OPINIÓN / De María Soledad a Ángeles Rawson

Cualquier semejanza es pura coincidencia

lunes, 24 de junio de 2013 00:00
lunes, 24 de junio de 2013 00:00

Desde los primeros días de junio pasado nos hemos convertidos en atribulados espectadores de un circo mediático montado a partir de la dolorosa muerte de la niña Ángeles Rawson, cuyo cuerpo sin vida fue hallado en una planta de tratamiento de residuos de Buenos Aires. El homicidio, uno más de los cientos que se cometen en el territorio más poblado del país, alcanzó ribetes cósmicos por sus particulares características, pero fundamentalmente porque la víctima formaba parte de la clase media, concurría a un colegio confesional y reunía ciertos patrones clásicos de la belleza. Datos suficientes para convertir el triste caso en carroña de los rapaces medios argentinos, principalmente los audiovisuales, que, como ocurrió en otros cientos de episodios similares, pretendieron ganarle la primicia no sólo a sus inmediatos competidores, sino a la justicia misma.
Durante horas, los argentinos alimentamos el morbo visceral con los datos que uno a uno revelaron varios de estos medios, siempre basados en “fuentes confiables”. Se expusieron sobre la mesa de las opiniones las más disparatadas hipótesis, se vulneró y pisoteó hasta el cansancio cualquier manual de ética periodística. El caso, en su fase inicial, fue una muestra más de la “inseguridad” que sufrimos todos los que habitamos esta tierra, aún cuando la mayoría jamás fuimos víctima de ella. El cuerpo mancillado de Ángeles Rawson encontrado en el basural fue nuevamente ultrajado en cada comentario mediático que se hizo de ella. Se convocaron a especialistas que dieron cátedra en la caja boba sobre el perfil de los abusadores e incluso varios comunicadores pusieron en duda los resultados de la autopsia, que indicaban claramente que la adolescente no había sido accedida carnalmente.
Con los primeros datos más o menos certeros creció la hipótesis de la posible participación del entorno familiar. En realidad, en el expediente aparecían elementos que permitían sostener que la persona que asesinó a Ángeles, al menos, la conocía. Fue suficiente para que varios medios volvieran a exhibir sus miserias más extremas, todo en pos de la primicia. Al filo de la medianoche, me acosté a dormir con el título televisivo que indicaba que “estaría detenido el padrastro”. Las imágenes mostraban en forma reiterada el rostro del esposo de la madre de la víctima, quien por su fisonomía se ajustaba perfectamente a la teoría de Cesare Lombroso, la ya perimida idea de que los delincuentes tienen determinados rasgos físicos. Pero, para mi sorpresa, al día siguiente desperté y me enteré, por esos mismos medios, de que el principal sospechoso detenido era el portero del edificio.
Lo que sigue es más de lo mismo. Aún cuando desde algunos medios hubo un mea culpa (¿sincero?), todo gira en derredor de los principales actores. Para mi asombro escuché a abogados opinar si era posible que un hombre solo pueda cometer semejante crimen, si era posible poner el cuerpo en una bolsa de residuos o en un contenedor. Es necesario que sea alguien más que el portero, la lógica del acontecimiento mediático busca otros culpables. Nunca es tarde, ya los encontrarán…
El fenómeno no es nuevo. Hace veintitrés años Catamarca se sacudía con la muerte de María Soledad Morales. Entonces, como ahora, el caso creció mediáticamente más rápido que las fojas del expediente iniciado en la justicia local. Y lo fue alimentando a medida que surgían testimonios de terceros, comentarios escuchados en un bar o en cualquier parte, no importaba dónde, todo servía.
A diferencia de lo ocurrido con el caso Ángeles, ni jueces ni fiscales pudieron enderezar el rumbo de la investigación hacia lo que aconsejaba la lógica o las pruebas reunidas. A muchos de ellos no les quedó más remedio que seguir el ruido del río que no había crecido; a otros los subyugó el silencio del reclamo multitudinario y se dejaron arrastrar por él.
De María Soledad a Ángeles Rawson pasaron 23 años. Muchos escenarios se repiten, aunque no vaya a creer el lector que detrás de uno y otro suceso se esconden u ocultaron segundas intenciones. Cualquier coincidencia, es pura casualidad.

 

Por Daniel Benjamín Saseta
Periodista, ex jefe de la Sección Policiales/Judiciales de diario El Ancasti.

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