Era una leyenda de la radio

Adiós al “Negro” Guerrero Marthineitz

Tenía 86 años y atravesaba una etapa muy delicada en su vida personal.
sábado, 21 de agosto de 2010 · 00:00

El popular locutor peruano Hugo Guerrero Marthineitz, que venía atravesando un difícil momento económico y de salud, murió ayer a los 86 años de un ataque cardiorrespiratorio.
Guerrero Marthineitz falleció en el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires, donde permanecía internado. A principios de julio había sido internado en un neuropsiquiátrico de Belgrano R, por la paupérrima situación económica que atravesaba en los últimos meses. Hasta allí ya había llegado en un estado de salud delicado y con muy poco peso.
No habrá velorio y sus restos serán sepultados este domingo a las 10.15 en el cementerio de Chacarita.
Hugo Guerrero Martinheitz, nacido en Lima, Perú, el 11 de agosto de 1924, fue un locutor peruano que realizó casi toda su exitosa y extensa carrera en la Argentina, donde es reconocido como uno de los más innovadores en el medio radial.
Fue censurado en varias ocasiones por gobiernos militares y democráticos, lo que no hizo más que alimentar su fama.
Martinheitz, al que se lo llamó “el peruano parlanchin”, comenzó su carrera en Perú continuando en Chile y Uruguay, pero fue en Argentina donde se convirtió en un locutor famoso y admirado por su particular voz grave.
Creó exitos memorables como “El club de los discómanos”, “Splendid Show” y “El show del minuto”, pero su programa más exitoso se llamó “A solas” y consistía en entrevistas íntimas a celebridades y personalidades, donde preguntaba sobre todos los temas, considerados muchas veces tabú por los gobiernos y hasta por la sociedad argentina.
Junto a Cacho Fontana, Héctor Larrea y Antonio Carrizo, integra el grupo de los mejores y más reconocidos locutores de radio de la Argentina de las últimas decadas.
Fue galardonado con el Premio Konex de Platino radial en 1987 y en 2007 con el Premio Eter a la trayectoria.
Como escritor publicó “De hastío, los gatos y los días” en 1976 y “Pasto de sueños” en 1996.
En su vejez vivió con mínimos ingresos al borde de la indigencia, con ayuda proporcionada por sus tres hijos, en un departamento de Buenos Aires del que fue desalojado.
Paulatinamente su fama se fue apagando, y el mismo estilo que lo llevó a la consagración, resultó lento para los nuevos públicos, ávidos de imágenes y sonidos más que de las pausas reflexivas y los silencios del “Negro”.

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