Una sombra silenciosa

La quebrada de la Cébila, ha sido desde siempre, inspiradora de numerosos relatos de quienes la transitan día a día.
lunes, 04 de octubre de 2010 00:00
lunes, 04 de octubre de 2010 00:00

Apurado por circunstancias imprevistas debía emprender viaje esa misma noche.
El telegrama recibido solo especificaba: “viaje urgente por razones de familia”.
Después de hacerse mil conjeturas se afirmó en la idea de que su padre, viejo y achacoso, debía ser el único motivo probable para justificar un llamado apresurado, de modo que no tuvo más remedio que poner en condiciones su autito y partir de inmediato por ese largo y tedioso camino de tierra.
Por primera vez iba a atravesar de noche esa quebrada por la que había transitado infinidad de veces pero siempre eligiendo a propósitos las horas del día.
Conocía el trayecto en sus mínimos detalles hasta el extremo de entretenerse reconociendo de antemano cada vuelta y cada mojón característico que le señalaba el lugar exacto donde se encontraba.
Sabiá que al entrar al estrecho desfiladero admiraría un Yuchán en donde el transeúnte grabó a punta de cuchillo corazones amorosos, nombres y dibijos de subido tono lujurioso.
Sabías también que en la ladera que trepa la vuelta siguiente, encontraría a modo de ejército de campaña una tracalada de cardones floridos.
Y en aquella curva cerrada, casi como un círculo, está enclavado un enorme peñasco oscuro de vetas blancas que no pudieron mover en siglos las portentosas crecidas que bajan desde lo alto.
Acostumbraba detenerse para gozar a pleno de las delicias de ese rincón de altas cimas, de enormes árboles apiñados, de variada vida silvestre, de sus amaneceres encantados y sus atardeceres preñados de rosados embelesos.
Este abrupto y estrecho es en realidad el cauce seco de un arroyo milenario que con sus treinta km de extensión y sus noventa y tantas vueltas, aprende a ser rió en las épocas de lluvias estivales, transformándose en un verdadero infierno transitable.
Se explica entonces que con su genialidad creadora la quebrada haya dado nacimiento a leyendas y cuentos de supuestos o reales sucedidos, muchos de ellos de increíbles ribetes fantasmales.
Por primera vez iba a hacer el recorrido entre tinieblas y conocer así el otro semblante, el aspecto nocturno desconocido por él hasta entonces.
Lo que sucedió esta vez, aunque tenga las apariencias de la ficción con escenas oníricas propias de alucinaciones, sucedió en realidad de los hechos palpables, como una anticipación premonitoria, de que nadie puede penetrar en el exacto secreto de la naturaleza de las cosas, porque la quebrada fantástica le reservaba como sorpresa enervante, su aspecto tenebroso y agresivo.
El traqueteo ruidoso del vehículo aturdía la aparente placidez que se adivinaba afuera en donde las luces de los faros apenas si alumbraban escasos diez metros adelante.
Los arenales blandos, el pedregullo suelto, le bamboleaban a uno y otro lado como si rodara sin control, cuando de repente se detuvo el motor en plena subida de una trepada, vaya a saber a causa de que desperfecto.
Puso los frenos a varilla y presuroso se apeó para colocar sendas piedras para trabar las ruedas.
No podía ser más preocupante que un inconveniente de ese tipo ocurriera a esas altas horas de la noche, y con el apuro que el tenia por llegar.
La oscuridad más absoluta y un silencio inquietante rodeándolo turbaron y amilanaron su ánimo, provocándole temor y escalofríos. Sacó la linterna, alumbró los alrededores que le resultaron irreconocibles. ¿Para donde ir a buscar ayuda? Solo por una bendita casualidad pasa por ahí algún vehículo.
Dubitativo giró en redondo, y empezó a caminar. Trataba de distinguir su entorno. Solo vio las cruces de palo que jalonaban el camino, como una ominosa advertencia de que la muerte ronda los parajes salvajes (muchos viajeros habían sido víctimas de asaltos)
Con el miserable has luminoso de su linterna solo adivinaba bultos y siluetas silentes, confusas.
Siguió camino casi al tanteo. Cuando le parecía escuchar algo detenía sus pasos y prestaba atención al silencio. Solo le llegaban confusa voces de la noche: el viento colándose entre las grietas, algún vuelo imprevisto, un galope lejano, un rugido, un derrumbe que se precipita, sus mismas pisadas en la arena
Hacía rato caminaba cuando un cascote caído a sus pies, que el supuso arrojado a propósito, fue lo que lo alteró hasta la desesperación.
Alumbró a diestra y siniestra sin percibir nada. Estaba cansado y decepcionado cuando a escasos metros delante suyo, alcanzó a distinguir una silueta humana que tranqueaba como él. -¡por fin!.. La ayuda que buscaba. – Pensó.
La apariencia del bulto era de la de una sombra más espesa que el resto de las tinieblas.
Apresuró el paso llamándole:- ¡Eh… eh… amigo!-
Cuando a la sombra se detuvo, por respeto o prudencia, atino a enfocar la luz hacia abajo, pero alcanzó a distinguir su sombrero aludo y como si llevara las manos en los bolsillos del saco. No pudo ver su rostro a pesar de sus empeños.
El monólogo fue más o menos de ese tenor: -Buenas noches, - aunque para mí sea pésima, - se me atascó el auto allá abajo y le agradecería me ayudara a empujarlo-.
El hombre de negro no pronunció ni una palabra pero empezó a caminar a su lado, un paso detrás suyo.
Para romper el silencio agregó: en aquella dirección anda un puma de cacería, hace rato rugió… Y señaló un punto lejano con su linterna, aunque en realidad, con ese recurso infantil trataba de alumbrar el rostro del desconocido.
Siguieron caminando en silencio. Solo se escuchaban los pasos en el arenal. Se sentía intrigado y molesto ante ese obstinado mutismo de la sombra. No sabía que recurso usar para obtener una respuesta.
¿Quién sería? ¿A donde se dirigía? No lo sabría nunca.
Tropezó varias veces y otras tantas estuvo a punto de perder el equilibrio.
En cambio la sombra lo hacía con tal seguridad y silenciosamente como si apenas rozara el suelo desparejo. Así llegaron al auto. La sombra empujaría detrás y el cerca del volante para subir bien arrancara.
Una nueva sorpresa le reservaba el otro.
No obstante ser una subida larga y empinada el auto se movió con tantas facilidades que perecía una bicoca empujarlo. En un momento estuvo en la cima del repecho.
¿Seria que la sombra tenia fuerzas descomunales? ¡qué alivio sintió cuando oyó de nuevo el zumbido del motor!. Podría sentirse alegre si no fuera por ese temor oculto que lo dominaba ante la actitud anormal de su improvisado ayudante.
Subió y abrió la puerta para llevarla a su lado como correspondía, pero con sorpresa y espeluzno comprobó que ya estaba sentado en el asiento trasero.
No se explicaba como y cuando trepo al auto. A pesar de su inocultable curiosidad, por el terror que empezó a sentir, no pudo mirar hacia tras.
Siguieron viajes y el traqueteó del vehículo le obligaba gritar para hacerse oír. Le respondía el silencio y la inmovilidad total.
Silencio total.
Haciendo un soberano esfuerzo consiguió darse vuelta y mirar hacia atrás, al punto que añadía:
-Me gustaría saber su…
El resto de la pregunta quedo flotando en el espanto de esa noche que no olvidaría jamás.
Un sudor frio, de terror agudo, conmovió todo su ser al comprobar que adentro del auto se encontraba el solo.
La sombra se había esfumado en el silencio y en las tinieblas de donde había surgido inesperadamente esa noche de misterio y aluciacion.
Cuando llego a destino su padre había fallecido ya.
 

Relato de Don Joselín Cerda Rodriguez publicado en La Opinión (publicación independiente regional de Saujil)

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