba que eran cada vez más políticas. No estaba errado: la de Corpus Christi, en el 55, marcó el inicio de los eventos que terminaron con el golpe de septiembre. La cosa es que en Catamarca regía la prohibición y Casas Nóblega, entonces gobernador, se “enfrentó” con el Presidente. Viajó a Buenos Aires y, en audiencia privada, le explicó lo delicado del asunto: impedir la procesión equivalía al suicidio político. “Entre que me cuelgue el Gobierno Nacional y que me cuelgue el pueblo, prefiero lo primero”, le habría dicho el catamarqueño al General. Dicen que Perón sonrió ante la efusividad del joven dirigente. Entendió cómo venía la mano y le dio su bendición. “Nadie va a colgarlo, doctor”, le dijo a Casas. La procesión de la Virgen del Valle se realizó sin inconvenientes.

La referencia a Saadi-Smith es, por supuesto, de la película Matrix, de las hermanas Wachowski. En el universo de ese filme, si Vicente Leonides es el temible agente que se multiplica y Perón el Arquitecto que trata de frenarlo… ¿Casas Nóblega sería un Neo de los 40?

El recuerdo de Alberto Lindor Ocampo se publicó en la revista Express de diario El Ancasti.

Los testimonios de Ángel y Malena son directos. Sus historias de cuando “vieron a Evita” las escuché muchas veces, a lo largo de los años, en asados y reuniones familiares. Ángel y Malena son mis padres. Siempre sostuvieron que era buen material para escribir una nota. Tenían razón.

Gustavo Figueroa

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Comentarios

18/8/2020 | 18:06
#3
El articulo es muy interesante aunque hay que puntualizar y poner en contexto algunas cosas. Por ejemplo el instituto gestar al que hacen referencia es de vertiente cafierista y todos sabemos la pica que había entre el viejo cafiero y Don Vicente, entonces ese articulo queda a un lado porque carece de objetividad.
18/8/2020 | 12:10
#2
Muy buena y entretenida la nota del señor Figueroa. Así da gusto leer pasajes de la historia de catamarca y lo que más me llamó la atención es la forma ingeniosa en que intercala datos sobre distintos personajes de nuestra provincia y la nación. Sería muy lindo seguir leyendo aportes que el señor Figueroa nos haga a través de El Esquiú.
18/8/2020 | 02:34
#1
Me había contado don Gregorio Rodriguez, que fué su automóvil el que usaron para llevar a Evita, desde el ferrocarril hasta la plaza. Ese automóvil antíguo, permaneció por muchos años en su domicilio, calle Junín casi esquina Prado.
18/8/2020 | 01:45
#0
Todo lo que hiso Felix Anonio Nazar por la provincia,como interventor de la provincia, gracias a Evita,hoy CATAMARCA marcada por un gobierno anti peronista,obero saino y sinverguenza que disfruta de la desocupacion la pobreza y el encarcelamiento de un dirigente gremial,una verdadera verguenza.

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