Comentario Político

jueves, 18 de noviembre de 2010 00:00
jueves, 18 de noviembre de 2010 00:00

El escándalo de la Cámara de Diputados, tal como lo dijo la diputada Marita Colombo (“somos la vergüenza…”), debería hacer reflexionar a los integrantes de una institución de la democracia ganada por el desprestigio y salpicada por hechos grotescos y, directamente, relacionados con la corrupción política que la ciudadanía no alcanza a ver, pero percibe nítidamente. Para que se entienda más claramente: que se hable de sobornos, sean como sean o vengan de donde vengan, ya no conmueve a la gente. Y el tema es aun más grave: es como si se intuyera que esas prácticas existen y forman parte de la “negociación” de la política, inclusive con muchísima antelación a que el médico Luis Barrionuevo denunciara que el diputado Millán le ofreció un millón de pesos para direccionar su voto.

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Pero mucho peor, muchísimo peor que un trueque de esta naturaleza, es lo que dio a entender el propio Millán sobre lo que se puede hacer con plata en relación con los diputados peronistas. Palabras más, palabras menos, dijo que, con el monto señalado por el titular de la Cámara, podría tener el acompañamiento de la mayoría de los diputados peronistas y por mucho menos dinero. En el fondo, o desde los terrenos de la inconciencia, está diciendo que sus pares son vulgares mercenarios que valen bastante poco. Las reacciones de los afectados no fue rasgarse las vestiduras, ni mucho menos. Y esto también tiene su explicación.

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Aunque le duela a los peronistas, en los últimos veinte años han actuado como colaboracionistas y no precisamente por principios. No acordaron por la gobernabilidad o por construir los consensos que reclama la sociedad, sino por arreglos personales que en algunos casos pasaron por un nombramiento o hasta un mísero vale de nafta. Por ello y aunque sea un cachetazo para la institucionalidad, el exabrupto de Millán tiene un buen margen de realismo. ¿O acaso alguno de los muchachos es capaz de dar la vida por el General?
 

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