Comentario Político

miércoles, 1 de diciembre de 2010 00:00
miércoles, 1 de diciembre de 2010 00:00

Quienes, desde el absurdo y la sinrazón, proclamaron que la interna del 7 de noviembre fue una fiesta que iba a remediar las desavenencias de la familia peronista, se equivocaron feamente. A lo poco creíble de un escrutinio que recién se conoció 140 horas después de finalizado los comicios, las denuncias de fraude que aún permanecen en la Justicia, el cambio de algunos resultados estratégicos y un sin fin de problemas, como ser el retiro de una parte de la Junta Electoral, se sumó el pasado martes el desmoronamiento del Interbloque legislativo de la Cámara de Diputados, el único reducto desde donde los peronista podían hacer política de oposición y equilibrar el poder.
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Quien pretenda negar que la salud del Interbloque no dependía de la interna del 7 de noviembre estará negando la realidad. Desde el mismo momento en que unos hablaban de una fiesta democrática, cuando el número de votantes no pasó del 7%, y otros proclamaban a los cuatro vientos una flagrante burla a la voluntad popular, no debían desconocer que las heridas no iban a cicatrizar de un día para otro. El primer gran resultado ya está: el Interbloque que le quitó la conducción de la Cámara baja a los radicales, después del martes, es apenas un triste recuerdo y, paralelamente, el único consuelo de los propios radicales, quienes fueron burlados por un hombre que nació políticamente de su propio riñón: el médico Luis Barrionuevo.
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El saadismo no quedó nada bien. Sus diputados, a la hora señalada, no habían llegado a la Cámara, aunque después hayan querido explicar que iban a estar presentes e iban a votar con el conjunto del peronismo. Sus rivales de la interna de la discordia, la tripleta Jorge Moreno-Sáez-Figueroa Vicario, terminaron por fogonear la vergüenza para toda la Cámara “al dibujar” la jugada de Barrionuevo. ¿Seguirán pensando que el 7 de noviembre fue una fiesta y que ese día se unió el peronismo?
 

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