"Domador de huellas" excelente tributo al Cuchi Leguizamón

Original reelaboración de Guillermo Klein del músico salteño, a 10 años de su muerte.
jueves, 30 de septiembre de 2010 00:00
jueves, 30 de septiembre de 2010 00:00

Domador de huellas no se integra en una serie, ni es otro disco más entre los que vienen dedicándose a Leguizamón últimamente. El proyecto de Guillermo Klein se desarrolla en otra escala: pensar la música de Leguizamón desde una experiencia instrumental ajena a la tradición del folclore y muy próxima del jazz (de hecho, el disco es producto de una comisión especial del Festival de Jazz 2008), aún cuando Klein nade bien en ambas aguas y deje una marca muy personal no sólo en su manera de entender el piano y la armonía de Leguizamón sino también en su extraña manera de cantarlo: un canto sin folclorismos, casi sin acentos. En Coplas del regreso , por ejemplo, parece un niño que estuviese cantando por fonética, como si se tratase de un recuerdo antiguo y un poco deformado, raro y entrañable a la vez.

En efecto, el formato orquestal tiene un neto corte jazzístico: Richard Nant en trompeta y percusión, Juan Cruz de Urquiza en trompeta, Gustavo Musso en saxo tenor, Martín Pantyrer en clarinete y clarinete bajo, Esteban Sehinkman en Rhodes, Matías Méndez en bajo eléctrico, Daniel “Pipi” Piazzolla en batería, a quienes se suman Liliana Herrero en matizadas y expresivas interpretaciones de La Pomeña y Serenata del 900 , y la española Carme Canela en una exquisita Cartas de amor que se queman.

La selección se completa con Zamba para la viuda , Chacarera del zorro , Zamba de Lozano , De solo estar , Me voy quedando , Maturana , Carnavalito del duende , Zamba del carnaval y La Mulánima , más una introducción del propio Klein. A pesar de que las piezas están presentadas por separado, como piezas individuales, el conjunto podría ser pensado como una especie de suite; una suite muy ceñida a los originales, pero con una idea general muy fuerte y con una reelaboración orquestal y compositiva considerable, dominada por un sentimiento lírico.

Ese sentimiento persiste incorruptible, ya sea en la formulación más abiertamente orquestal de Zamba de la viuda , con su orgánico ostinato, o en la forma más coral de Maturana (escueta y brillantemente introducida por el piano de Klein), donde los instrumentos de alguna forma remedan ciertos arreglos vocales del folclore, con el clarinete bajo como una maravillosa voz de bajo. El uso del clarón y su manera de doblar y colorear las melodías en el grave es uno de los tantos bellísimos detalles de este disco, como también la mesurada y justa performance de la batería y la percusión, con una perfecta integración del solo jazzístico en el dominio del folclore ( Coplas del regreso ).

Por su lado el saxo tenor de Musso en Zamba del Carnaval da una medida de cómo los instrumentos más idiosincrásicos del jazz pueden tocar una zamba sin el menor atisbo de “fusión” (la palabra exacta para una música anodina), y esto se extiende a la totalidad de este álbum imperdible.

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